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Llena de rubor, no me quedó más remedio que confesar mi «delito». El Sr. Adrián no dijo una sola palabra, pero al cabo de unos días, Paulina me contó que había aclarado lo sucedido, por lo que la multa recaería sobre mí. También me enteré que el «agraciado» de todo aquel berenjenal hacía sido el «tío» Ambrosio, precisamente el más cascarrabias del lugar. ¡Lo que tendría que sufrir el pobre Sr. con el cachondeo de todo el vecindario!

En los pueblos todo se comenta y las noticias corren como la pólvora. Lo mío no iba a ser una excepción, así que durante algún tiempo fue motivo de darle a la «mojarra», con el consabido pitorreo. Las caras de la gente me lo decían; en todos parecía leer: ¡ahí va la cagona! Aunque también supe que muchos que no le profesaban ninguna simpatía al «cascarrabias» se habían alegrado. De todas formas, material y moralmente, me consideraba culpable.

Una tarde, entre dos luces, cuando regresaba de una gratísima reunión, advertí que me seguían. A pocos metros pude ver a mi perseguidor. Se trataba del único agente de la autoridad que existía en el pueblo. Mi corazón aceleró sus latidos, al igual que mis pies, ya que en breves segundos me distanciaron notablemente de mi acosador. Mas éste pareció darse cuenta de mi huida y aumentó su marcha hasta lograr darme caza. De pronto, oigo su voz mal timbrada y jadeante casi en mi oído. -Vaya manera que tiene usted de correr. -Es que llevo mucha prisa porque se me ha hecho algo tarde -me disculpé. Y mirándole por fin a la cara, le pregunté: -¿Deseaba usted decirme algo? -Precisamente es lo que pretendo desde que la he visto. -Pues bien, suelte lo que sea.

Se lo tomó con calma y esperó unos segundos antes de comenzar. Su voz me volvió a la realidad: -Srta. Mari Carmen, me han encomendado una misión motivada por un lamentable suceso. Se toma un descanso que a mí se me hizo interminable. Sin dejar de mirarme descaradamente continuó: -A lo mejor ya ha oído Ud. algún rumor sobre lo que voy a decirle... -¿Sobre qué? -le pregunto con cierto resquemor.

Después de una prolongada pausa, saca un cigarro y lo enciende con toda parsimonia. Yo estaba a punto de reventar, pero logré dominarme. Echa la primera bocanada de humo y, al fin, prosigue: -Resulta, que a mi vecino Curro, «el de la Pepa», le ha matado el tren dos terneras y me ha dado el encargo que corra la noticia por el pueblo, por si alguien está interesado en comprar carne barata. Así que si es Ud. tan amable de decírselo a la Sra. Paulina y vecinas, me ahorraría el ir hasta allí, porque tengo una «atrosi» en las rodillas que «pa qué» contarle. Repuesta de la sorpresa, le pregunto: -¿Cómo no le han encomendado esa misión al pregonero? -Porque está enfermo con «falangiti» y no se lo entiende «na» de lo que habla. -Pues no se preocupe Sr. Matías, que difundiré la noticia por todo el contorno. Sin salir de mi estupor, le di apresuradamente las gracias y me marché más contenta que unas pascuas...

Nada más llegar, puse al corriente a Paulina de lo sucedido, confesándole también los momentos de suspense vividos en el angustioso «maratón». -En mi vida he pasado más vergüenza -le comento. Ante la risa de ella, y un poco «mosca», le pregunto: -¿No me dijo Ud. que me iban a multar por lo de la «caca»? -Se lo dije sólo para asustarla; en realidad, yo sabía que no le dirían nada. -Querrá creer que con todo el entripado que he tenido desde el día de «autos», se me ha regulado esta función y la satisfago en la hora deseada, y, lo que es mejor, que he perdido el miedo a entrar en el obscuro retretito que en maldita hora tuvieron ustedes la ocurrencia de poner en tan apartado lugar -algo muy normal en aquellos tiempos en muchos pueblos de España.

Plenamente contenta ante tan feliz epílogo, propuse a Paulina ir a comprar esa exquisita carne a precio de ganga.

La carne allí era deliciosa, y mucho más si salía tan baratita. Por lo que compramos una buena cantidad, ya que las temperaturas eran tan bajas que no había peligro de que se echase a perder, porque entonces no existía ni siquiera nevera. Recuerdo que al despedirme del carnicero -conocido por el «tío» Curro-, le dije con el natural desenfado: -¡A ver si antes de que terminemos de comernos estos filetes, le atropella el tren unas cuantas más! La cara que puso Curro no era de muy buen amigo, y sus palabras, mejor no repetirlas... Nosotras, muertas de risa, nos marchamos pensando en el suculento banquete que nos íbamos a dar. Y con el fabuloso almuerzo, remojado con exquisito vino de la tierra, celebramos el feliz resultado de mi «cagona» historia.

Me marché en primavera, cuando la sierra era toda una eclosión de nueva vida.

Había dentro de mí una mezcolanza de alegría y tristeza. Alegría por mi retorno, y pena, porque ya amaba aquel pueblecito de leyenda y a sus maravillosas y hospitalarias gentes. Pero, en fin, un día u otro tenía que suceder.

Fui hacia lo desconocido y regresaba con recuerdos entrañables, algunos kilos de más -que me favorecían-, la mente lúcida, el alma más serena y gozosamente preñada...

No seáis mal pensados; preñada, pero sólo del saludable aire de la sierra.






 

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