Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


Lo que hoy os voy a relatar sucedió hace bastantes años al inicio del invierno, en un pintoresco pueblecito de la sierra madrileña.

Viví durante cuatro meses en una habitación con derecho a cocina, en una casa ubicada en los aledaños del pueblo y con los dueños de la misma, matrimonio formado por Paulina y Adrián, algo mayores, pero muy cordiales y sobre todo serviciales. Me aceptaron a primera vista, ya que según ellos, se encontraban muy solos desde que se habían marchado sus hijos, e indudablemente una inquilina joven debió resultarles muy estimulante.

La vivienda era modesta, aunque, eso sí, muy limpia. Mi habitación sólo disponía de lo más indispensable. Era clara y ventilada, pero extremadamente fría, ya que ni siquiera tenía puerta. Una espesa cortina me separaba del resto de la casa, por lo que no era de extrañar que en los día de intenso frío se formase una gruesa capa de hielo en la superficie del agua de la jarra para el lavabo. A veces, incluso en el interior de mi ventana los cristales amanecían empañados por una capa de escarcha que impedía la visión.

Aunque esperada, qué grata sorpresa me llevé una mañana al despejar los cristales y contemplar los carámbanos que pendían de los tejados. En la amplia explanada se habían formado grandes placas de hielo que prácticamente la convertían en una hermosa pista por donde se deslizaban, sin pretenderlo, todo caminante, persona o animales, siendo estos últimos los que reflejaban más el miedo ante lo inseguro de su caminar. Las vacas lo evidenciaban mucho más por sus enormes y expresivos ojos. En cambio, para los críos era una auténtica gozada. Acostumbrados como estaban al sano deporte, hacían artísticas piruetas que, realzadas por sus estilizadas y gráciles figuras, imprimían belleza al ballet que representaban. Y, para mayor esplendor, al fondo, se nos ofrecía el agreste curso del río helado.

Llevaba cerca de un mes y aún no había nevado, aunque ya lo pronosticaban, y, efectivamente, una mañana mis ojos se extasiaron con el espectáculo más maravilloso que nunca pude imaginar. Porque, una cosa es verlo en las películas y otra muy distinta vivirlo. Por lo que salí a la calle a «bautizarme» con aquellos blancos copos tan sutiles y bellos, distintos entre sí, que formaban figuras caprichosas, verdaderamente poéticas. Juraría, que como sucede con las huellas digitales, no había dos iguales. Me dejé acariciar por ellos con sensual deleite. Lo más sorprendente era que no se notaba el frío. Parecía como si un brote de primavera hubiese irrumpido suavemente en el crudo invierno y del cielo nos enviasen esos pétalos blanquísimos. Durante todo el día y noche siguió nevando intensamente; la nieve iba cubriéndolo todo y el pequeño pueblo parecía estar envuelto en algodón. Ensimismada, quedé presa en su mágico hechizo, aunque no hasta el extremo de poder evadirme de cierta melancolía que llevaba latente...

Con todas estas vicisitudes invernales mi espíritu se fortalecía, pero no por ello me libraba del frío que, particularmente por las noches, era insoportable. Con las mantas que me habían facilitado no tenía suficiente, por lo que me compré una muy hermosa de pura lana. Así y todo, me acostaba casi vestida y me echaba encima hasta las maletas. Amanecía toda dolorida y lo que se dice hecha una alcayata.

Diréis que exagero, y aún no os he citado otro meteoro atmosférico que también padecí y, paradójicamente gocé, ya que toda nueva experiencia indudablemente enriquece el acervo cultural de la persona. Y me voy a referir a la ventisca, esa horrible borrasca de viento y nieve que suele ser frecuente en los puertos y gargantas de las montañas (que deja en mantilla a nuestro levante) haciendo descender las temperaturas a muchos grados bajo cero. A veces, dura el temporal varios días e impide prácticamente la vida fuera de los hogares. A mí, y por no hacer caso a los consejos de los lugareños, me sorprendió el inicio de una y puedo aseguraros que la vivencia fue aterradora. Resultaba casi imposible caminar contra el viento y la nieve, y lo que es peor, el respirar. Como podéis imaginaros, para una sureña y de puerto de mar, la adaptación a un clima tan diferente y duro no fue nada fácil. Después supe que otras personas no habían podido soportarlo y emprendieron la marcha.

Por motivos que no son gratos para mi evocar, me encontraba en aquel abrupto y bello lugar, sin embargo, sentía como nunca la infinita nostalgia de mi lejano y confortable hogar, de mi alegre y afectuosa familia, de mis numerosos amigos y, sobre todo, del mar. Mas el purísimo oxígeno que respiraba y el intenso frío que estimulaba enormemente mi apetito, le daba a mi rostro un color sano y sonrosado que, según algunos, me hacía parecer a una «maja holandesita». Por lo que todo este cúmulo de factores, tan gratificante para la salud, hacía soportable el duro sacrificio de mi seudo-exilio.

De todas las cosas que afloraba, la que más se acentuaba en el recuerdo, indiscutiblemente era mi casa, llena de comodidades, tan distinta a la que habitaba, en la que faltaba hasta lo más elemental: un retrete. La carencia de este imprescindible servicio fue lo que originó la «tragicomedia» que hoy, rememorándola, me ha servido de inspiración.

Algo así como a unos 20 metros fuera de la casa tenían el «pajarillo», cuartucho donde guardaban la leña, herramientas para las labores agrícolas y toda clase de trastos desechados. Pues bien, allí tenían el retrete. Dicho cuarto carecía de luz y agua; en fin un auténtico desastre.

Confieso que me daba pánico el entrar en aquel destartalado lugar, pues sospechaba la existencia de otros «habitantes»... Cuando se utilizaba con luz solar tenía un pase, pero entre dos luces, ¿quién era la guapa que se atrevía? Yo por supuesto, ¡ni hablar!, y con las historias que me habían contado sobre los lagartos, mucho menos. Por ello, y sintiéndolo mucho, me vi obligada a hacer la gamberrada que hice, y que hoy me ha movido a contarla en esta historia, quizás para desahogar un poco mi conciencia.

(Continúa en el próximo número.)




 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep