Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

"El malestar de la cultura" es el título de uno de los libros de Sigmund Freud, fundador de la corriente psicoanalítica de la psicología. En él se quejaba este hombre de que la civilización se empeña en amargar a los individuos, domesticando nuestros naturales impulsos y apetitos, imponiéndonos normas, valores, vergüenzas y estrecheces. La cultura entera, el fruto del trabajo del hombre y de la evolución de las sociedades hasta el presente, consistiría en una enorme máquina opresora de nuestra verdadera esencia, la cual, según este señor vienés, estaría alimentada en sus cimientos por dos instintos básicos y algo salvajes que él llamó “eros” (instinto de vida, que busca la autoconservación y el placer) y “tánatos” (instinto de muerte, responsable de todas las formas de agresividad). 

Desde la prohibición del incesto, que es universal a todas las culturas humanas, hasta los códigos morales y el derecho, que cada cultura se monta a su modo, todo nuestro universo de normas vendría a contradecir ese impulso natural de las personas a dejarse llevar por los apetitos del corazón, del estómago y del bajo vientre. Y según Freud, el colmo de la negación de lo que somos lo constituye la cultura judía y sus derivados, con su empeño de amar, de perdonar, de sacrificarse, de tener fe... ¿Cómo puede el hombre negarse hasta este punto? (Apliquen estos verbos a los etarras y captarán la idea enseguida). La conclusión es que todos estamos un poco desquiciados y que, además, poco puede hacerse para evitarlo.

Una idea semejante la sostiene el señor Daniel Goleman en su best-seller Inteligencia emocional, donde afirma que tenemos dos mentes, la racional y la emocional. Son dos esencias que muchas veces funcionan perfectamente coordinadas pero que son relativamente independientes y hasta disponen de circuitos mentales distintos. Con la razón somos capaces de ver con claridad, de pensar, evaluar, decidir... Con las emociones nos disponernos a actuar sin tantos remilgos, de inmediato, automáticamente, por puro instinto pleistocénico (cuando habitábamos en cavernas). Por ejemplo, si algo del mundo te hace sentir peligro, si se te mete el miedo en el cuerpo, ya sabes lo que pasa: la sangre huye de la cara en dirección a las extremidades, suben los latidos y hormonas de energía tales como la adrenalina inundan tu cuerpo, aunque por un instante sientes que eres incapaz de dar un paso, fruto de una extraña parálisis que, siendo de una fragilidad infinita, puede tornarse en instantánea reacción de huida o defensa en cualquier momento. El resultado es eficaz: la parálisis te da ese mínimo lapso de tiempo necesario para evaluar la mejor reacción ante el peligro, o bien esconderte o bien salir por patas o bien realizar una acción violenta y enérgica que destruya el peligro o lo haga retroceder. De forma automática te has preparado para afrontar la situación, pues la sangre en las piernas y las manos (en vez de en tu cara y tu cerebro), el corazón latiendo y las hormonas pinchando te dan un ímpetu tal que, si decides salir por patas, descubres que te han salido alas en los pies; y si decides atacar, encuentras que tus manos son fuertes, que están preparadas para golpear o quizás para empuñar un arma y usarla con contundencia; y si decides esconderte, resulta que ya te has escondido antes de decidirte a ello. Por supuesto que todo este tiempo, sea cual sea la reacción que hayas tenido, tus cejas estarán arqueadas, pues así se amplía el campo perceptivo y entra más luz en tus retinas, resultando una percepción más precisa y atenta de lo que ocurre a tu alrededor. Y todo esto pasa sin darte cuenta cada vez que el miedo secuestra tu razón.

Otros secuestros se producen de otros modos con otras emociones. El amor, la felicidad, la tristeza, la sorpresa, el desagrado... son también capaces de predisponerte a la acción mucho antes y con más eficacia de lo que lo haría tu cabeza, esa que te hace racional y, según los filósofos clásicos, humano. En esto, como en muchas otras cosas, quizá se equivocaron estos hombres preclaros. En esto, como en muchas otras cosas, quizá haya que concederles a las mujeres el mérito de tener sentido común. Qué si no es el manido “sexto sentido” de que hace gala el bello sexo? Acaso no se trata de esa pura intuición del instinto, ese automatismo conquistado tras milenios de evolución que nos permite la inmediata captación de lo que sucede y la puesta en escena de una respuesta eficaz? No era esta capacidad de las mujeres la que tanto criticaron los hombres clásicos, esos que se autodefinen como racionales y que eran tan machistas?

Sin embargo, quizás me equivoco en mi juicio. En efecto, lo que se gana en automatismo se pierde en autocontrol y, por tanto, en libertad. Ser libre frente a los instintos es lo que permite al ser humano realizar hazañas tales como dominar su miedo frente a un toro o un precipicio o un incendio, dominar su sexualidad y hacer el amor en vez de limitarse a copular, dominar el desagrado y cuidar de los enfermos o hacer operaciones quirúrgicas, dominar la flojera y ponerse a trabajar, a estudiar o a hacer deporte, y así, una tras otra, dominar las emociones y no caer en sus impulsos.

Difícil tema el de hoy. Me temo que nuestra cultura ha identificado el pecado y la caída original del hombre con su bagaje de instintos heredados de la evolución de nuestra especie. Pero esos instintos son eficaces, inocentes y nuestros, como defendiera el señor Nietzsche. También me temo que para ser hombres hay que dominar lo que sentimos, a saber, el miedo, el amor, la ira, la sorpresa, la duda, la certeza, la tristeza, la desesperación, el asco, la vergüenza, la adoración, el capricho, el éxtasis, la manía, el resentimiento, la culpa, la indolencia... Es difícil precisar hasta qué punto debemos dejarnos llevar y en qué medida hace falta controlar las pasiones. Ambas mentes, la razón y la emoción, deben ser nuestras, pero ambas mentes funcionan por separado y luchan incansablemente por el dominio de nuestro rumbo. ¿Cómo saber qué hacer? ¿Vida o razón? Y no me vale el amigo Ortega y Gasset con su concepto de “razón vital”, pues él entiende que la razón debe ser la que marque el rumbo de nuestra vida, y yo, como se ve, no estoy tan seguro. Después de todo, cuando me disponga a tener un hijo, no será porque mi razón lo estime conveniente, sino por ese impulso, evidentemente “controlable”, que nos lleva a formar una familia o a tirarnos en el sofá cuando teníamos que estar limpiando la cocina.

Pienso en el señor San Agustín cuando dijo que el hombre dispone de razón para clarificar la fe y de fe para guiar la razón. Me viene este pensamiento a la cabeza porque, manipulando su pensamiento, podríamos obtener que las emociones guían a la razón y que la racionalidad debe clarificar y poner en su sitio a las emociones. Se me ocurre incluso que la razón podría ser una facultad de horizontes, algo así como la capacidad de otear y proyectar más allá de lo que las emociones dictan aquí y ahora; paralelamente, el presente necesita guías concretas que la razón no puede proporcionar, de lenta, cuidadosa y pejiguera que puede llegar a ser (en efecto, no hay nada más pesado que una persona absolutamente racional). Puede ser.

O quizás no. Porque este planteamiento adolece de lo que el planteamiento de San Agustín: lo mismo que en su filosofía hay una clara subordinación final de la razón a la fe (pues la segunda es infalible y sirve de criterio de la primera), así también la “razón de horizontes” acaba subordinada al presente, que es quien produce, dirige o anula los proyectos racionales, ¿o acaso usted no ha proyectado sobre su vida en vano? ¿En serio que le ha salido todo lo que esperaba?

Al final sólo me queda añadir una cosa: que el tema de hoy es difícil, así que usted verá lo que piensa; yo, por mi parte, debo concluir con un rotundo “y yo qué sé.”





 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep