Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


Una tarde, ya obscurecido, me entraron unas ganas locas de evacuar, y como esta necesidad no se puede dejar para otro día tuve que hacerlo. ¿Cómo?, pues muy sencillo: en mi habitación. Resulta que un familiar me había traído de la capital una hermosa caja de pasteles. La cajita la conservé de recuerdo, así como el papel donde venía envuelta, y, miren por donde, tuve la gran «ocurrencia» -dentro del apuro por el que estaba pasando- de hacerlo en dicha caja. Una vez rellena (aunque no de empanadillas), la envolví primorosamente en su mismo papel, y hasta le puse la cinta de color verde que traía, con la que le hice un artístico lacito. Quedó realmente espléndida. Completamente a obscuras abrí con sigilo la ventana, me cercioré de que no pasaba nadie y, ¡zas!, la tiré. La nieve endurecida hizo que quedara en la superficie (con eso no había contado yo), por lo que quedó bien visible. Estuve un buen rato al acecho, por si alguien pasaba por allí, hasta que, al fin, apareció la «víctima». Se trataba de una Sra. con cara bonachona. Al ver ésta la caja, su rostro se iluminó de júbilo, la cogió apresuradamente, comprobando antes que nadie la veía. Pletórica, al parecer, de entusiasmo, se la guardó apresuradamente en la cesta que llevaba. Me imagino la cara de sorpresa que pondrían todos en su casa a la hora de los postres... ¡Lástima que eso ya no pude verlo!

Mas la historia no terminó aquí; mi vientre había tomado la fea costumbre de querer desalojar a la misma hora, y como no había podido vencer el miedo de ir al retrete, no me quedó mas remedio, ante lo inevitable, que aprovisionarme de abundantes y resistentes papeles para cada noche hacer mis «paquetitos» y, ¡hale, tirarlos por la ventana. Ya, como suele suceder con las cosas que se hacen rutinarias, iba perdiendo las más elementales precauciones, y esta imperdonable negligencia hizo que se desencadenara la «tragedia».

Aquella noche al tirar el «regalo», lo hice con la luz encendida. El colmo del descaro, y lo que fue peor, sin mirar. Lo largué con tan mala fortuna que en ese preciso momento pasaba un hombre. Este, al ver el «proyectil», se desvió lo justo para que no le diese en pleno rostro. Se quedó alelado. El paquete se había abierto ligeramente, por lo que pudo ver y quizás oler de lo que se trataba, e indignado miró a la ventana que yo apresuradamente había cerrado. Me tiré al suelo como si estuviera en plena guerra para que el «enemigo» no me reconociera, y me arrastré como un reptil hasta llegar al conmutador, el cual pude apagar con inaudito esfuerzo. Completamente a obscura y aguantando incluso el resuello, me quedé tendida en el suelos mientras el hombre, completamente indignado, aporreaba fuertemente la ventana sin dejar de proferir tacos, el más liviano y repetido era el de «¡tía guarra, tía guarra!»

Después de cenar me quedé con Paulina y Adrián al calor de la estufa mucho tiempo. La verdad es que el matrimonio estaba encantado con la «andaluza», como ellos me llamaban (y, por supuesto, todo el pueblo). Reconozco que mi compañía les había proporcionado bastante distracción, ya que mi carácter abierto y extremadamente alegre fue para estas buena gentes un rayo de sol, y más en aquellas largas noches invernales. Los dos eran estupendos, aunque eso sí, algo interesadillos en lo que respecta al dinero. Acostumbrados como los tenía a mis historietas, chistes, etc. y esa noche no decía «esta boca es mía», resultaba de lo más extraño en una persona tan parlanchina como yo. Pero comprenderéis que la experiencia que acababa de vivir no era nada gratificante como para comentarla, y naturalmente ese desasosiego forzosamente tenía que reflejarlo mi semblante. Por lo que no me sorprendió, cuando, casi al unísono, me preguntan: -Mari Carmen, ¿te sucede algo?, pues te encontrarnos muy rara y nerviosa esta noche. -No, no es nada de importancia, una ligera jaqueca -me disculpé. -¿Quieres una aspirina? -Gracias, Paulina, pero ya la he tomado.

Mas tarde de lo acostumbrado, me fui a mi habitación pensando que estaría gélida, y cual no fue mi sorpresa al comprobar que, superando el frío, el olor, lejos de haber desaparecido aun estaba más acentuado. Me extrañó, toda vez que la ventana la había dejado abierta de par en par. Apenas doy unos pasos, noto cómo mi pie izquierdo aprisiona algo blando y resbaladizo. Enciendo la luz toda nerviosa y mi sorpresa ya no tuvo limites. ¡Allí estaba mi «paquete»! Me lo habían devuelto. Aquello era inaudito. ¿Cómo es posible que el «tío guarro» -ahora era yo quién lo decía- hubiese sido capaz de recoger aquel desparramado paquete, donde lógicamente se tuvo que haber llenado los deditos. ¡El colmo de los colmos! Ya no se sabía quien era más guarro de los dos.

Después de la penosa tarea de limpiar como pude el pringoso suelo y, por supuesto, con el mayor sigilo, además, sin disponer como comprenderéis de los utensilios apropiados para hacer una buena desinfección, ya que por razones obvias no podía desvelar el problema. Lo peor de todo es que esto no terminaba aquí. Entonces era cuando realmente empezaba...

La original historia, lógicamente tenía que tener alguna trascendencia. El «agredido», presentó una denuncia en el municipio, y como no pudo identificar a la persona que lanzó el «paquete», la acusación recayó en la dueña de la vivienda. Por lo que, al día siguiente, el Sr. Adrián recibió una citación que le produjo la natural sorpresa. La premura por parte del Ayuntamiento evidenciaba lo insólito del caso, máxime, en un pueblo donde prácticamente nunca ocurría nada, y mucho menos, en aquellos tiempos. El Sr. Adrián, lleno de vergüenza e indignado, salió del municipio. Se fue derecho para su casa echando chispas y dispuesto a armarle la «marimorena» a su «parienta». Casualmente cuando llegó me encontraba en compañía de Paulina, aunque ello no evitó el chaparrón de reproches que, inmerecidamente, sufrió la pobre mujer. Cuando pudo aprovechar un resuello de su colérico esposo, le juró y perjuró que ella era inocente, y, al eximirse de toda culpa, lógicamente, tuvieron que pensar que la que había provocado aquella situación era yo. Por lo que, Paulina, repuesta ya del disgusto, me interrogó seriamente sobre el asunto.

(Continúa en el próximo número.)




 

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