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Ese inmaduro biológico que es el niño tiene dos épocas en su larga vida de desarrollo desde recién nacido hasta que, pasando por niño, púber y adolescente, llega a adulto, al, por fin, homo sapiens con todos los adelantos de madurez involutiva que conlleva el llegar a ser el rey de la creación. Hasta ese final victorioso que refleja plenamente al ser creado por Dios a semejanza suya, se llega pasando por dos épocas de crisis, dos épocas importantísimas que producen los cambios para pasar de ese recién nacido que se chupa el dedo, que no sabe mascar y que sólo come por succión, al adulto completo y perfecto, de cerebro superior y capacidad física admirable, que ya dispone de una briosa dentadura que le permite gustar de los más exquisitos y maravillosos manjares.

Poetas como Martínez Keisser, como temerosos de estos cambios, parecen querer detener el curso del tiempo cuando nos decía aquellos preciosos versos que retenemos en la memoria porque merecen la pena no olvidarlos para procurarnos de cuando en cuando un rato de felicidad:

Muñequita,
consérvate chiquitita,
no quiero verte crecer,
me da pena, Margarita,
de que te vuelvas mujer.
¡Estas así tan bonita!
Así te quiere mi amor,
chiquitita y no mayor,
me gusta más el capullo
que la flor.

También la sensibilidad de un gran cantante, nuestro universal Julio Iglesias, supo atender este mismo motivo espiritual cuando lanzó al aire canción tan tierna y profunda como aquella que añoraba la juventud de su hija Chaveli cuando le cantaba lo de «De niña a mujer».

Y es que esta época de la adolescencia, que pasa, que se va dejando atrás la tierna maravilla de la infancia entera, es tan importante, tan trascendental, veraz y capital, que no debe sorprendernos que Luis Vives llegue a afirmar, con justeza, lo de que «TODO EL RESTO DE LA VIDA CUELGA DE LA CRIANZA Y DE LA MOCEDAD». Estas palabras, respetablemente textuales, las repetimos pensando en la gran verdad de que están llenas.

El niño empieza a sentir en su cuerpo cómo se va haciendo hombre: la piel de la cara empieza a picar y a tener irritabilidad, la prominencia que forma la laringe en la parte anterior del cuello, la llamada «nuez, bocado o manzana de Adán», se endurece y agranda, la voz se agrava y pierde regularidad, largando atiplados «gallos» guasones y agudos que mueven a la risa. Tanto las axilas como el pubis se pueblan de bello, pelusa primero, suave y extraña.

Se hace la niña mujer sintiendo cómo se endurecen sus pechos y crecen como flores suaves y dolorosas, crecimiento que hace que aparezca un cierto pudor y que motiva el que muchas niñas echen los hombros hacia adelante y hundan su pecho queriendo disimular lo que la naturaleza les otorga -quizás con gran sorpresa por su parte-. Sus caderas se ensanchan haciéndose ánforas, formando parte del sublime y maternal recipiente donde tendrá que tener cabida el hijo. Algo natural y necesario para que, luego, ese fruto de sus entrañas pueda ver la luz en el momento del parto (parir, hacerse par), culminando así la excelsitud de la procreación, la sublime obra de la naturaleza en su afán de conservación de la especie y de la vida.

Cuando llega la pubertad, es curioso, se reproduce ese pudor que tenía el niño (mucho mayor y antes que la niña) cuando pasó por la edad de los siete años. Es como un pudor repetido y trasladado a estas edades nuevas y definitivas, es un pudor hermoso y profundo, pero desagradable y doloroso que deberemos respetar para que el dolor sea mínimo y la preocupación pueda pasar desapercibida, que es lo perfecto. Estas edades estarán, por esto, llenas de una terrible, angustiosa y hasta dolorosa curiosidad sexual; queremos que nos aclaren todo lo que pasa, por qué pasa, a qué se debe y qué consecuencias puede tener. Lo peor es que las consecuencias pueden ser trascendentales en la vida del ser humano dentro de esa fase evolutiva, impaciente y nerviosa, que lo quiere saber todo. Lo peor es que si ese «todo» no se lo damos a conocer y se lo resolvemos, con la debida prudencia y la suficiente claridad, lo van ha hacer los «listillos» de turno, generalmente, chavales con una educación sexual falsa, torcida y hasta nefasta, que puede enseñar conceptos absurdos y peligrosos y que pueden perjudicar la evolución normal de cualquier adolescente y llevarlo hasta el homosexualismo. Todo lo contrario de un sexo bien dirigido son las derrotistas conversaciones de los amiguetes no instruidos, los cuchicheos nefastos, llenos de errores y provenientes de una imaginación trastornada, muchas veces, hasta sucias y guarras, que desembocan en clases sexuales absurdas y asquerosas que sólo a perturbaciones conducen. Es preciso echar para adelante, cuadrar bien al toro, cogerlo por los cuernos con el mejor afán, hacerle frente sensatamente, enderezar sus torcimientos, ponerlo en forma, llevarlo hasta el capote de la verdad limpia y santa que existe, y que es la que debemos poner en primer término con nuestros hijos, como algo importantísimo, para que no se tuerzan jamás, para que tengan ante sí un camino que siempre le lleven hasta la auténtica verdad.

Y es el amor universal nuestro, nuestro amor de padres, el que debe hacer frente, de manera positiva y eficaz, a ese desamor que para nuestros hijos puede ser la información nefasta de unos amiguetes inmaduros ignorantes, morbosos y desacertados, con consejos y descripciones sucias y mal entendidas y que tanto daño pueden hacerles. No podemos ni debemos dejarlos de la mano, sino apretar las suyas con las nuestras con el afán firme de conseguirles la verdad, de evitarles el daño que unos desinformados y poco escrupulosos arrapiezos pueden hacerles en su vida adolescente.





 

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