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Desde hace algunos años, una gran parte de mi felicidad me llega de la sobrehumana capacidad que tengo para resucitar a los muertos.

Puede parecer extraño y, desde luego, lo es. Nadie lo sabe, nunca le di publicidad y nunca lo haré, seguramente no lo creerían y me pedirían demostraciones y más demostraciones, a lo que no he estado nunca dispuesto desde que descubrí tan valiosa facultad.

La primera vez fue totalmente accidental: un sábado por la noche, un poco antes de cenar, recordaba a Fernando, un buen amigo de los años jóvenes, que murió prematuramente, destrozado por una típica enfermedad que acosa y destruye a los drogadictos. Sin saber cómo, me encontré hablando con él, en una animada y distendida conversación en la que recordábamos nuestros años mozos. Alcé la cara instintivamente y creí verle sentado frente a mí, en el mismísimo salón de mi casa, cómodamente apoyado en el respaldo del sofá y con las piernas cruzadas. Consumía los pitillos uno detrás de otro y me pidió una copa. Yo sonreí ante semejante sueño y sólo comprendí que era una aparición, cuando al recordar su muerte, le alejé de nuevo del mundo de los vivos. Se marchó bruscamente, sin despedirse, pero reprochándome mi falta de hospitalidad y aquel desamor con el que le despedía después de tantos años de forzada separación. “Llámame cuando quieras”, fueron sus últimas palabras al perderse en el aire cálido de la estancia.

Días después, repetí la experiencia. No podía creerlo, pero tenía que intentarlo. ¿Vino a mí porque le recordé cariñosamente? Si ahora, arrepentido del mal trato que le dispensé, volvía a pensar en él ¿vendría de nuevo a mi lado? Lo hizo, y aquel día se quedó a cenar.

Meses estuve sin volver a llamarle, sentía un pavor inmenso por lo ocurrido, me aterraba la posibilidad de tener una facultad especial, me aterraba ser el único en la tierra que pudiese resucitar a los muertos y traerlos a mi propia casa para cenar con ellos, pero, en el fondo de mi corazón y en el límite de mis ambiciones, estaba el deseo de reencarnar a Fernando y, ¿por qué no?, a muchos otros.

Era invierno, el jardín blanqueaba por la nieve que lentamente se iba durmiendo sobre él, mis ojos se perdían en el “dry martini” que bebía, a cortos sorbos, frente a la chimenea. Faltaba poco para cenar y lo intenté: recordé a mi abuelo Eloy, padre de mi padre, al que casi no conocí. Había muerto hacía muchos años, yo tendría ocho o diez, y siempre pensé que era una pena el que la vida no nos dejase tratar a los nuestros. Pensaba en él con cariño, con el cariño que se intercambian abuelo y nieto cuando el crío salta sobre las rodillas del tierno anciano y, también, como había hecho Fernando, vino a mí. Su presencia en mi casa era todo naturalidad, me di cuenta de que él no sabía que había estado muerto, no podía imaginar su regreso al mundo de los vivos y me hablaba como lo hubiera hecho en su vida de antes de haber tenido ocasión. El aire dulce, sus palabras tranquilas. Los únicos recuerdos o conocimientos que de él tenía me llegaban de una foto que conservaba, enmarcada en plata, en un estante de la librería. En ese momento estaba conmigo, de verdad, igual que en la foto antigua que hacía años alguien me dio. Su cara, no muy afilada, mantenía permanentemente un semblante afable. La sonrisa le brotaba constantemente haciéndose grande en una boca escondida bajo el espeso bigote. Elegantemente vestido de gris para la cena, mantenía abrochada su chaqueta cruzada de seis botones. En plena conversación empezamos a hablar de la abuela María, su mujer, y al recordarla con tanta ternura como el abuelo le dedicaba, vino también a cenar con nosotros.

Por una cuestión de homogeneidad generacional, en los sábados siguientes fui resucitando con ellos a mis también abuelos Pablo y Aurora. Estos eran los maternos. Ya en vida, pero sobre todo durante los últimos años en que fueron apagándose juntos, discutían constantemente. Eran discusiones hogareñas en las que la abuela Aurora solía sacar de sus cabales al abuelo Pablo, y, ¿saben por qué?, pues porque ella no se enfadaba nunca y acababa en risas lo que había empezado en bronca. Eso al abuelo Pablo le hacía perder el control y toda su flema. Ahora no era distinto, en sus resurrecciones mantenían los opuestos pareceres y, cuando la abuela terminaba en risas, todos nos burlábamos cariñosamente del abuelo Pablo, quien, refunfuñando, la reprochaba ser incorregible.

A las cenas de los sábados no sólo “invitaba” a mis mayores, ¡qué va!, también, en ocasiones, reunía a mis amigos de antes ya muertos, los que vivieron conmigo experiencias escolares, amoríos, veraneos y un sinfín de situaciones vulgares por normales, o interesantes por excepcionales. Todos juntos, unos y otros, se extrañaban de esa mezcolanza de personajes pues, para ellos, al no saberse muertos y revividos por mí, resultaba extraño que todos los sábados se celebrase una cena con concurrencia tan heterogénea, pero lo pasábamos bien. Las sobremesas se alargaban y el último café, en invierno junto a la chimenea y en verano en el jardín bajo los cedros altos y triangulares, daba paso a sus nuevas muertes, que yo decidía, y con ellas abandonaban el mundo de los vivos.

Durante un tiempo, cuando supe que las resurrecciones y las sucesivas muertes dependían de mi corazón, manejaba sus cortas vidas de reencarnados a mi modo y albedrío, sólo era cuestión de cariño. A los que quise podía traerlos, y juntarlos, y revivir sus vidas llenas de recuerdos que se relataban unos a otros y todo era agradable. Llegado el momento de hacerles abandonar mi casa, sólo tenía que pensar en su merecido descanso y ellos se retiraban de la reunión como hubieran hecho en vida, despidiéndose cariñosamente y desapareciendo, sin saberlo, entre el oleaje aéreo de las brisas de mi jardín.

En ocasiones, alguno de mis invitados pretendía alargar la velada y se resistía, inconscientemente, a obedecer mi decisión. No me gustaba insistir para no caer de nuevo en el pecado del primer día, con Fernando, cuando me reprochó mi falta de hospitalidad, pero, en realidad, me preocupaba una posible rebelión. No era fácil que sucediera, pues ninguno de ellos sabía que estaban resucitados, ni sabían que, al rato, volvían a sus moradas eternas, pero no era caso de arriesgarse, así que, por prevención, hoy mismo he tomado una decisión firme y definitiva, y como consecuencia de ella, escribo estas líneas para dejar constancia de que estas cosas que he relatado sucedieron y sucedieron como las he relatado.

Y sucedió que ayer era sábado, y vinieron todos, y sucedió que, al despedirles, quedé mirando al viento y el viento me mostró mi muerte. Comprendí que este poder de resucitar no serviría conmigo una vez muerto, comprendí que tampoco es objeto de cesión, ni puedo donarlo, y tuve miedo.

Tuve miedo porque pensé que sus posibles desobediencias serían una complicación, ¿podrían los muertos vivir por siempre entre los vivos?

Tuve miedo porque yo podía morir, como me mostró el viento, durante uno de esos períodos de sus resurrecciones. Entonces yo iría al mundo de los muertos mientras ellos quedarían en el mundo de los vivos, por eso, hoy decido voluntaria, definitiva y solemnemente dar por terminadas las cenas de los sábados, no vaya a ser que, ellos aquí y yo allí, les pierda para siempre.






 

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