Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Al mirar el almanaque de la cocina y comprobar que el sábado había sido día 7, Noelia se acordó de que fue el día 7 del mes pasado cuando salieron las notas de la oposición y aprobó, y hasta le vino a la memoria que también cayó en día 7 la única vez en su vida que le habla tocado algo en la lotería. Esta vez le parecía de fácil deducción que el día 7 era la fecha mensual de su buena suerte. Estaba claro que pretendía recordar sólo detalles gratos que le pudieron suceder en esa data, porque no pudo acordarse de que también fue el séptimo día del mes cuando le robaron en su casa o cuando le empezó a entrar el dolor de apendicitis. Por algo dicen que nuestra inteligente cabeza sólo intenta rememorar las cosas que pueden darnos algún tipo de placer y borrar de un plumazo aquellas que nos son extremadamente desagradables.

Aquella mañana Carlos se despertó con horribles golpes en su portón que venían a avisarle de que su amigo Luis había sido encontrado muerto en el garaje de su casa.

Tras cerrar la puerta, le vino a la cabeza aquella terrible conclusión, ciertamente a Luichi lo protegía desde su niñez aquella estampita de su comunión que guardaba celosamente en su cartera y que le destrozaron el pasado viernes cuando lo tiraron en la fiesta de Juanma a la piscina. Ya él le había contado que fue eso lo que le salvó la vida cuando se cayó de la moto en aquella curva o cuando tuvo que ingresar aquella noche con una gravísima intoxicación etílica. Sin intentar pensar tan razonadamente en ello, Carlos intuyó que también él se tendría que buscar un objeto, mucho mejor metálico y duro para evitar su fácil destrucción, que lo protegiera de tantos males como nos acechan en la vida.

Juana se disponía a empezar a leer esa apasionante novela que le tenía comido los sesos, pero al sentarse en el sillón ante su libro, hoy que era viernes y saldría de copas, empezaba su acostumbrado ritual abriendo la obra por una página al azar y señalando con el dedo una línea cualquiera en la que debía haber una palabra bonita que le anunciara un estupendo fin de semana o una palabra horrenda que le presagiara una aburrida y fastidiosa salida. El furor salía por los ojos de Juani los escasos días en que ocurría esta segunda alternativa, porque habitualmente trataba de revestir con amabilidades los términos que para ningún mortal podían presentar el más mínimo asomo de dulzura.

Concha pensaba que era una tontería que el color amarillo trajera mala suerte en el escenario porque, aun siendo niña, no conociendo esa superstición, realizó sus primeras actuaciones con un precioso traje de princesa amarillo. Aunque no era ése su cuidado, cuando llegaba la hora de salir a las tablas tenía que dar tres saltitos a pie cojito para que resultara una magnífica actuación. Al acabar el día, sentada en la cabecera de su cama y reflexionando sobre la función que habla tenido lugar, Concha consideraba que no podía existir relación alguna entre los tres brincos que daba al empezar el espectáculo y el éxito que podían esperar de él, y además pensaba en lo que haría cuando tuviera unos añitos más y los dolores reumatoides, que ya comenzaba a padecer, le impidieran dar los tres botes de rigor. Luego meditaba sobre la idiotez de ese tipo de actuaciones a las que los humanos nos atamos en la monótona y aburrida vida que nos construimos. Lo cierto es que hasta había que tener valor para abandonarlas, aunque pensáramos una y otra vez que carecían del más mínimo sentido. Debe tratarse de falta de cosas útiles en que pensar y demasiados miedos y zozobras los que llevamos a cuesta en esta vida.

Con pensamientos tan agudos y acertados, Concha se marchaba a la cama a dormir y apagaba la luz que estaba en el lado derecho de la cama con su mano izquierda, por supuesto, porque ése era el último ceremonial del día que le permitirla tener un apacible y reposado sueño.







 

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