Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


Esperaba ese momento y a la vez lo temía, no creía que llegara el día de defender un caso tan difícil, de «alarma social», como se dice ahora. No sabía cómo presentarse. Ante el espejo ensayó una sonrisa que resultase agradable y no pareciese forzada con la idea de darle confianza a su defendido, al presunto autor de dar muerte a su esposa. Le habían designado a él como abogado defensor. La situación requería un aplomo y una serenidad fuera de lo común, pues estaba en juego nada menos que su reputación como abogado.

Quería infundir confianza al reo para que le explicase los motivos de su delito, un delito que nadie comprendía.

Él la conocía y sabía que el fin de esa mujer, tarde o temprano, sería ese. La había conocido no hacia mucho tiempo en un viaje que hizo con motivo de una entrevista de trabajo y a la que acudía pensando que le iba a proporcionar grandes beneficios como abogado de una gran empresa. Tropezó con ella en el pasillo del AVE y, al ir a disculparse, ella le miró de una forma... Tuvo la seguridad de ser el preámbulo de una aventura amorosa de lo mas ardiente, como así fue al llegar a Madrid. Para él resultaba ser una más de tantas que no dejó pasar de largo. En el siguiente viaje le extrañó mucho volver a verla. Al pasar de un vagón a otro la reconoció por su cabellera pelirroja. Cuando tuvo la certeza de que era la misma mujer, retrocedió para no ser visto. No sentía ninguna atracción por ella. Recordaba aquel rato de hotel, su charla insulsa mientras fumaba cigarrillo tras cigarrillo saciada ya sus ansias. Se jactaba de haber conocido a muchos hombres... Se despidió de ella un tanto asqueado. Juró no volver a vivir más aventuras amorosas con cualquier desconocida.

En cambio, su amistad con el acusado no era reciente. Habían sido compañeros de estudio y de más de una juerga juvenil. Se separaron al terminar la carrera, y, aunque no se veían muy a menudo, siempre estaban en contacto por un medio u otro. Por eso, cuando su amigo le escribió diciéndole que se había casado y adjuntándole una fotografía de la boda, se quedó estupefacto al comprobar con quien se había echado las bendiciones. Cómo decirle...

Tras larga reflexión, pensó que lo más sensato era no referir nada. Le envió su enhorabuena y un regalo y se hizo a la idea de postergar o alargar cuanto pudiera toda comunicación con su amigo.

Sin embargo, no transcurrió mucho tiempo -apenas unos meses- que recibiera una llamada por teléfono. Su amigo, aunque en un principio motivó la llamada en interesarse por cómo estaba y demás, terminó refiriéndole que no era feliz en su matrimonio, que su mujer cada vez se alejaba más de él haciendo constantes viajes y alegando motivos de trabajo y otras argucias. A esta llamada le siguieron otras con las mismas o parecidas circunstancias.

Al encontrarse frente a frente a su amigo consideró que la sonrisa que había ensayado ante el espejo estaba fuera de lugar. Se miraron sin que ninguno de los dos hiciese el menor gesto de conocerse.

El, como abogado, le tendió la mano. Nadie pudo calibrar la presión que ejercieron sus dedos, pero cualquiera hubiera visto en aquellas dos manos fuertemente estrechadas las del náufrago que se aferra al salvavidas o las de quien quiere sacar del agua a alguien que se está ahogando.

Llegó el día fijado para la vista y, tras la exposición de los hechos, quedó medianamente claro lo que había ocurrido el día de autos y de la forma que ocurrió. Los hechos fueron así: Una empresaria, al apearse del tren, había caído entre el anden y la vía, fracturándose la columna vertebral con resultado de muerte. Algunos testigos presenciales dijeron haber visto cómo era empujada por un viajero que, identificado por estos, resultaba ser su marido.

Es cierto que cuando se juzga un caso de muerte se analizan minuciosamente hasta los más mínimos detalles, pero los móviles reales que concurren en un caso así nunca salen a la luz. Fueron muchas las sesiones que se llevaron a cabo en dicho juicio, pero fueron muchas más las jornadas de deliberaciones del jurado popular para dar un veredicto justo.

El abogado defensor tuvo unas brillantes intervenciones a lo largo de la vista, intervenciones en las que no sólo demostró su perfecto conocimiento profesional, con todo tipo de argumentaciones y la cita de jurisprudencia, sino que supo acompañar del suficiente ardor y expresividad como para dejar bien sentado a Juez, fiscales, jurados y demás integrantes de la Sala su completa consciencia y convencimiento de que su defendido era totalmente inocente del delito que se le imputaba.

Los medios de comunicación se hicieron eco de cuanto sucedía en el juicio ante la expectación creada por el caso. La opinión de la calle se encontraba muy dividida y llena de curiosidad por saber a qué lado caería la balanza al final del juicio.

Hay que decir que entre los dos amigos no se cruzaron las miradas ni una sola vez durante los días que durara la vista. Transcurridas casi dos semanas de deliberaciones se dio a conocer la sentencia. Ésta, como no cesaba de pedir el abogado defensor, fue absolutoria.

Después de tanto tira y afloja, y una vez libre, el ex-acusado le preguntó a su amigo el motivo de haber puesto tanto ardor en su defensa, cuando ni siquiera sabía la verdad de lo ocurrido, ya que no le había dicho si fue él quien la había empujado o cayó accidentalmente. Éste le contestó: «Eso es lo de menos. Yo hubiese hecho igual...»

Se miraron a los ojos y, sin pronunciar palabra alguna, se besaron tierna y levemente en los labios; luego, entrelazando sus dedos como dos enamorados, siguieron su camino por entre las frondas y rosaledas del parque.






 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep