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Viendo como la comadrona bañaba aquél niño al nacer, en las mejores condiciones de asepsia, me acordaba de los consejos de Sorano: «Lavar al niño con salmuera o polvos de agalla y mirto. Lavarle, con los dedos, los ojos, las narices, la boca y el ano (en el orden indicado). Si el recién nacido es débil se le ungirá el cuerpo con una mezcla de miel y aceite».

Todos estos consejos, allá por el primer centenario de nuestra era cristiana, nos demuestran hasta qué punto la limpieza era importante en la vida del hombre, de ese niño hombre, nada más nacer.

Que si hoy la Obra Mundial de la Salud se ocupa de lo importante que es el agua en los problemas de la salud colectiva, hace miles de años que la humanidad tenía en cuenta todo esto, enalteciendo la tan necesaria agua de la que San Francisco destacó como «muy útil y humilde y preciosa y casta». Y son los monjes del Císter los que «aman su canción, con la que rueda esquiva, que es como blanda voz de plata y de perlas que se soltaran de un collar». Esta viejísima alianza del hombre con el agua data de tiempos tan remotos como aquellos en los que el hombre ya habita sobre y en derredor de los lagos con primitivas viviendas sostenidas en simples estacas.

Sin duda, el hombre acertó a adivinar aquélla idea del profesor francés cuando nos decía que siempre esperáramos de la amistad con el agua un consejo sapiente y, sobre todo, la iniciación a la serenidad.

Después de nacer, aquél niño vivió su primer baño tibio -que pudiera haber sido también con agua y sal o salmuera, como decía el consejo de Sorano, ¿por qué no?, con tal de que el agua hubiera sido estéril y templada-, y así lanzó su primer llanto que favorecía una respiración correcta con una correcta ventilación pulmonar. Que la vida de aquél niño ya tendría que estar llena, plena, del agua que limpia y del agua que alimenta su circulación sanguínea impidiéndole toda posible deshidratación. ¡Sobre todo que no pase sed!, será el constante consejo del Pediatra.

Sin duda, la importancia del agua estará reflejada desde siempre, por esto, en la vida del hombre a través de los tiempos.

Que no en vano la mitología nos hablará de esas doncellas de la campiña, del bosque y de las aguas que son las ninfas. Esas hijas de Zeus que se llaman Nereidas cuando aparecen en la calma del mar, y ésas otras hijas del río que se llaman Náyades.

Puede ocurrir que haya sólo una Náyade o ninfa de la fuente. Pero hay fuentes privilegiadas; son aquéllas que tienen varias Náyades iguales.

Cuando paseábamos por el silencio de los jardines de la Alhambra, hace más de treinta años, cuando lo hacíamos solos entre el cantar de los ruiseñores y la canción del agua corriente, en aquella época en la que aún no había turismo voraz y éramos casi los personajes únicos de aquél maravilloso bosque nazarita, estábamos seguros de que la mayoría de las fuentes del Generalife tenía la alegría de poseer todo un ramillete de Náyades que embrujaban los atardeceres y llenaban de misterio los amaneceres.

A propósito de todo esto recordemos el caso de Rea. Sabido es que Rea casó con Crono y tuvo nada menos que siete hijos. Pero Crono, enterado por el oráculo de que uno de sus hijos lo destronaría, iba devorándolos conforme nacía cada uno de ellos.

Lo normal es que Rea se decidiese, por fin, a salvar a alguno de sus hijos para lo que recurrió a una vulgarísima artimaña cuando nació Zeus, el séptimo. Consistió ésta en envolver una piedra con los pañales que le correspondían a Zeus, cuya piedra entregó a Crono. Este, ignorante de la superchería, engulló tranquilamente el envoltorio, con lo que demostró no poseer precisamente un delicado paladar, por lo que Zeus pudo medrar hasta que, cumplidos los años necesarios para suplir a su padre, se decidió a cumplir el oráculo.

Tomó consejo, entonces, Zeus de Metis (su primera amante), con lo que consiguió, gracias a ésta, una droga especial, un vomitivo, por medio del cual Crono, al ingerirlo, devolvió todos los hijos que había tragado. Como verán ustedes la imaginación de los mitógrafos es limitada; lo cierto es que, una vez devueltos al mundo los seis hermanos de Zeus, gracias al vómito padecido por Crono, todos éstos se unieron a aquél para entablar una durísima guerra de nada menos que diez años, consiguiendo destronar a Crono y a los titanes del poder y dándole el trono a Zeus. Así Zeus obtuvo el cielo y se quedó con la preeminencia del universo, y sus hermanos Poseidón y Hades consiguieron, aquél el mar, y éste el mundo subterráneo.

Pero todas estas disquisiciones sí que tienen relación con aquél primer baño del niño que acababa de nacer. Y tienen relación porque es que Rea, ya lo hemos dicho, que dio a luz a su hijo Zeus de noche. Y lo hizo en las montañas de Arcadia. En aquéllas montañas los terrenos son secos y no aparece por ningún sitio ni una gota de agua. Rea necesitaba, después del parto, purificarse con el baño de agua limpia y hacer lo mismo con su hijo.

Apurada con su afán de buscar agua y no encontrarla, Rea golpeó el suelo con su cetro implorando a Gea, la tierra, el agua que tanto necesitaba. Y, ¿cómo no?, la tierra respondió a su llamada, porque inmediatamente brotó un abundante manantial cerca del lugar donde más tarde se fundó la ciudad de Lepre.

Esta fuente, surgida del deseo y del ansia de Rea, tenía que tener un nombre singular; por eso Rea la llamó Neda. No en vano Neda era la ninfa hija mayor del océano.

Nosotros, en la quietud impresionante de los jardines de la Alhambra, no nos faltó el deseo de llamar con el nombre de Neda a más de una de aquéllas apacibles fuentes, en nuestros tiempos de estudiante. Pensábamos que, a diferencia de otras náyades, las de estas fuentes, seguramente, carecían de sus virtudes curativas, que tampoco brotaban para servir de baño calmante y grato y que, seguramente, si alguno tuviese la osadía de querer participar en este placer, encontraría la náyade respondona de la fuente de Marcia, de Roma, a la que Nerón acudió a bañarse provocando su enojo, gracias al cuál fue atacado por parálisis y fiebres que lo martirizaron varios días.

Para nosotros, las náyades de las fuentes granadinas quizás pertenecieran a la Neda considerada por Cicerón como madre de las cuatro Musas más antiguas.

Que si todo viene de las aguas y todo va a las aguas a consumar su fin, no nos extrañe que esta sea objeto de veneración a través de los tiempos y siempre. Y que sea maravilloso ése primer contacto que el niño al recibir la primera luz nada más nacer.





 

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