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Los caminos por los que transita la vida a la hora de darte una noticia, en la que la enfermedad se convierte en protagonista de una obra a punto de estrenarse, son insondables, misteriosos y rebosantes de magia.

Todas esas cuestiones por resolver que continuamente se van colocando en un mañana, que se desplazan con las luces de la siguiente, ahora se plantean ante ti con una fuerza y claridad contundente. Y son en estos momentos cuando echas mano de la serenidad necesaria para dejar caer todas las armaduras que han posibilitado tu aislamiento paulatino de aquellas personas que comienzan a liquidar las despedidas y ponen al día los posibles encuentros. Y con ella comienzas a transitar por los recuerdos que, sobrepasando las barreras del tiempo y libres de las ataduras de las justificaciones, llegan como las aguas de un río caudaloso y rebosante de energía. Ahora, empapado de ellas, puedes ver todas las escenas de una existencia compartida, y por su torrente en permanente movimiento ves pasar toda la película de una vida. Los ojos pueden captar los códigos de unas luces que sólo el corazón puede descifrar. Sin desgarros y abatimientos, desde lo mas profundo y sagrado de ti mismo, comienzas a adentrarte en un espacio donde la magia te ayuda a comprender tus sentimientos y emociones, que aparecen por primera vez sin estar contaminadas de egoísmos, rencores e ignorantes razones.

A través de esta comprensión, recientemente descubierta, los nudos se deshacen, las heridas cicatrizan y las deudas desaparecen en el aire. El reconocerse como unos alumnos más de esta maravillosa vida y despojarte de las falsas vestiduras del maestro, el asumir conscientemente una realidad diferente, exenta de pagar tributo a la personalidad mantenida por actitudes y comportamientos ajenos a tu Real Ser, hace posible que esas aguas repletas de experiencias, en lugar de ahogarte, te ofrezcan la oportunidad de limpiarte por dentro y por fuera de todas las impurezas acumuladas. La sensación de estar libre de dudas pasadas, tu mente oxigenada con los vientos de la FAMILIA y el corazón en tus pulsaciones, te hacen sentir las energías que siempre estuvieron ahí, pero que ahora recobran todo el dinamismo y las fuerzas perdidas, consiguiendo mostrarte el color verde en el horizonte de esperanza de tu HUMANIDAD.

Y ahora, con el contador a cero ante mi FAMILIA, esa noticia de enfermedad que hoy me trae la vida, la recibo como el aviso de una tormenta que traerá grandes lluvias. Traerán esas aguas tan necesarias para que el río de la vida continúe transitando hasta alcanzar los océanos de nuestras vidas. Será por esa comprensión, que no siento el desgarro de la posible pérdida, ni el desconsuelo de los remordimientos oscuros, tampoco el desanimo propio que las normas sociales imponen en estos momentos. No me emociono en el recuerdo de lo aparentemente perdido, ni tampoco siento la punzada del vacío permanente. No comienzo a degustar el sabor del miedo, ni mi paladar saborea el virtual triunfo de la muerte. No se agolpan las vivencias en mi mente deseosas de sobrepasar el muro del sentimiento, ni tampoco ensayo el papel a representar el día del estreno. Sí se que nada se rompe, que no existe la eterna despedida, la mano que se desploma y que nunca se estrechará nuevamente... 

Sí entiendo la quietud natural que se abre paso entre tantos actores deseosos de abandonar la decisión para hacerlo... Sí siento un silencio sereno y apacible que lo envuelve todo, trayendo a este presente en permanente movimiento las luces de una felicidad y armonía olvidada entre los pliegues de nuestra ignorancia. 

Y como siempre, después de hablarme, se presenta el sabio SILENCIO...





 

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