Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


Cuando abrí la puerta de la habitación de Liliana no fue el encontrarla allí, sobre la cama, con los ojos abiertos dirigidos al techo contemplando el infinito que ya conocía, ni su inmovilidad, ni sus brazos rígidos, estirados en cruz, separándose del cuerpo para huir de la carne, lo que me sorprendió. No fue, tampoco, su tez blanca, ni el frío de su piel, que sentí desde lejos. No podía saber qué era, pero el extraño olor a incienso inexistente, el silencio profundo que me hizo retemblar y los gruesos cirios que, flanqueando su cama, ardían sin menguar, se unían conformando un ambiente extraño y desconocido, absolutamente incontrolable, y tuve miedo. Pensé que podía permanecer allí, eternamente inmóvil, convertido en inerte estatua o en figura de sal que se consumiría tan sólo por el paso del tiempo. Pensé en volver al salón, con los demás.

La tarde lluviosa alumbrada de relámpagos y los pocos amigos que tenían Liliana y Fernando, su marido, eran motivo más que suficiente para que su casa, durante el velatorio, estuviese tan poco concurrida.

Sentado en una butaca y charlando en voz baja con una par de personas totalmente desconocidas para mí, permanecía Fernando inclinado hacia adelante, con los brazos apoyados en sus piernas y jugueteando involuntariamente con los dedos de sus manos, que se entrelazaban insistentemente para volver a liberarse de inmediato. En el sofá, Alicia, su cuñada, la hermana menor de Liliana, silenciosa y ausente, enjugaba lágrimas de incredulidad.

De la familia de Fernando no había acudido nadie, sólo yo, que ni siquiera era portador de ninguna representación y, la verdad, no sabía por qué, ni para qué había ido después de tanto desamor, de tantos años de distanciamiento y de negarnos la palabra, de tantos odios y heridas abiertas. Quizá fuese una inconsciente necesidad de comprobar por mí mismo la veracidad de la muerte de Liliana.

Había sido ella la culpable de todo y hoy debía comprobar si terminaban para siempre sus maldades, sus influencias, los nefastos toques de sus largas manos que parecían llegar hasta el infinito alcanzándolo todo, torciéndolo todo, maleándolo todo.

Fernando desapareció una tarde de domingo sin tan siquiera dejar una simple nota, ni un teléfono, ni una explicación. Tres días tardamos en saber algo de él.

-Hola madre -dijo Fernando con voz áspera, cuando ella descolgó el auricular temiéndose lo peor.
-Hijo, ¿dónde estás? ¿qué has hecho? ¿qué ha pasado? Dime algo.
-Estoy bien, no os preocupéis por mí, me he venido a vivir con Liliana, ya sabes, la chica con la que he estado saliendo este último mes.
-Pero hombre, por Dios, estas cosas no se hacen así. Te fuiste como huyendo. Dime la verdad, ¿te pasa algo?
-Que no madre, no me pasa nada, pero ya soy mayor y estoy harto de muchas cosas, Liliana, por lo menos, me deja ser como soy, me entiende y nos queremos, juntos estamos dando otro rumbo a mi vida y pensamos que, si todo va bien, nos casaremos muy pronto.
-Fernando, no me lo puedes decir así, ni yo ni tus hermanos nos merecemos esto. Hasta que desapareciste, el domingo pasado, éramos una familia normal, cada uno con sus rarezas, pero más normales que otros que se ven por ahí y no creo que haya sucedido nada que te obligase a dar este paso. Además, ¿quién es esa Liliana que te ha arrancado de nosotros?
-Ya la conocerás cuando llegue el momento, por ahora es prematuro y si he decidido hacer mi vida, no pensarás que voy a hacerlo metiendo a mi novia en tu casa, precisamente es de todos esos costumbrismos familiares de lo que estoy harto. Santos, cumpleaños, Navidades... se acabó. Te llamaré de vez en cuando y nada más.
-Dame al menos tu teléfono. Dime dónde vives.
-No puedo, el piso es provisional y sólo tengo un móvil que uso para mi trabajo y no funciona muy bien. Ya te iré llamando yo. Un beso.

El golpe del teléfono al colgar aún retumba, pasados tantos años, en la cabeza de su madre.

Después de unos meses y tras múltiples rogativas, acudieron Fernando y Liliana a uno de los santos o cumpleaños tan odiados por él. Fue una informal, tensa, y violenta presentación.

Nada gustó a la familia, ni la forma ni el fondo y coincidieron todos, cuando la pareja se marchó, en que esa chica era muy rara.

Liliana tenía cinco o seis años más que Fernando, de aspecto abandonado, parca en palabras, parecía estar distante sin apenas intervenir en la conversación, respondía vaguedades o absurdos y su pasado era una incógnita que permanecía sin desvelar a pesar de las insistentes preguntas que le formulaba, con mucho tacto, la que después sería su suegra.

También era más alta y voluminosa que Fernando y ocultaba sus enormes muslos con una falda larga y amplia. Era evidente que no había caído bien.

En los días siguiente se hicieron algunas averiguaciones, se supo de su familia, también rota por su causa, se tuvieron noticias de su trabajo como administrativa en una compañía de seguros, de la que más tarde sería despedida, y se supo también de un marido y de un divorcio de inusuales circunstancias.

Hubo quien dijo cosas muy raras, sectas, objetos extraños en una habitación cerrada de su casa, cajas que, atadas, ocultaban su contenido y que ella revisaba todas las noches antes de acostarse dejándolas todas juntas bajo su cama.

Decían también que dormía con velas encendidas, que era vegetariana y se curaba con unas hierbas que ella misma recogía de los campos.

Una vez la vi abrazada a un monolito solitario, perdido en un cañón que, regado por un río, era cobijo de águilas y halcones y en el que al fondo, escondida entre zarzas gigantescas, se ocultaba para siempre una ermita de templarios. Y se abrazó, según dijo, para recargarse de energía.

Fernando pronto empezó a admirarla, parecía entender todas sus manías y rarezas y si en alguna ocasión se comentaba en su presencia la actitud de Liliana, él zanjaba la cuestión diciendo: ¡dejadla en paz!, cada uno puede pensar y hacer lo que le parezca.

Era otro. Con el tiempo desapareció por completo su carácter mandón y autoritario y pasó a ser la comparsa de Liliana. Cuando ella enfermó, no se sabe si lo hizo de verdad, pues no temía ni su propia muerte, estaba convencida de que sólo era un paso, resucitaría pronto y todo seguiría igual, pienso que hasta Fernando llegó a creerlo y, entrelazando y liberando sus dedos insistentemente en el salón de su casa, quizá esperase el momento en que Liliana, viendo cumplido el tránsito obligado, se incorporase de su lecho y, apagando lo cirios que guardaría para otra ocasión, se uniese al grupo que en el silencioso salón escuchaba los truenos del anochecer.

Era viernes, y la inquieta primavera alternaba soles y chubascos. La tarde se llenaba de noche sin cesar de llover y el continuo explotar de truenos parecía un responso por Liliana.

Junto al quicio de la puerta de la habitación, seguía inmóvil sin apartar la vista de los ojos de la muerta. Abiertos y fijos en la eternidad que divisaba en el techo, parecían más despiertos que en vida, hasta los párpados podrían moverse en cualquier momento. Si en conversaciones coloquiales nos referíamos a ella como la bruja, más bruja que nunca me parecía muerta. Los cirios ardían con una extraña luz y no conseguí ver el humo de sus pequeñas llamas. A solas y frente a ella, me sentía inmerso en un ambiente raro, esotérico. Pensé si era miedo la sensación que notaba en mi alma, miedo... ¿a qué?

Llegaron los empleados de la funeraria y, sin arreglar el cadáver, pues ella lo tenía así dispuesto, la introdujeron en el féretro de pino barato que dejaron sobre la cama, ni siquiera estiraron las sábanas que quedaron arrugadas bajo la caja, dejando ver la colcha de un azul cielo que brillaba a la tenue luz de los cirios que seguían sin menguar.

Al abandonar la casa los empleados de la funeraria, Fernando regresó a la habitación, tocó el féretro ya cerrado a petición suya y acompañado, en voz baja, por algunos de los asistentes, susurró un padrenuestro que acalló la tormenta.

Me alejé de la casa arrimado a las fachadas para evitar la lluvia que seguía cayendo de forma violenta y sentía en mis entrañas un estremecimiento a cada uno de los estallidos del cielo que parecían más insistentes desde que cerraron el ataúd donde ya, para siempre, se pudriría Liliana.

El sábado también amaneció tormentoso. No tenía nada que hacer pero me propuse entretenerme hasta la hora del entierro. Había pasado una noche fatal, el olor del incienso inexistente de la habitación donde murió Liliana parecía impregnar mi almohada. Los ojos que recordaba fijos en el techo de su cuarto creía tenerlos en mi alcoba, los presentía mirándome desde la puerta, mientras yo en la cama suponía cambiados los papeles. Ella viva y yo muerto.

Quería olvidarlo todo y me decidí a pasear, compré los periódicos sin encontrar en ellos su esquela. Fernando no tenía dinero ni para eso, claro que, pensé, ¿a quién le importa la muerte de Liliana?

Anduve toda la mañana de un lado para otro, haciendo tiempo, entré en algunos bares para tomar unas cervezas y en uno de esos locales que imitan a italianos, comí una pizza y tomé un par de cafés de postre.

Un poco antes de las cinco esperaba a la entrada del pequeño cementerio de la ciudad; pronto llegó la escasa comitiva, el furgón funerario, el coche de Fernando y otros dos de algunos conocidos del matrimonio. El féretro quedó depositado en el lugar destinado a los infieles y, tras cubrirlo de tierra, dimos media vuelta dejando muertos a los muertos.

Fernando regresó solo, tenía que recoger a su hija en casa de unos vecinos y luego explicarle, con mucha delicadeza, que su madre no estaba ya con ellos, pero que algún día volverían a verla. La niña sólo tenía doce años, pero era una chiquilla lista y despabilada. Por su forma de ser, su edad no le correspondía. Ella y Liliana, su madre, parecían una sola. Los ojos de una eran los de la otra, sus cuerpos grandes, sus dedos largos, su actitud distante las identificaba, parecían vigilar a la gente, controlar las cosas, ejercer influencias sobre todo. También a ella, como a su madre, le gustaba ir al campo a recoger hierbas extrañas que Liliana usaba para preparar sus medicinas y también los guisos, que siempre tenían un sabor especial y desconocido.

Dejó el coche frente a su casa y decidió dar un paseo antes de recuperar a su hija. Anduvo y anduvo sin mirar el reloj. Echaría de menos a Liliana. A lo largo del paseo, fue consciente de la sumisión que la había dispensado en vida y tenía que organizarse; la casa, los horarios, la niña, las comidas... todo era nuevo para él.

Estaba asustado. Temía la soledad, la responsabilidad para con su hija en una edad tan difícil, y no se veía capaz de suplir a Liliana en la íntima relación con la niña.

A ratos cesaba la lluvia, a ratos repetían los truenos y, entre las nubes, que se desplazaban rápidas, contemplaba el cielo, Saturno y Urano estaban allí, se habían presentado juntos, como queriendo acompañar su duelo. Muchas veces hablaba con Liliana de astronomía, era un gran aficionado y ella, imaginativa, le relataba historias ancestrales, de meigas y hechizos, de ángeles satanizados. Recordó relatos de Uriel y Cassiel, de cómo y por qué eran símbolos personificados de algunos males; divorcios, crisis, muertes en familia. De cómo sabían ser pacientes hasta alcanzar sus objetivos, de por qué el principal aliado de los conjuros era el tiempo y, durante su paseo solitario, pensó que Liliana le esperaba en casa.

Pospuso hasta la mañana siguiente la recogida de su hija y, sobre la media noche, mientras arreciaba la tormenta, abrió la puerta de su habitación para acostarse.

Los siguientes segundos le resultaron eternos, se sintió abducido por extrañas fuerzas sobrenaturales, por diabólicos efectos que producían en él sensaciones inimaginables para un mortal, sensaciones que le llenaban de un vértigo incontrolable que vaciaba sus entrañas. No era la inesperada presencia de Alicia, su cuñada, ni el hecho de que estuviese tendida sobre la cama, desnuda, con las piernas abiertas, los brazos ligeramente separados del cuerpo y la mirada fija y perdida en el techo. Tampoco era el fuerte olor a incienso, ni la luz de las velas encendidas sobre el pequeño tocador repleto de fotos de gentes desconocidas, de muñecas de cera y de un sinfín de objetos piramidales y extraños. Su sorpresa, su parálisis, el sentir que los relojes se habían detenido, se debía al conjunto de lo que estaba contemplando; igual que Alicia, tendidas sobre las arrugadas sábanas, con la misma posición de piernas y brazos e igualmente desnudas, estaban Liliana y su pequeña hija, recordó las tres cruces del Calvario y un trueno hizo tintinear los cristales de la ventana oculta tras la cortina.

No se movieron ni pronunciaron palabra pero él obedeció la orden que inundó su cerebro y, acatándola, se sentó en la pequeña butaca del rincón, junto al tocador y, silencioso e inmóvil, permaneció.

Liliana y Alicia comenzaron un ritual totalmente desconocido para Fernando, gemían, musitaban y, moviendo lentamente sus brazos, que dirigieron al techo, alzaban también sus piernas abiertas, recibiendo, en el orificio de la vida, un haz de luces electrizantes que penetraba ardiente para inundar sus cuerpos ya sudorosos.

La pequeña se puso lentamente en pie descendiendo de la cama y, evolucionando por el cuarto en brujeril danza, pronunciaba palabras ininteligibles, en idiomas desconocidos y en multitud de tonos diferentes.

Fernando observaba todo ese ceremonial sin que su cara dibujase ni una sola mueca de sorpresa, hasta sus miedos y temores habían desaparecido, el poder de Liliana, una vez más, le tenía dominado.

La chiquilla seguía danzando lenta, rítmica, acompasada. Su virginal desnudez inundaba la habitación. El olor a incienso inexistente parecía hacerse sólido y depositarse sobre todos los objetos.

Volvió la niña a tenderse sobre la cama mientras Liliana y Alicia, puestas en pie, una a cada lado del lecho, paseaban sus manos sobre el puro cuerpo sin tocarlo, manteniendo constante el vaivén de los brazos con un ritmo monótono, lento y suave.

Las sensaciones de Fernando eran ya muy distintas y, aunque permanecía inmóvil, estaba involucrado en el ceremonial. Probablemente se había convertido en el primer espectador de un aquelarre y, amante como era de las cosas insólitas, su estado de relajación no tenía nada que ver con lo que había experimentado unos minutos antes, al abrir la puerta de su habitación para acostarse.

Liliana reencarnada en su propio cuerpo, Alicia complacida por ello, y la niña dispuesta a ser el objeto de todos los agradecimientos a las fuerzas infernales. Eran los ingredientes necesarios para llevar a cabo la incorporación de la pequeña al mundo de sus mayores.

Sabía Liliana que su hija estaba a punto de ser mujer, de evolucionar carnalmente para permanecer en la tierra en igualdad de condiciones, como sus semejantes, que no sus iguales, y, con la ayuda de Alicia, completarían el rito. No podía ser un hombre el que primero poseyese a su hija, si así sucediera, nunca podría reencarnarse. La iniciación en lo humano, todas las enseñanzas que había recibido y que tendría que recibir, vinieron y vendrían siempre, por los siglos de los siglos, de ella, su madre.

La sangre de ese cuerpo infantil corrió por los muslos al ser penetrada por los dedos de su madre. Alicia recogía el espeso líquido en un recipiente de cobre decorado con representaciones de escenas infernales: carneros decapitados, serpientes con cara de mujer, búhos de cuatro ojos, bebés devorándose entre sí, y, puesta a cocer sobre un hornillo de oro, la llevaron a su punto de ebullición.

Para entonces, el cuerpo de la niña había comenzado su mutación: los pechos brotaban estirando la piel que se trenzaba para formar los pezones, las axilas y el pubis se poblaban de un rizado y negro bello, mientras su vientre se abultaba simulando un embarazo.

Liliana y Alicia reemprendían las danzas y susurraban melodías que parecían de agradecimiento, de pronto sobrevino el parto, Fernando saltó de su butaca queriendo alcanzar la cama y ahogar los gemidos de animal que su hija lanzaba a la eternidad, pero fue parado en seco por algo invisible que le devolvió a su asiento.

La niña, ya mujer, sangraba, gritaba y se contorsionaba separando las piernas hasta casi partirse en dos. Liliana y Alicia repetían, una y otra vez, los cánticos y las danzas ajenas por completo a los gritos de la muchacha, pero cuando brotó el extraño ser, cruce de mujer y dedo, las dos hermanas se fundieron en un cálido abrazo que, desprendiendo un intenso frío, heló el corazón de Fernando.

Se abalanzaron sobre aquella criatura y, tomándola en sus manos, Liliana babeaba sobre ella, mientras Alicia la desprendía de las entrañas que la habían alumbrado.

La muchacha quedó rendida sobre la cama, empapada de sudor y sangre, embadurnada con la suciedad del parto, mientras su padre, inmóvil, extasiado, y gélido, no asimilaba lo que estaba sucediendo.

Liliana, con la ayuda de Alicia, terminaba el ritual. Trocearon el feto inexpresivo, sin vida ni alma, y, sazonándolo con hierbas recogidas en los campos, lo dejaron cocer con la última sangre virgen de la niña.

Cuando todo se deshizo, Liliana, de un soplido, enfrió el cuenco de cobre ofreciéndoselo a Alicia, que bebió. Luego hizo lo mismo con Fernando, acercándoselo a sus labios resecos y, por fin, después de que bebiera su extasiada hija, apuró ella misma hasta la última gota de aquel maloliente zumo de sangre y sudor, de vida y de muerte...

Tres o cuatro meses después, el administrador de la casa consiguió la orden judicial de desahucio por impago de las rentas.

Los agentes le acompañaron a él y al propietario de la vivienda y descerrajaron la puerta según tenía el Juez ordenado.

Dentro todo estaba oscuro y sólo encontraron suciedad.






 

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