Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Mientras subía el último tramo de la escalera de su apartamento, sus ojos se iban entornando al imaginar la inminente actuación que iba a tener lugar. Abriendo con dedos temblorosos de agotamiento el portón que daba a la sala de estar, hacía su entrada en el sacro lugar que separaba su vida privada de la pública.

Con aire decidido lanzó fuertemente de una patada los zapatos de tacón hacia un rincón cualquiera del salón, liberándose así de lo que más intensamente la hacía sufrir en esos momentos, y levantando su índice en pose acusatoria, se dirigía hacia la blanda y redonda cara del jefe de contabilidad: ¡Maldito usurero! ¿Cómo te atreves a decir que tú hubieras elegido mesas más económicas y fuertes para los ordenadores? ¡Tío imbécil!, yo hice esa elección sólo porque me lo pidieron, quizás pensaron que un toque femenino podría darle un poco de magia a este nauseabundo lugar. No estamos aquí sólo para trabajar, también necesitamos unas mínimas condiciones de bienestar. ¡Y tú, no te rías! -decía mientras señalaba ahora con su dedo la afilada nariz de la señora Maqueda-, porque resulta asqueroso ser tan pelota cuando se atenta hasta contra los mismos compañeros. -Y dando tan sólo una pequeña vuelta enfiló su denuncia al mismísimo inaccesible director-. ¡Eh tú, no nos mires con esa cara de autosuficiencia, que sin nosotros no eres nada!. Y deja ya de vigilarnos entre las hojas de las persiana, espía mejor a tu mujer y encontrarás más motivos, ¡Cornudo!.

Unos segundos en silencio y Teresa se sentía aliviada de toda la cólera reprimida en su interior, intentaba cenar algo, darse una ligera ducha que limpiara sus dolorosos pensamientos, y volvía a su escenario improvisado ante el espejo, en donde ahora dejaba libre su también refrenada sensualidad femenina, orientándose hacia Joaquín, ese tímido compañero de oficina que enrojecía con un simple cruce de miradas, esperando que también él desatara sus instintos reprimidos y desplegara toda su masculinidad ante el liviano striptease que le dedicaba Teresa antes de irse a dormir.

Cobijándose en el grato calor de su lecho, pensaba en su actuación de esa noche y consideraba que era un medio de desahogo como otro cualquiera. En ese instante llamaba con empeño al deseado sopor para que la sumergiera en ese abismo hipnótico que ayuda a aliviar, con más fuerza, los sufrimientos cotidianos.







 

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