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De nuevo se nos fue otro escritor. El verano nos ha arrebatado de alguna manera a una mujer cargada de esa vitalidad contagiosa que a mí tanto me entusiasmaba. Su aire juvenil a pesar de los años, esa sensación de frescura de quien goza de estar viva, indudablemente me salpicaba cada vez que me acercaba a su imagen y a su palabra. Me entristeció, a qué negarlo, conocer su muerte, pero, inmediatamente, mirando mi biblioteca supe reconocerla enseguida allí, entre todos los demás, entre Cervantes y Lorca, entre Dámaso y Gala, entre Rosalía y Delibes. Todos estaban vivos. Ella también.

Carmen Martín Gaite viene a engrosar la larga lista de poetas y narradoras afincadas en el siglo XX. Ella, como Laforet, Matute, Rosa Regás, Salisachs, Puértolas..., ha sabido dejar atrás definitivamente la maldición que las marginaba a expresarse con su gesto y su decir, animando en el camino a todas las que sienten este cosquilleo delicioso de la literatura. Ella, que como Buero Vallejo, Alberti o Valente está ya al otro lado, nos empujan con su silencio significativo desde los estantes de nuestros cuartos a seguir aprovechando con dignidad esta oportunidad para comunicar que nos brinda la literatura.

Entre visillos y Ritmo lento fueron, lo recuerdo muy bien, los primeros libros suyos que leí. Luego vinieron otros: Nubosidad variable, La Reina de las Nieves, Lo raro es vivir, Irse de casa... Rememorarlos, en fin, ahora, produce en mí una bonita mezcla de nostalgia y agradecimiento que sin duda me hará nuevamente acercarme a su narrativa para rescatarla de cualquier forma. Curiosamente su último título fue Irse de casa; casi una premonición parece ahora. Entonces lo leí con el mismo entusiasmo con que leía sus cosas, porque ella conocedora del alma humana y sus entresijos, se movía espléndidamente por el corazón de todos sus personajes con la maestría de la escritora con mayúsculas, de la que ha hecho del escribir oficio y vocación. En su novela Nubosidad variable nos decía por boca de Sofía: «El alma humana se parece a las nubes. No hay quien la coja quieta en la misma postura». Carmen conocía esto perfectamente, y de ahí las rachas que hacían temblar a sus personajes haciendo del alma de todos ellos pequeños mapas con sus luces y sus desorientaciones, sus soleados y oscuridades.

Me imagino que cada lector disfruta cada obra de una manera, de tantas como sensibilidades o puntos de vista puedan existir. Carmen, que ha dejado muchos lectores, muchos admiradores de su obra y muchos amigos, nos deja la puerta abierta para seguir comprendiendo su estilo de ser y pensar. A mí, particularmente, me deja el recuerdo de todo cuanto sentí al leerla; yo, como todos sus personajes, descubría, quizá al compás de ellos, el irrefrenable deseo de buscarme dentro de mí misma, de escarbar en mis sentidos y, con un insaciable deseo de libertad, vivir, y no entre visillos, sino con las ventanas abiertas de par en par, sintiendo en la cara el viento y el sol en mi piel. Éste es el testamento que al menos ha dejado en mí, y estoy segura que ella será ahora feliz por ello.

Carmen, aunque ya desde el otro lado, sé que apenas te has ido de casa, porque tu pluma estilográfica, con la que tanto te gustaba escribir, sigue chorreando esa tinta que no se seca con el paso del tiempo. Siempre nos quedará, como póstumo y verdadero homenaje, la lectura y las relecturas de cuanto supiste crear. Descansa en paz.





 

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