Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


Dejó la labor sobre el regazo junto a las gafas y suspiró con alivio. O quizás con resignación, nostalgia, arrepentimiento... No estaba muy segura de lo que sentía, sólo sabía que el recuerdo no se separaba de ella.

Recordaba el día en que al subir al autobús sintió cómo una mano oprimía su brazo con ánimo de ayudarla. Pensó, en un principio, que la persona que la ayudaba a superar los altos peldaños sería algún vecino o conocido del barrio, sin embargo, cuando ya se volvía y comenzaba a esbozar una sonrisa para agradecer la ayuda prestada, se percató de que la cara de su amable ayudante no le era conocida de nada. La sonrisa se le desdibujó un tanto en su rostro y sólo acertó a decir unas tímidas gracias.

Su horario mañanera solía ser bastante fijo y rutinario, pues no lo motivaba otra cosa que el acudir diariamente a casa de su hija para cuidar de su nieta, ya que los padres trabajaban los dos y ella no quería que la niña acudiese a una guardería siendo tan pequeña. En realidad, y aunque solo contaba nueve meses de edad, su pequeña nieta ya parecía comprender muchas cosas y le hacía mimos y gestos que a ella le hacia sentirse muy feliz.

Ya hacía diez años que había enviudado. Pero no se sentía desgraciada por ello, más bien al contrario, pues su matrimonio nunca fue lo que se dice un cúmulo de dichas y felicidades. No hubo amor ni sentimientos, ni siquiera cuando se casaron. Se habían habituado el uno al otro y aceptado sin saber cómo ni porqué aquel despropósito de rutinas, frialdad y desamor. Por eso, llegado aquel prematuro e inesperado fallecimiento, lo soportó con estoicismo y resignación. Para los demás aquella entereza era una virtud digna de elogio, pero no era otra cosa que una simple apariencia, un adaptarse al momento y a las circunstancias, pues sólo ella sabía lo que supuso en su vida aquella boda casi impuesta. Eran otros tiempos, otras circunstancias tanto políticas como religiosas. Para la mujer la única salida del hogar paterno era el matrimonio, y, por otra parte, casar a una hija suponía un gran orgullo para un padre. Y tranquilidad.

A lo largo de los años, soportando tiranías y desafueros paternos durante niñez y juventud, y sufriendo el desamor y las soledades de los escasos años de matrimonio, la vida le había enseñado a sufrir con resignación sus dentelladas de perro furioso, sus tajos inmisericordes, sus espinas clavadas hasta lo más hondo de las entrañas, sus latigazos restallando sobre lo más sensible de la piel del alma... Pero también le había recrecido y fortalecido sus virtudes, también le había enseñado a ponerle buena cara a la adversidad, a recomponer el alma, a saber mirar a los cielos y a dejar guardado en lo más profundo del corazón un pequeño huequecito para acunar las esperanzas.

Por eso, ahora, la vida transcurría con cierta placidez y dentro de una relativa tranquilidad. En su nieta tenía un gran motivo para vivir y un sólido argumento para desterrar las penas. Aquella pequeñita de ojos azules y doradas trencitas era toda su alegría. Sin embargo...

Aquel hombre seguía cogiendo su mismo autobús cada mañana. Se sentaba a no mucha distancia, en la otra fila de asientos y frente a ella. Ella lo observaba discretamente, aunque casi siempre para comprobar que él no dejaba de mirarla. A veces, sin poder evitar que sus miradas se encontraran, mantenía la vista alzada unos segundos para, de inmediato, y no sin antes esbozar una tímida sonrisa, regresarla a la honestidad de cualquier otro rincón.

No parecía mala gente. Podría tener algunos años, muy pocos, más que ella. Su aspecto era agradable y vestía bien y pulcramente. Pero se le advertía una gran timidez. En algún momento le pareció que intentaba levantarse de su asiento para, posiblemente, acercarse hasta ella y hablarle de algo. Nunca lo hizo. Cuando ella se apeaba, él también lo hacía y caminaba tras ella a corta distancia siguiendo sus pasos y sin detenerse hasta llegar ella a casa de su hija. Así durante mucho tiempo. Pensaba que en cualquier momento podría dirigirle la palabra. Pero no.

Sin embargo, el destino propicia oportunidades para todo y para todos, incluso para que la voz atada por la timidez rompa sus cadenas y aflore a los labios buscando su libertad.

Fue con motivo de un accidente de trafico en el que se vio involucrado el autobús. Cuando éste tuvo que frenar bruscamente ante la colisión de un taxi con otro vehículo, ella se vio impulsada hacia adelante por la tremenda fuerza del frenazo. Logró asirse a una de las columnas, pero ello no evitó que cayera al suelo de rodillas. El hombre se levantó de inmediato, la levantó de su incómoda postura y la mantuvo sujeta entre sus brazos. Ella, algo mareada, se quedó inmóvil unos instantes mientras se recuperaba del sobresalto. Fue entonces cuando oyó aquellas palabras que parecían brotar desde lo más profundo de un corazón enamorado.

Aquellas palabras, aquel te quiero lleno de amor y dulzura, nunca lo había oído, nunca jamás lo había oído decir a nadie. Resultaba agradable de oír, muy grato y dulce... Y, en aquellos mágicos y efímeros instantes pensó que si sólo la palabra te quiero resultaba tan grato, qué sería si viniesen acompañadas por las dulzuras de una caricia o un beso...

Fueron unos mínimos instantes, apenas un momento, pero una ráfaga de tiempo en la que pasó por su mente toda una vida resumida en unas pocas imágenes. La prudencia y la sensatez se aliaron e hicieron acto de presencia para ahogar y reducir aquel brote de sueño. No... El otoño no da flores, las ilusiones de primavera se marchitaron sin florecer... Mejor no...

Bajó la vista algo turbada y se deshizo de los brazos del hombre. Le dio las gracias con voz compungida y, viendo la proximidad de su parada, se dispuso a apearse del vehículo. Cuando bajó del autobús, viendo que el hombre se apeaba tras ella, en lugar de caminar hacia su habitual destino, montó en un taxi y dio al taxista la dirección de su casa. Llegada a ésta tomó el teléfono para decir a su hija que no podía ir a cuidar a la niña por encontrarse mal, pero que no era nada importante, que no se preocupase, que quizás en unos pocos días estaría restablecida.

Nadie podía saber, ni siquiera imaginar, qué le ocurría. Ni a nadie le importaba... Sólo ella sabía de aquel rayo de sol que la había traspasado y llegado hasta el lugar de los sueños y las esperanzas. Pero temía quemarse...

Soñaba... y veía aquella vida triste, ingrata, vacía de contenido, estéril, desagradecida... Entonces dejaba caer la labor sobre el regazo y, cerrando los ojos, dejaba volar la imaginación. Y entonces pensaba en lo que pudo haber sido y no fue. En su renuncia. En su decisión de no volver a viajar más en aquel autobús. En su sueño oculto y guardado muy dentro para siempre.

Era su secreto mejor guardado.






 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep