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¡Qué hermosa palabra cuando se refiere a las historias que nos contaban nuestros abuelos cuando éramos niños! Historias, que hoy me vienen a la memoria y las recuerdo con cariño y, añoro aquellos tiempos. 

Puedo recordar que entonces decíamos -o incluso nos quejábamos- que ya estaba el abuelo -o la abuela- contando sus batallitas: que si qué pesados, que si esa misma historia ya la sabíamos... Porque todo te lo contaban con pelos y señales, sin olvidarse de un sólo detalle. 

Nos contaban, una y otra vez, de la severidad de sus padres, el respeto tan grande que se les tenía -algunos hasta les hablaban de usted-, que hasta para poder salir tenían que llevar a alguien como carabina, cosas de su ajuar, del día de su boda, sus partos... -eso contaba la abuela-; el abuelo, por su parte, contaba su vida en la milicia, sin olvidarse de ninguno de los nombres, apellidos y cargo de sus compañeros, a los que iba nombrando uno a uno; y de los tiempos de guerra, para qué hablar, ya eso era una fuente inagotable de historias: dónde les cogió, en qué bando, los bombardeos, las cartillas de racionamiento, etc. -qué memoria tan increíble-.

Muchas veces, en vez de «batallitas», eran «batallones» y, a veces, se hacía un poco pesado escucharlas una y otra vez. Pero entonces éramos tan niños que no podíamos darnos cuenta del gran mensaje que ellas mismas encerraban, ahora sí. A través de esas «batallitas» conocíamos la historia de nuestra familia, la historia de aquellos tiempos (y de primera mano), de sus tradiciones y costumbres. Y con ellas, además de contarnos sus propias experiencias, intentaban inculcarnos muchos de sus propios valores, el valor de la familia, de la amistad, el respeto a nuestros mayores, etc.

Aún puedo ver sus caras, ¡con qué énfasis te iban explicando las cosas! Es como si necesitaran que lo grabaras en tu mente, que no quedara ninguna laguna en su relato. A través de sus «batallitas» revivían, una y otra vez, sus propias vidas, con sus penas, alegrías, anécdotas, todo. Y te lo contaban como si ése fuera su legado más importante, como asegurándose de que nunca les olvidaríamos. Y creo que en muchos de nosotros lo consiguieron, gracias a sus «batallitas» no les hemos olvidado, siempre estarán con nosotros. Muchas veces vienen a mi memoria trocitos de esas pequeñas historias y provocan en mí una sonrisa, y me hacen sentirles de nuevo, les recuerdo, pero sobre todo, ahora lo sé, les echo mucho de menos, a ellos y a sus «batallitas».

¡Qué palabra tan pequeña, «batallita», pero qué significado tan grande se encierra en ella! Podríamos decir que es una fuente de sabiduría que se transmite de padres a hijos en forma de pequeños relatos contados a su modo. 

Y que mediante su repetición se te queda plasmada en la memoria, llegando a formar parte de ti, y que, seguramente, algún día, tú mismo transmitirás a tus hijos, nietos, sobrinos, etc. Pero entonces ya no serán las «batallitas» del abuelo, sino serán tus propias «batallitas».





 

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