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Aunque ya en tiempos de Septimio Severo (146-211) se conocía y se utilizaba el petróleo para calentar las termas en Constantinopla -incluso en la Biblia se cita el betún de Judea, utilizado para el calafateo del Arca de Noé o como cementante en la construcción de la torre de Babel-, su explotación no comenzaría hasta 1859, cuando Drake realizaba en Titusville (Pennsylvania, EE.UU.), la primera perforación de un pozo.

Rondaba por allí en aquellos entonces un joven y humilde contable nacido en Richford (N.Y.), un tal John D. Rockefeller, que dijo que aquella cosa negra y apestosa que manaba por los tubos era «oro puro». Sobre la marcha, y asociado a un emigrante inglés -como no podía ser menos-, fundó una pequeña industria que no tardaría en convertirse (1870) en la Standard Oil Company. La empresa crecía y crecía. Dos años más tarde había absorbido a veintiuna empresas de la misma actividad. En 1882 la Standard Oil era un gran trust monopolístico que controlaba el 90 % del refino y transporte de petróleo en E.U.A. y buena parte del comercio mundial de este producto. Dueño absoluto de todos los mercados, imponía su ley en los precios de ventas y compra y hacía literalmente lo que le salía de las narices. El pueblo, el noble y sufrido pueblo estadounidense y sus primos hermanos de aguas allá, se quejaba y quejaba de las constantes subidas de querosenos, bencinas, aceites, gases y demás productos del petróleo. La situación era ya insoportable. Por eso, en 1911, y antes de que el pueblo montara una Bastilla a la inglesa en el Capitolio de Washington, el Congreso decidió aplicar la Ley Sherman -ley antitrust y antimonopolio, existente desde 1890- y recortarle las alas a los vampiros del oro negro.

Como podéis ver, mis queridos contribuyentes, nada que ver con lo que pasa aquí y ahora. Aquí no existen monopolios. Aquí cualquiera puede coger sus ahorrillos, montar su compañía petrolífera y hacerle la competencia a Repsol, Cepsa y BP. Es bueno que haya competencia; que Repsol sube la gasolina dos pesetas litro día sí y otro también: tú lo mismo, pero, en vez de dos pesetas, tú 1,95. Eso sí, su 70 % del total del chollo para el «gran hermano» (que ese no se casa con nadie) y a ganar duros por un tubo.

La única peguilla es que tienes que estar muy atento y no quitarle ojo al populacho, a esos cuatro desastrados que se quejan de todo de puro vicio: taxistas, viajantes, repartidores, transportistas, albañiles, fontaneros, etc. No te fíes un pelo de esta gente, que un día se le hinchan los huevos y vamos a tener Botines, Escámez, Ibarras y a otros muchos santos varones dando mil duros por un boquete.





 

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