Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Hago acopio de valentía y, a pesar de los prejuicios que quieren silenciarme, declaro públicamente que estoy viviendo un amor por Internet, un amor en la distancia. Soy consciente de que para llegar a ello he obviado los patrones vigentes para la lógica, la razón, el sentido común y el humano temor a lo desconocido. (Soy consciente de todo eso).

Estoy amando en la distancia y a partir de la distancia. Quienes se aman en la distancia (y no a partir de ella) lo hacen partiendo de unos recuerdos, de una realidad que se alimenta en algún lugar de la memoria; gestos prendidos en la retina, texturas adheridas en el tacto, sensaciones experimentadas en presencia física del otro. Amar en la distancia casi siempre ha sido así, siempre una segunda parte de algo. Bien es verdad que antiguamente había algunas extrañas excepciones, como esas historias que cuentan las abuelas de aquellos dos que se escribieron durante años sin haberse visto nunca. Era el “amor por carta” que a veces surgía entre un hombre y una mujer a quienes un familiar o un amigo común ponían en contacto. Pero aquellas relaciones tenían eso, la garantía y la referencia de alguien cercano; se sabía que el otro era efectivamente libre, que tenía la edad que decía y que ejercía la profesión que se adjudicaba. Aparte de eso, la relación se establecía por correo postal. La carta tiene la marca inconfundible de la mano que la pliega y la guarda en un sobre; tiene el trazo físico y único de la grafía personal de quien la escribió. Hasta puede contener (porque todo enamorado corre el peligro de ser cursi) el aroma de un perfume que puede transportarnos a la piel que normalmente lo usa, y sorprender al olfato acortando la distancia y soñando en el abrazo. También las cartas tienen el obstáculo del tiempo.

Cuando uno las lee han pasado días desde que el otro se sintió de aquella manera que expresó.

En el amor por chat es distinto. El otro puede ser un presidiario, un anciano soñador, hábil en nuevas tecnologías, o un casado aburrido de la mujer y del alboroto de sus cuatro hijos… Hasta el otro podría ser la otra: una lesbiana frustrada que sólo se atreve a acceder a otra mujer ocultando su identidad detrás del ordenador, o viceversa. Hay muchos casos de estos. Muchos hay que ya han sufrido desengaños, que un día se han sentido utilizados por alguien que, noche tras noche, había jugado en Internet con sus sentimientos. Esto seguirá ocurriendo, inevitablemente. No se puede bloquear la entrada de la mentira en nuestro sistema informático. No existe ningún “anti-virus” para ello. Pero si hablamos de falsedad no estamos hablando de Internet; entonces estamos hablando de calidad humana, de lo que uno puede permitirse confiar en alguien que no ve. Internet -en este caso- no tiene más peligro que el de ser un medio ideal para quien quiera ocultarse y ejercer de falso y mezquino. Internet no hace a las personas; sólo es una herramienta que puede aplicarse de muchas maneras.

Pero, volviendo a mi declaración del principio, y teniendo en cuenta que sé que no soy la única que vive o ha vivido un amor por Internet, me pregunto: ¿Por qué? ¿Qué extraño fenómeno es este de finales del siglo XX? ¿Es la soledad y la necesidad de amor en esta época tan grande que puede vestir los “bytes” de sentimientos y hacernos palpitar ante una línea que aparece en la pantalla del ordenador? Quizás sea que el amor, sentimiento que siempre ha movido el mundo, también puede ahora viajar a través de un modem, montado en el corcel de la tarifa plana. A fin de cuentas el amor siempre ha sido una emoción misteriosa que irrumpe en nuestra vida cotidiana de la forma más inesperada.

A veces me planteo que es posible que el amor esté siempre ahí, al acecho, dentro de nosotros, y que le resulte fácil asomar la nariz cuando estamos solos ante nuestro ordenador, bajo los sortilegios de la noche, y el embrujo de sentir que hay alguien especial al otro lado, en alguna parte del planeta, que en ese mismo instante percibe lo más íntimo de nosotros y que nos transmite algo que quizás hace tiempo que queríamos encontrar.

Al principio vemos aparecer un “nick” o apodo. No es alguien que se presente en un bar diciendo que es Andrés Martínez, licenciado en derecho, y nos extienda una tarjeta de visita. En ese caso quizás le miraríamos de reojo y juzgaríamos la forma en que sacó la tarjeta del bolsillo, el reloj que lleva o el color de su camisa. Quizás él también nos encasillaría por la manera en la que nos retiramos el pelo de la cara o por cualquier otro detalle superfluo. En la vida real vamos todos disfrazados de algo. En alguna parte leí que no somos quienes creemos que somos, ni quienes los demás creen que somos: somos quienes creemos que los demás creen que nosotros creemos que somos… Parece un juego de palabras, pero no lo es.

En un chat de Internet, si somos honestos y espontáneos, podemos ser quienes de verdad somos, fuera del rol limitante que nos toca vivir a diario. Creo que el amor se presta a surgir porque en el fondo todos deseamos establecer una verdadera intimidad con alguien y sentir la libertad de expresarnos sin miedo. El ordenador, que es un obstáculo físico, puede relajarnos por eso mismo y facilitar otro tipo de conexiones, más allá de muchos de nuestros prejuicios sociales y culturales.

Yo afirmo que amo en la distancia y desde la distancia de Internet, por muy raro que pueda parecerles a quienes no lo han vivido. Lo llamo amor porque vibro y se me acelera el pulso, porque la pantalla no impide que sienta una mágica presencia cuando los dos nos conectamos a la red, y porque sueño despierta durante el resto del día… ¿Qué es irreal y una fantasía? Todo enamoramiento lo es.

Este amor no es más que uno de los muchos tipo que hay y seguirá habiendo. Esta nueva manifestación ha surgido a finales del siglo XX y nos parece arriesgada y desconocida, pero puede ser tan bella como cualquier otra. Toda experiencia que se vive a partir de un nuevo invento, al principio asusta, y esto ha ocurrido siempre a lo largo de la historia.

Quizás es que a partir de ahora nos toque también aprender a no confinar el amor a unos prejuicios sociales, a una forma de vestir, a unos gestos… Todos ellos datos adquiridos, aprendidos de una sociedad que hasta ahora no nos ha enseñado a ser muy felices, que digamos. Es posible que no nos venga mal empezar a amar lo más profundo del otro desde lo más profundo de nosotros, y luego añadir a la relación lo que al final siempre es superfluo. Porque nunca sabremos si aquel tal Andrés Martínez que se nos aproximó en el bar, y al que dimos calabazas, tenía un corazón de oro y la capacidad de amar que siempre quisimos encontrar en un hombre.

La evolución tecnológica no está yendo paralela a la evolución humana. Eso es realmente lo que nos puede pasar alta factura, aún cuando ya disfrutemos de la tarifa plana y ahorremos en la otra, en la telefónica.

Yo no se qué pasará cuando añadamos la presencia física a esta relación, pero intuyo que no nos decepcionaremos… Porque ya nos queremos, nos queremos en la distancia, gracias y a pesar de Internet. Lo peor que podría pasar es que la relación se quedara tan sólo en una buena y bonita amistad, y ese es siempre un bien valioso y escaso.






 

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