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A pesar de su modestia, todo verdadero poeta tiene su «mundo», su conjunto de percepciones y recursos que hacen de él un comunicador literario. Lo que diferencia a esos comunicadores es un mayor o menor grado de talento. No entraremos en esta disquisición, sino en la relación que hay entre percepción y recurso. ¿No es éste el problema que nos hemos planteado desde el comienzo de esta serie?

La percepción no es un estado de ánimo autoestimulado por el poeta, o bien postizo, digamos vulgarmente, sino que se es poeta o no se es; o sea, se tiene una capacidad de sentir y pensar con unas facultades determinadas o no se tiene. Otra cosa es la madurez humana del poeta. El grado de experiencia diaria es un aderezador que sazona su sensibilidad. En razón de ello tenemos poetas superficiales, poetas con ciertos rasgos de hondura y poetas de tono trágico. Ello no impide que en cualquiera de los géneros lo que el poeta nos comunica tenga un gran interés. Hay poemas épicos magníficos por su construcción y el ambiente social o bélico que nos trasmiten -La Iliada, La Odisea, Mío Cid...- y también pequeños poemas como las Rimas becquerianas y los haikus japoneses en los que se nos expresa un halo de subjetividad explícita o velada, según la intención del poeta y su habilidad en los artificios, pues una sencilla descripción puede estar impregnada de una fuerte sugerencia íntima. Más difícil lo tiene, a mi perecer, el poeta que pone en escena a unos personajes dotados de peculiaridades psicológicas.

Hemos de concluir este apartado recordándole al lector la importancia que tiene la calidad humana del poeta; ahora bien, lo que es indispensable para el narrador y el filósofo, o sea, la densidad de los contenidos experienciales, para el poeta es nada más que una condición favorecedora de su riqueza interior, ya que el poeta es, antes que una captación meramente realista de la vida, un ser transido de intuiciones. Con esto no apelo a un trasnochado concepto de genialidad innata, sino a una capacidad para mí todavía inexplicable, sin que con esta afirmación sugiera yo una instancia platónica ni mucho menos. Me quedo, por tanto, en esa idea como de magma de vivencias, reales unas e imaginadas las otras, con la que el poeta registra en su noúmeno, como diría Kant, el flujo de fenómenos que él orquesta en su cámara oscura por medio de una especie de intelección que necesita urgentemente ser plasmada en el lenguaje. Todo escritor -más aún los escritores y poetas ansiosos de nuevos cuños expresivos- mantiene un continuo idilio con la lengua; pero es ésta la que lo busca como una amante que gusta ser interprete de lo que en sus palabras ya es para ella joya con la que se atavía.

La obsesión por los artificios ea hoy más evidente. Cualquier poeta medianamente dotado (a) busca y hurga en su cantera íntima filones de originalidad. No acepta, o lo acepta en parte, el lenguaje literario heredado. Sin embargo, muchos de estos aspirantes no van más allá de lo sorprendente con no poco riesgo de extravagancia. Como en los años de la fiebre vanguardista hay todavía poetas y narradores que esperan una especie de iluminación estilística. La poesía clásica se sentía muy a gusto encorsetada en sus figuras literarias. La de hoy se desvincula parcialmente de esos protocolos que en manos de los poetas auténticos han sido santo y seña de la mejor literatura. Pero dejemos que cada cual experimente sus intuiciones acertada o erróneamente. En el próximo artículo haremos una conclusión de lo que hemos venido tratando, pero, eso sí, con unas valoraciones, a ser posible, concluyentes.






 

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