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La ética es la parte de la filosofía que investiga la capacidad que todos tenemos de decir que algunas acciones están bien o están mal, en el sentido de que son justas o injustas, no desde la legalidad vigente, sino para el sentido común universal. Por ejemplo, suele decirse que la crueldad es mala y que es bueno tratar a los demás con respeto. Evidentemente. ¿O no?

Quizás no sea tan evidente. En efecto, muy pronto nos encontramos con serios problemas para ponernos de acuerdo, pues, ¿quién dice lo que está bien o mal?, ¿acaso no depende todo del punto de vista?, ¿no es cierto que lo bueno para mí puede ser malo para alguien? Y no es un problema abstracto ni tonto. Ojalá lo fuera. Piense si no en esos etarras y en los que los apoyan: ¿cómo concederles que la decencia depende del punto de vista? ¿cómo negar que hay actuaciones que son malas absolutamente ? Y lo mismo respecto a la violencia doméstica, el aborto, el hábito de fumar, el hábito de tirar papeles al suelo... ¿Cómo podríamos decir que cada cual es libre de hacer lo que le apetezca? Si concedemos esto, si nos tragamos que no se puede afirmar que hayan cosas malas y cosas buenas para todo el mundo, sean grandes o pequeñas, si pasamos esto, amigo mío, pues vaya mierda de sociedad que nos tocará aguantar.

Yo no quiero aguantar una sociedad de mierda en la que todo depende del punto de vista. No acepto que el etarra tenga que matar porque desde su punto de vista hace bien. No acepto que haya gritos, insultos, violencias, abusos, mala educación y el popular «ande yo caliente y ríase la gente». No trago lo que no es tragable. Pero tampoco quiero aguantar una sociedad en la que alguien se cree legitimado para dictar su particular concepto de decencia . En este tema no hay autoridades que valgan. No vale que una Iglesia, una ideología o una persona se conviertan en pastores de todos nosotros y que nosotros nos convirtamos en ovejas de rebaño. No. Ni tanto ni tan poco. Debe haber un acuerdo entre todos y nadie puede imponer el contenido del acuerdo. Sólo el sentido común, aquello en lo que deberían coincidir todos los puntos de vista, puede guiarnos en el problema de la ética. Nuestra fe deberá ser la Razón, ya saben, la que posibilita la ciencia, la liberación respecto a los instintos, el control de las emociones y apetitos (los que ordenan lo que me apetece ) y la regulación de la vida en sociedad (esto es, la política), todo ello a la vista de cualquiera, bajo el control y la crítica de cualquiera, desde la libertad de pensamiento. Así pues, es urgente demostrar la validez universal de los juicios éticos.

Para empezar hay que darse cuenta que la maldad o bondad de un suceso no está en el suceso mismo (error que se conoce en filosofía como «falacia naturalista»). Dicho de otro modo, no podemos deducir a partir de un juicio fáctico (el que afirma que algo ocurre efectivamente en el mundo real) un juicio normativo (el que afirma que algo debe o no debe estar pasando). Por ejemplo, según este modo ilegítimo de pensar, podría deducirse que un asesinato es malo por el mero hecho de que un hombre ha matado a otro, cuando, en realidad, la maldad del acto no es un hecho, sino un añadido transcendente a esta realidad y de origen subjetivo. O sea, es un hecho del mundo que un hombre ha matado a otro; que este hecho del mundo sea calificado como malo es una cualidad añadida por la razón, cualidad y añadido que tendrán que explicarse yendo más allá del hecho mismo.

Y si la maldad o bondad de un suceso no están en el suceso mismo, ¿dónde está? Cierto filósofo que se planteó este problema apostó a que dicha cualidad es un añadido que la racionalidad hace a la realidad, añadido que es independiente de las inclinaciones del cuerpo (ya saben, lo que me apetece ), de nuestros intereses en el mundo (como por ejemplo, encontrar la felicidad) y de la realidad entera. A este añadido lo llamó el deber y afirmó que aparece en la conciencia de todos los seres racionales sin excepción, no mezclado con las cosas. El sentido común, una de cuyas facetas sería esta conciencia de lo que debemos y no debemos hacer, no se ve afectado por el hecho de que existan o no comportamientos de acuerdo con dicho imperativo moral. Así, por ejemplo, hay algunos deberes que todo ser racional tendría que poder reconocer con absoluta certeza: respetar a los padres y a los ancianos, no mentir, no practicar el incesto, no matar... Por eso la pena de muerte o el aborto, prácticas que, en mayor o menor medida, han existido en casi todos los pueblos a lo largo de su historia, no pueden justificarse por la existencia de una tradición «legitimadora» o por la supuesta utilidad de esta medida, pues va contra el deber que aparece en la conciencia de todo ser racional.

Una objeción aparece enseguida: ¿es esto posible?, ¿podemos afirmar que todos los humanos comparten una visión clara de lo que debe o no debe ocurrir?, ¿no ocurre más bien lo contrario, a saber, que cada cual persigue intereses particulares y, a menudo, opuestos? De ser cierto que toda razón es capaz de ver con claridad qué está bien y qué está mal, tendría que haber un núcleo de imperativos morales comunes a todas las culturas de todas las épocas. Y también deberíamos ser capaces de elaborar una lista de derechos y deberes inalienables de las personas, una lista consensuable a nivel mundial.

Respecto a lo segundo, desde 1948 prácticamente toda la humanidad ha aceptado la Declaración Universal de los Derechos Humanos que elaboró la O.N.U. El origen de su validez y universalidad no puede descansar sino en esta idea kantiana, aunque también es cierto que esta declaración está incompleta y es perfectible.

Respecto a lo primero, es fácil encontrar que prácticamente todas las culturas a lo largo de la historia condenan o alaban los mismos comportamientos: hacer el bien a todo el mundo, respetar a los mayores y a los débiles, practicar la justicia, etc. Y este consenso da la razón al filósofo de antes y a todos aquellos que pensamos que hay cosas que no dependen del punto de vista, y que la DECENCIA es una y que ningún libro sagrado, ningún líder, ningún Estado tiene el monopolio sobre ella. Sólo el sentido común.





 

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