Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Y cuando le dije a la señora que ya me abría de piernas para su señor marido y que con el señor ya daba por cumplida mi misión en aquella casa, y que hacer lo mismo con su idolatrado hijo, el Neme, ya colmaba cualquier paciencia. La señora -que hasta aquel momento había tomado en tranquilidad absoluta la infidelidad de su señor esposo- abrió los ojos como unas margaritas cuando le insinué lo de su hijo. Se puso lívida, tartamudeó y casi sin voz dijo que yo era una deprimida y una descontrolada y un poco putona, pues si mi relación con su estimado esposo no la cogía de sorpresa ni la llenaba de espanto, lo de su hijo Neme sí destruía sus neuronas. Que qué me había creído -comentó la desnaturalizada-, y que aquello que le contaba era pura patraña, invento de mi lengua analfabeta. Y hubiese roto a llorar, ¿vale?, si no le hubiese besado las mejillas. ¡En mi pobreza, era una señora yo! ¡En mi desvergüenza, era una estrecha yo! Y mi voz sobresalía sobre sus tartamudeos y dejé de escuchar sus mamarrachadas para imponer mi decisión. ¡Que se busque otra con mejores predisposiciones, porque la hija de su madre ya lo entregaba todo, sin más, ¿vale?, a su marido besucón para que proveyera de placeres al niño Neme de su corazón. Y la señora dijo que no, que todo lo comprendía y perdonaba, aunque, si ya satisfacía a su marido por dinero, también se podría tratar para lo del hijo. Para darle salida al amor del chiquillo, dijo la desventurada. Neme era tan crío todavía, tan ignorante de cuerpos femeninos, pues Neme sólo tenía trece años, el pobre zagal, y no había gustado nada todavía. Y por eso, si yo me aviniera... Y yo le dije que nanai, que la hija de su madre antes de pasar por más sábanas se largaba como las de Villadiego, y que allá se las compusiera todo sola. Y como la señora vio que iba en serio, entristeció de súbito y dijo que no, que yo no podía dejarla así como huérfana, y que yo era, a fin de cuentas, quien mantenía la unidad familiar. Y lo dijo con tanta vehemencia que me sentí un poco culpable por darle tan triste noticia. Y me dije que yo no era nadie para romper la unidad familiar, y si a la señora no le importaba lo de su marido, ocuparme del pequeño sería sólo un nuevo estorbo, ya que no satisfacción, y por lo que llevaba sirviendo en aquella cosa donde había aquellos tíos tan avispados, y por la experiencia de otras casas donde también los había, siempre acechando lo mismo, pues que a lo mejor me lo repensaba y de lo dicho no hay ná. Y me pensé que si salía de aquella casa iba a dar con otra de parecidos moscones, y nada iba a ganar con el cambio, y por eso mejor quedarme allí donde ya conocía a la mitad de los hombres y sabía ya de sus olores y sus sudores para salir a otra para conocer nuevos rumbos.

Y, bien, dije a la señora, ¿vale, no? Y quedamos en eso, en que lo de su marido, si a ella tanto le daba, pues a mi ni fu ni fa, que lo iría conservando, pero que el Neme se lo buscase por otro camino, que ya estaba cansada de tanto ser utilizada, y que si quería que el Neme me mostrase sus habilidades, deberíamos tratar de precio. Ella dijo que bien, que tendría una recompensa, como si decir recompensa fuese menos humillante. Y lo tratamos bien en serio, pues entre mujeres raramente se dejan los cosas sin solucionar. Y hablamos para poner un precio razonable a mis atenciones sexuales para su idolatrado hijito del alma, y me hizo sentirme señora, tanto como mi señora, pues el precio me pareció razonable.

Y así fue lo del Neme, que se fue consolidando con el tiempo, y como la señora estaba muy agradecida a mis favores, pues lo agradecía con sobres repletos de dinero, y con él iba comprando, ahora un terrenito, ahora unas gallinitas, ahora unos cerdos de aquellos de piel morena, que son los más gustosos. Y con lo que recibía del señor me compré una casita y un huerto donde plantar habas y cebollas. Y con el tiempo llegué a comprar otro casita. Y podía sentirme conformada con esto, pero lo que más me satisfacía era saberme el puntal de aquella unidad familiar.





 

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