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Cuando se vive en una zona urbana y sentimos los ruidos por todas partes, es muy difícil poder escapar de él. Si estamos ya habituados no nos percataremos de lo mucho que afecta a nuestra salud física y mental. Entre otras cosas puede provocar alta presión sanguínea y abocarnos a un estrés que nos hace más difícil la vida laboral y cotidiana.

El ruido continuo y ensordecedor interfiere el dialogo, nos impide comunicarnos en los lugares públicos, concentrarnos en nuestros quehaceres diarios y, lo que todavía es peor, a conciliar el sueño cuando llega la noche. El silencio es algo tan necesario como el aire que respiramos, e inevitablemente nos hace pensar con envidia en la vida tan placentera que llevan los monjes, con sus largas horas de meditación que da a sus vidas un equilibrio y un bienestar que compensa largamente de la falta de vida familiar y afectiva, tan necesaria para poder subsistir.

En la mayoría de los lugares públicos, como supermercados o centros comerciales, la música es casi siempre estridente. El efecto es tan nocivo que ya afirman muchos especialistas que la gente no se da cuenta de la disminución definitiva de la falta de audición o sordera.

Los ruidos del exterior individualmente no podemos evitarlos; son los gobiernos y ayuntamientos los que deberían prohibir los bocinazos innecesarios, las motos con sus arranques enloquecedores, la música en plazas o centros de recreo sin ninguna consideración para las personas que trabajan o están enfermas. Sin embargo, a nivel individual sí podríamos hacer algo; por ejemplo, si pudiéramos bajar la voz cuando hablamos, si el televisor y nuestros aparatos de música estuviesen con los decibelios necesarios para que no saliera el ruido de nuestro ámbito familiar.

Hemos llegado a tal extremo que ya estamos acostumbrados a vivir así, y cuando estamos en un lugar callado, como nuestro dormitorio, nos cuesta dormirnos, porque nuestro oído no está habituado a ese silencio beatifico que es un sedante para la vida tan trepidante de la grandes ciudades.





 

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