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La rendición de Bailén. José Casado del Alisal. Casón del Buen Retiro.

La rendición de Bailén.
José Casado del Alisal.
Casón del Buen Retiro. Madrid


Castillo de San Sebastián. Cádiz.
 

Fernando VIIEl eco de las victorias españolas sobre los franceses fueron siempre motivo justificadísimo para que los gaditanos las celebrasen con toda suerte de solemnidades, acompañadas de salvas de artillería y repique de campanas, lo que indudablemente daba confianza a una población que no minimizaba, desde luego, a las fuerzas ocupantes de la península. Hacia él mes de agosto de 1809, llegó a Cádiz el embajador extraordinario de la Corte británica, el marqués de Wellesley, hermano del ya famoso lord Wellington, victorioso hacia pocas fechas en los campos de Talavera frente a las tropas mandadas por el mismísimo rey José, lo que le reportaría, como es sabido, el título de vizconde de Wellington de Talavera. Una vez más los balcones gaditanos se cubrirían de sedas y de vecinos que gritan vítores al visitante y saludos a su rey Jorge III. No era para menos contar con la alianza del siempre poderoso enemigo...

Pero la alegría gaditana pronto se vería contrarrestada con la llegada de noticias inquietantes: la Junta Suprema Central que se encuentra en Sevilla huyendo del ejército invasor, incapaz de contenerlo, ha decidido trasladarse a la Isla de León, donde debe reunirse el 1º de febrero de 1810: un triste itinerario hacia el sur por el que iría recibiendo la repulsa del pueblo por su inútil gestión en la defensa de la integridad territorial de la Nación. La Junta llegará a la Isla de León el 27 de enero; ese mismo día, Cádiz promovía, bajo los auspicios del liberal Tomás de Istúriz, una nueva Junta local, que había de disponerse a defender a la ciudad, puesto que la Central se consideraba prácticamente disuelta o, al menos, imposibilitada para desarrollar la más mínima estrategia defensiva ni ofensiva. La primera providencia de la Junta de Cádiz fue disponer que sus miembros, a diferencia de los de la Central, no usasen distintivo alguno de su cargo ni aceptasen honores ni recompensas por los desprendidos servicios que se comprometían a ofrecer a la ciudad y a España. La austeridad se imponía en todo: sólo se necesitaba valor. Lo diría claramente Argüelles un año después en las Cortes: «Los españoles para alzarse contra la usurpación extranjera no se han cuidado de requerir sus títulos, sino sus armas» (11/8/1811). Los gaditanos, por su parte, iban aprendiendo, día a día, que la defensa de sus murallas sólo podía hacerse con dinero, coraje y buenos generales.

La Junta Central, antes de desaparecer, pese a su resistencia, decretó la convocatoria a Cortes, aunque tomando partido por que, siguiendo la tradición, se constituyera por estamentos, lo que llegado el momento no aceptarían los liberales ni la Junta de Cádiz que lograrán que la convocatoria sea unitaria y, en consecuencia, sin distinción de clases. Al propio tiempo, la Junta Central decretaba la formación de un Consejo de Regencia que quedaría instalado en la Isla de León que asumiría la soberanía que ella misma le legaba y que estaría formada por cinco miembros o regentes, elegidos entre personas de reconocido prestigio en la vida nacional.

Mientras, sin solución, la guerra continuaba por tierras españolas y, por supuesto, en las de Andalucía, por donde el ejército invasor bajaba hacia el sur sin apenas resistencia. El duque de Alburquerque, cuyo pequeño ejército operaba en Extremadura, con una visión genial de que debía tomar la delantera a los franceses, acuciado de vicisitudes, sorteando enemigos, más corriendo que al paso, para defender a Cádiz, logró llegar a la ciudad donde, con la Isla de León, estaba la España libre. Allí residía el Gobierno de la Nación; allí estarían las Cortes de la Nación. Alburquerque llegaba el 24 de febrero de 1810 con once mil hombres, deshechos por el cansancio y el hambre para impedir la entrada francesa en la minúscula franja de tierra que se extiende desde el caño de Sancti-Petri al castillo de San Sebastián de la Caleta gaditana. El Jefe de Escuadra D. Francisco Javier Uriarte, héroe sobreviviente de Trafalgar, desmontará el puente Zuazo, «cordón umbilical» que unía a la Isla de León con el resto de España. Sus sillares, numerados uno a uno, volverían a ser puente una vez terminado el asedio. Jamás la Isla de León y Cádiz habían estado más aislados del resto de la nación. El gaditano Vargas Ponce cuenta que cuando el general Castaño, recién elegido regente visitó el puente, encontró que era custodiado por un inválido. Ante el enojo del general, el pobre guardia le contestó: «Sosiéguese V. E.: a nadie dejaré pasar sin pasaporte».

Con Alburquerque, la defensa de Cádiz y de la Isla, su antemural, tomaba carta de naturaleza; Cádiz correspondería con vestuario para los ejércitos, alimentos y dinero, mucho dinero... El 5 de febrero, el mariscal Víctor establecía su cuartel general en el Pto. de Sta. María: el sitio de Cádiz iniciaba sus días, «sin reconocer a otro Rey que al Sr. D. Fernando VII». La causa de José I terminaba a orillas del Guadalete. No hubiera sido mal rey, pero el hecho de su imposición por la fuerza de las armas, lo convertían, a los ojos del pueblo, en un personaje odiado y abyecto, dominado por la ambición de poder y riquezas.

Y el asedio continuaba, con múltiples carencias... Ante la obstinada negativa del obispo de Orense, Presidente de la Regencia a vender plata de los templos, fue necesario pedir al Gobierno británico veinte millones de reales, que fueron entregados por Wellesley en letras endosadas a la tesorería real de su nación. El 24 de abril, caía el castillo de Matagorda, defendido por ingleses. Ese mismo día llegaba a Cádiz el general Blake, que nombrado por la Regencia debía suceder a Alburquerque, nombrado embajador en Londres. Cientos de españoles llegaban a la plaza libre huyendo del enemigo, mientras el castillo de San Sebastián se iba atestando de «afrancesados», truhanes e inocentes que ignoraban hasta su causa. A todos prestarían asistencia fraternal y civil el famoso magistral Cabrera y el presbítero Nicolás de Mora, hermano del escritor y poeta, José Joaquín, a quien dedicaremos alguna página. El Campo del Sur vería ajusticiar por garrote a «afrancesados» o bonapartistas, contemplados por gentes que descargaban sus iras con insultos contra quienes consideraban causantes de todos sus males. Fue el caso del alcalde de Madrid, D. Domingo Rico Villademoros, traído a Cádiz como prisionero por un rufián que logró que fuera condenado a muerte por secuaz del rey José. (Blanco White escribió al respecto «que en muchos pueblos importantes la capa de patriotismo había servido de excusa para entregarse a la desdichada propensión que tienen los españoles del sur a derramar sangre y que deslustra sus muchas buenas cualidades»).

Estamos aún en la primavera de 1810. La Regencia abandona la Isla de León y se instala en el edificio de la Aduana gaditana. Cádiz es, desde el día 29 de mayo, capital de un reino sin rey. El 30, onomástica de éste, la Regencia recibió a la corte entre la expectación del pueblo que pasaba del aplauso a la carcajada, según la circunspección de unos y otros, seriedad o ridículo. Por mucho tiempo se recordó a un grupo de coraceros sin coraza, vestidos con jubón, calzas y capa corta, al mando del marqués del Palacio; verlos tan ridículos desfilar por la ciudad, hizo pensar a muchos si no estarían ya en Carnaval; pero lo más curioso fue que el buen marqués, al entrar vestido a la antigua usanza en la sala de la Regencia (actual Diputación), tiró al aire cuatro o cinco mandobles y acto seguido leyó su discurso en malísimos versos, exhortando a todos a seguir la tradición y a menospreciar la «modernidad». ¡El hombre vivía en el limbo sin darse cuenta el revolucionario período que la Nación vivía desde el 2 de mayo de 1808! No faltaron tampoco pequeños «caudillos» populares que, tal como ¡llegaban, desaparecían; ni gestos heroicos ni persecuciones basadas en simples rumores. Cádiz dio en estos años personajes realmente «teatrales», como lo fue el abad de Valdeorras (Orense) quien, vestido de granadero, pero con el collarín de eclesiástico, se paseaba por la ciudad ante la admiración de todos, pues de él se contaba que metido a guerrillero había sido terror de franceses.

Como no podía ser menos, llegaron pícaros y malandrines contando historias inauditas, inventadas para obtener prebendas, incluso pensiones por sus heridas, o sentirse injustamente perseguidos. No fue fácil discernir el «grano» de la «paja», con lo que se llegaba a encerrar a hombres honrados y se dejaban en libertad a los más desvergonzados y simuladores.

Y en medio de todo, es decir, de las granadas enemigas, del temor a la entrada francesa y del hacinamiento, las epidemias de los años 10, 12 y 13, una «batalla» más cruel que la del ejército enemigo, que llevó a los sepulcros a cientos de gaditanos y foráneos que habían llegado a Cádiz huyendo de la España ocupada.

(Continúa)





 

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