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LA VOZ DE UN JUGLAR CULTO

«En suma te lo digo, tómalo tu mejor:
el dinero, del mundo es gran revolvedor,
señor face del siervo e del siervo señor.»
Juan Ruiz, Arcipreste de Hita


ArciprestedeHita

El siglo XIV se inicia poéticamente con un hombre que encarna como nadie lo que, simplificando, se ha dado en llamar caracteres de la literatura española: Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, personaje vitalista, socarrón, satírico, deslenguado, anárquico y rebelde frente al poder de su casta religiosa; ardoroso en sus pasiones, que rasga la vestidura talar para gozar de la vida y luego la recompone para arrepentirse, escribe sobre la propia piel de su vida los grandes versos del medievo español.

El más notable de los poetas castellanos de entonces, uno de los más curiosos e interesantes escritores medievales, el que se llamaba a sí propio juglar, el que se jactaba de saber «los instrumentos e toda juglerías», de que «fiz muchas cántigas de dança para judías e moras» y de que escribió cantares «de los que dicen los ciegos, e para otros muchos por puertas andariegos» pero que, al fin y al cabo, es famoso entre nosotros por una sola obra o poema, el Libro de Buen Amor, escrito en la cárcel, aunque no siempre se recuerda que en los manuscritos la obra aparece innominada.

Las escasas noticias que de su autor conocemos han sido deducidas de su libro. Hombre alegre, más preocupado por la buena vida que por el cumplimiento de sus misiones religiosas, nació -al parecer- en Alcalá de Henares hacia el 1283, ordenándose como clérigo y estudiando en Toledo. Ejerció el arciprestazgo en Hita, y sufrió cárcel en Toledo en 1343 por orden del arzobispo don Gil de Albornoz por razones desconocidas. Su muerte debió ocurrir hacia 1350, fecha en la que desempeña el arciprestazgo un tal Pedro Fernández.

El carácter dual de Juan Ruiz es quizá su faceta más interesante y la que ha provocado mayores controversias entre quienes pretendían encajonarlo en las casillas estrechas de la juglaría o de la clerecía. Porque Juan Ruiz pertenece a ambas, es un clérigo ajuglarado, un juglar culto, un hombre fronterizo que vive en dos dimensiones, humana la una, religiosa la otra. Moralista severo y clérigo tabernario que ama a la Virgen y a las doncellas que topa en su camino, repara a veces en el olvido en que tiene su ministerio: y le creemos tan sincero cuando se arrepiente de sus propios hechos como cuando satiriza la simonía eclesiástica, a los prelados y a la curia, cuando parodia las oraciones, cuando arremete contra la propiedad del dinero.

El título Libro de Buen Amor ha sido aceptado a propuesta de Menéndez Pidal, aunque al principio solía denominarse Libro de los cantares, con lo que se aludía a la concepción general de la obra: en efecto, las 1.708 estrofas que nos han transmitido los tres códices encontrados gozan de un carácter juglaresco evidente, según el cual los diversos poemas se van hilvanando unos a otros, como un repertorio apto para la recitación y para caminar troceado en las bolsas de los juglares. A lo largo de la obra el Arcipreste pone en boca de diversos personajes treinta y dos cuentos, de origen francés los más. Además de esta influencia francesa, también patente en la batalla entre don Carnal y doña Cuaresma, afloran reminiscencias árabes. Por el lado clásico, existen huellas de Ovidio y su Ars amandi, los dísticos de pseudo-Catón, las citas de la Política aristotélica, así como los conocimientos de que alardea el Arcipreste sobre filosofía escolástica y el derecho canónico. Utiliza toda suerte de estrofas, de dos hasta de diez versos, con diferentes combinaciones rítmicas. Si la cuaderna vía priva en el conjunto, utiliza en cambio zéjeles para los pasajes líricos.

Aquel arcipreste cetrino, de gruesos labios rojos y ojillos apicarados, aquel gran doñeador que andaba por el mundo buscando ayuntamiento con fembra placentera, que nos dejó en su Libro de Buen Amor, en una enorme carcajada, la más valiente sátira del siglo XIV, ¿qué intención tuvo al componer la obra genial, cumbre de la literatura española de la Edad Media?

¡Qué libro este de Buen Amor! Nunca en las letras de España ha habido un humor tan fino, tan deslizante, tan escurridizo como el de este clérigo de una época, ruda si la comparamos con las maravillas y delicadezas de ahora. En libros de esta naturaleza no nos puede extrañar el despiste de los lectores. Puymaigre vio en el Arcipreste de Hita (según cita de Menéndez Pelayo), «un precursor de Rabelais, un libre pensador en embrión, un enemigo solapado de la Iglesia». De aquí a la inocente opinión de Amador de los Ríos y Cejador, que le tienen por un varón de austeras costumbres y honda intención moral dentro de una estricta ortodoxia, ya hay distancia. Pues póngase aun en medio el juicio de Menéndez Pelayo, según el gran crítico, Juan Ruiz había sido un «clérigo libertino y tabernario» y su libro, ante todo y sobre todo, una gran carcajada.
Probablemente todos ellos tienen algo de verdad. Que el arcipreste amaba con frenesí la vida, que le gustaban las buenas mozas y la buena mesa, y aun todo lo que tiene volumen, olor y color, todo lo que se puede oler y palpar o morder, es indudable.

¡Precisamente por esto salió tan hiriente, tan desaforado realista! Que hay una intención moral en el libro tampoco se puede dudar: todo gran satírico es un gran moralizante. Pero su moral no es una moral al uso, para que sesteen los favorecidos por la fortuna, los usurpadores del poder. Su libro es un grito de rebeldía contra aquella sociedad, contra el orden social de aquella época. Y en las cárceles arzobispales de Toledo, el buen Juan Ruiz, que tanto amaba la libertad, el aire libre, el sol, las duras serranías carpetovetónicas, se cargó de razón, y de amor y de odio a la par, y escribió su libro turbio, jocundo y amargo.

Y tenía que ser así, porque Juan Ruiz era, entrañablemente, pueblo, hasta tal punto que entre los muchos valores de su libro, ninguno más evidente que el de ser un genial estallido de expresión hispánica.

El entrega su obra al pueblo, invitándole a ser su colaborador:

«Cualquier ome que l’oya, si bien trovar sopiere, / puede más añedir e enmendar si quisiere. / Ande de mano en mano, cualquier que lo pediere. / Como pella las dueñas, tómelo quien podiere».






 

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