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Hay experiencias, vivencias, que resultan tan extraordinariamente bonitas que el alma parece dar un vuelco hacia la paz más genuina. Yo, en concreto, tuve la oportunidad de gozar de una de ellas hace poco tiempo. Estuve con una amiga haciendo un recorrido por el Norte de España, y dentro de nuestros planes se encontraba la visita a Soria. Teníamos por supuesto referencias, comentarios de otros amigos que nos hablaban de las agradables sorpresas que allí nos llevaríamos.

Y así, expectantes, cogimos el autobús que nos trasladaría de Burgos a las tierras del Duero que tanto amó Machado. He de decir que estaba claro que yo, admiradora del poeta , buscaba algo más que lo puramente geográfico. Sin duda, lo hallé.
Soria es pequeña, austera, colmada de esa luz interior que al menos a mí me iluminó plenamente. Las calles estrechas, la sencillez del entorno, el sabor a Historia y el silencio del río abrazando a la ciudad se han quedado adosadas a mi piel.

Comprendí a Machado, hasta tal punto que no sentí sino que era él mismo el perfecto guía que a la vez me iba recitando sus versos mientras me acompañaba por entre los álamos que bordean el río camino a la ermita de san Saturio. Estuve mucho rato junto a ese río, en total contacto con una Naturaleza que también se sabía de memoria los versos de aquél que supo tan bien contar. Me senté durante largo tiempo al lado del agua, bajo ese cielo soriano y con la mente también en esas canciones que un cantautor creó con las letras del poeta sevillano. Y fue todo como si aquello hubiese formado parte de mí desde siempre. Fue todo tal como me lo había imaginado siempre, mucho mejor quizá. Descubrí que la paz, la poesía y la Naturaleza eran prácticamente la misma cosa. Sentada junto al Duero me sentí viva, felizmente cortejada por la alegría de vivir. Y ya de regreso a casa, a mi ciudad y a mis cosas, releo dulcemente los decires del poeta:

He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria -barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra-.

Y ya de regreso mis manos tocan más que las hojas de un libro extraordinario. Mis manos tocan la piel del aire castellano, el frescor de una brisa en la atardecida soriana, las cortezas de unos árboles impregnados de unas fechas y nombres que yo vi.

Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.

Y ya de regreso sé que llevo muy dentro de mí el paisaje de un río, de una ciudad que ya de adolescente me habían enamorado gracias a la voz de un poeta. Yo, como él, como Antonio Machado, puedo decir también con el alma y la palabra:...

álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!





 

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