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La Virgen del Carmen 1

La Virgen del Carmen,
Patrona de la Marina y de San Fernando.
La Virgen del Carmen 2

La Virgen del Carmen en su palio procesional.
 


La Virgen del Carmen 3

Coronación de la Virgen del Carmen 12-10-1951. 

El Obispo de Cádiz, Tomás Díez, corona a la Virgen junto al Ministro de Marina,
Almte. Salvador Moreno y el alcalde de San Fernando, D. Francisco García Ráez.


El 19 de abril de 1901, por decreto del Gobierno de la Nación, Su Majestad el Rey, y en su nombre la Reina Regente, declaró Patrona de la Marina de Guerra a la Santísima Virgen del Carmen, que, según dicha disposición, lo es de hecho de todos los navegantes, y que ya desde el siglo XIII había sido llamada por San Simón Stock «Estrella del Mar». Por lo tanto, dentro de poco tiempo (19 de abril del 2001) se va a cumplir el primer centenario. Como Patrona de San Fernando lo es por rescripto de S. S. El Papa de 14 de junio de 1920.

Anteriormente era la Virgen del Rosario a la que los hombres del mar ofrecían sus fervores, y con ese espíritu de lucha participaron a bordo de las galeras de Lepanto, a cuya imagen, La Galeona, se dio el nombre de Nuestra Señora de la Victoria por el transcendental hecho de la batalla naval del 7 de octubre de 1571. Esta Virgen, desde la fecha del combate (según se recoge en el libro «Panteón de Marinos Ilustres» de Juan Cervera y Jácome) se cree estuvo depositada en la capilla de San Juan de Letrán, en el Puerto de Santa María, por pertenecer este templo a la Marina como propietaria de la Cofradía de las Galeras, siendo después trasladada a la Carraca al quedar la capilla ruinosa. Tuvo, asimismo, el privilegio de su custodia el Colegio Naval con motivo de su creación en el siglo XVIII.

La Virgen del Rosario es Patrona de Cádiz y su bellísima imagen por el privilegio de representar a «La Galeona» de Lepanto ha dado la vuelta al mundo en el buque-escuela «Juan Sebastián de Elcano».

En la Marina de Guerra y en San Fernando, la Virgen del Carmen es la que rige sus destinos. Pero, ¿qué más da la advocación si es la misma Señora? Sin embargo, para los que vivimos en la ciudad de las salinas, la Virgen del Carmen (por ser, no sólo Patrona del mar, sino también en la Isla) es más isleña, cañaílla y callejolera que ninguna otra; porque desde que nacen hasta que mueren, los sanfernandinos la llevan en lo profundo de su corazón, han vivido con Ella y a Ella han ofrecido lo más preciado de su existencia, ya que el doble patronazgo que aquí ejerce (el ciudadano y el marinero) está tan ligado, tan confundido el uno con el otro, que si tuviéramos que elegir entraríamos en un mar de confusiones. La Isla es la Marina y la Marina está tan metida en la Isla, tiene aquí tanta historia y tanta solera, que sin este ambiente de la Carraca, principalmente, y de la Bahía gaditana en general, perdería las aureolas de más relieve y heroísmo en la vida española.

¡Guía y Protectora! Este es el símbolo augusto de los navegantes, de esos hombres que, como mortales, tienen defectos y virtudes, pero que su divisa más clara y firme y poderosa, es la fe en las Eternas Verdades, porque el corazón de los marinos no debe, ni puede, desertar del sentimiento que les inspira la Capitana más gloriosa y sublime, la Santísima Virgen del Carmen, Patrona de la ciudad y de la Marina como ya hemos dicho, y cuyos títulos, complementados con estos otros nombramientos, nos obligan aún más en nuestras inquietudes: Alcaldesa de Honor perpetua de San Fernando, desde el 10 de octubre de 1951; coronada canónicamente dos días después, en cumplimiento a Breve de Pío XII; honores de capitán general, a petición de la Marina de Guerra, por decreto de 10 de agosto de 1955. Títulos modestos para tan gran Señora, pero con esas sencillas distinciones humanas, los marinos y los hijos de la Isla han querido dejar constancia permanente de su filial amor hacía quien ostenta los más sublimes galardones de MADRE DE DIOS y MADRE NUESTRA.

La Virgen del Carmen, la Marina de Guerra y San Fernando, son una trilogía que representa la mayor fortaleza en este entorno de la Bahía Gaditana, cargada de historia y abierto a las grandes esperanzas.

Centro de la devoción a la Patrona es la fecha del 16 de julio, la más notable en la vida de San Fernando, con la simpática y emotiva particularidad de que son muy pocos los hogares que no tengan, en la familia, un nombre tan directa y entrañablemente vinculado al de La Virgen de esa advocación.

El muy erudito fray Juan Interián de Ayala, en un profundo estudio que ha sido norma y guía de los imagineros señaló cómo debiera ser representada la Virgen en pinturas e imágenes, para que nada fuese contrario a la verdadera piedad. Siguiendo esa doctrina, fueron creadas unas maravillosas obras como La Concepción, de Erasmo Quellyn, que se halla en el Museo del Prado; la Virgen de Montañés, en la catedral de Sevilla; la de Murillo, en el Museo de Ermitage; la de Rubens, en el Museo del Louvre; la de las Mercedes, de Llobet y Renart; la Dolorosa, de Francisco Vila, y tantas y tantas otras objeto de veneración por todos los creyentes que, en la Madre celestial, tienen que ver las perfecciones tan sabiamente expuestas por Nicéforo Calixto, y aún más si cabe.

De igual forma que los artistas representan a la Sacratísima Virgen con ese cúmulo de perfecciones, según su propia imaginación, así los creyentes todos tenemos una particular forma de adorar a la Reina de los Cielos mediante las advocaciones, siguiendo nuestras inclinaciones, nuestras preferencias, o, más bien, las tradiciones que han arraigado tan poderosamente en nuestro espíritu. La Virgen es única, ciertamente, pero se la puede querer con preferencia en determinada manifestación. En San Fernando, ciudad eminentemente marinera, la advocación es la Carmelitana. No puede ser otra.

El origen de la Orden Carmelitana queda bien lejano en el tiempo. Parece ser que fue fundada hacía finales del s. XII por un cruzado calabrés, San Bertoldo, retirado al monte Carmelo como anacoreta. Allí, poco a poco y junto con otros eremitas que habitaban las cuevas y estaban sometidos a la regla de San Basilio, fue impulsando y creando las raíces de lo que sería la Orden del Carmelo.

La primera regla de la Orden Carmelitana fue aprobada en 1224 y la definitiva en 1245 por Inocencio IV bajo el generalato de San Simón Stock. Precisamente, a raíz de su instalación en España, la Virgen se apareció a San Simón Stock (1251), dejando en sus manos el Escapulario que había de ser el fundamento de la Cofradía de su nombre, constituida en el siglo XVI.

En San Fernando, auspiciado por el Obispo de Cádiz, Don Juan de la Cuesta -nombrado en 1678-, ferviente devoto de Nuestra Señora del Monte Carmelo, la Comunidad Carmelitana construyó en los terrenos de una vieja heredad -conocida como «La casa del Diablo» por haberla ocupado asaltantes de camino- un Convento-Hospicio que sería terminado hacia 1680. Los terrenos de este Convento costaron mil ducados, según consta en escritura pública de 9 de agosto de 1680, y, curiosamente, dicho Convento habría de llamarse de San Joaquín y Santa Ana, denominación que fuera impuesta por el Duque de Arcos, dueño y señor de La Isla de aquellos tiempos.






 

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