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Nuestra especie no está en peligro. Miles de millones de seres humanos habitan este planeta y el número va en aumento. En cambio hay muy pocos tigres y ningún tiranosaurio. Felicitémonos, pues, como especie.

En cambio todos debemos morir en breve plazo y, lo que es peor, todos debemos vivir sabiéndolo. El individuo muere; la especie se renueva. Muy sano todo ello, muy natural, muy ecológico... pero también muy degradante: el individuo es un mero receptor transmisor de vida, o lo que es lo mismo, un envase de óvulos o espermatozoides. Con razón hay amor, y parejitas, y matrimonios, y cuernos y películas porno. Todo ello nos indica el camino hacia la única forma de inmortalidad biológica a la que tenemos acceso, a saber, producir una copia de nosotros mismos y esperar que nuestro descendiente haga algún día lo mismo y así hasta el fin de los tiempos. En efecto, nada nos importa tanto como el sexo y la familia.

A mí todo esto me deja hecho polvo -en todos los sentidos-. Va uno por la vida, contento y feliz, con sus pequeños logros, sus tranquilidades y sus ocios, cuando de repente comprendes que eres una herramienta de la necesidad biológica. ¿Pues vaya mierda de vida, no creen?. Mejor se está siendo un yerbajo. Total, el juego es el mismo. Pero por lo menos no te enteras. Dan ganas de obligarse a creer que después del juego de la vida hay una moraleja en vez de una muchedumbre, o sea, que dan ganas de dejar de ser ateo. Ojalá pudiera.

Por lo menos la sociedad te respeta un poco más que la naturaleza. Vas de tiendas y ves gente amable que te sonríe y te ofrece cosas que te hacen falta o no, y eres feliz al saber que, al menos aquí, eres algo más que un envase de óvulos o espermatozoides, a saber, el titular de una cuenta corriente. Y vas al trabajo y das tu tiempo a cambio del dinero, que hay o no, en la cuenta corriente, y descubres que eres útil para tus semejantes en un sentido extra sexual. Y en sociedad encuentras que tu vida es distinta a la de los yerbajos. De este modo encontramos una nueva forma de inmortalidad, esta vez social, a saber, legar para la posteridad los frutos de tu trabajo y tu talento. Por eso se dice que en la vida no basta con tener hijos sino que, además, hay que escribir un libro.

A pesar de todo quizá alguien se pregunte si realmente tiene valor en sí mismo. De momento no parece que así sea. Desde un punto de vista biológico somos el instrumento desechable del que se sirve la especie para permanecer sobre la tierra. Desde un punto de vista social somos el instrumento del que se sirve la comunidad para progresar. El individuo, en cualquier caso, sigue siendo una mierda. Dicho en lenguaje más filosófico, carecemos de peso ontológico. En estas condiciones parece sensato pensar que mejor se está siendo un yerbajo. Total, por lo menos no hay que trabajar, no creen?

Si la vida autoconsciente, a diferencia de la aconsciente, tiene algo de dignidad, lo cual no está claro, debe ser porque no se justifica en ningún tipo de utilidad. Así es como la ética llegó a la distinción entre dos conceptos que los no iniciados utilizan como sinónimos: el concepto de “hombre” y el de “persona”. Entendemos que la gente, aunque siempre puede utilizarse para algo, en realidad tienen una dignidad propia y no han nacido para ser herramientas de nadie ni de nada, esto es, que son, más allá de seres humanos, “personas”. La “personalidad” sería fruto de esta indeterminación: puesto que no tenemos una utilidad clara, somos libres, construimos nuestro propio modo de ser, nos hacemos “alguien” a través de nuestras acciones libres y responsables. La “responsabilidad” sería ingrediente necesario de la vida digna, y viene a significar que cada cual “responde” de sus actos, que lo que hacemos depende de nuestra voluntad y no de nuestra utilidad. De este modo, el hombre se concibe a sí mismo como libre y se desliga de la necesidad de tener hijos y escribir libros, y lo mismo da tirarse a la bartola y no hacer nada en tu vida porque, a pesar de todo, eres “persona” y no tienes que justificar tu utilidad. Por su parte, las cosas del mundo, animadas e inanimadas, sí que pueden ser herramienta para el hombre. Los tigres pueden ser transformados en abrigos de pieles y los bosques en campos de remolacha azucarera.

Esta cosmovisión ha sido la dominante en el mundo del hombre blanco durante siglos. Por desgracia, al final hay que darle la razón a esos pueblos incivilizados que otorgaban la misma dignidad al hombre que a las hormigas o los yerbajos o las vacas. Y hay que dársela porque nos conviene, porque, de otro modo, se acabará la posibilidad de seguir utilizando la naturaleza como herramienta de nuestros intereses. De este modo es como las “personas” han optado por reconocer también una cierta dignidad a todo lo que existe, sean montañas, ríos, asteroides, ranas o pinos piñoneros. Nos hemos dado cuenta de que los tigres pueden servir para hacer abrigos de pieles igual que nosotros podemos servirle a él de alimento. La conclusión es que la vida, en todas sus formas, debe respetarse, que es digna en sí misma y no debe ser tomada siempre como una herramienta de nuestros intereses. Y así es como, además de tener un hijo y escribir un libro, ahora también deberíamos plantar un árbol.

Visto cómo está el asunto, yo concluyo que todo sigue siendo una mierda. Una mierda libre y responsable. Una mierda que reconoce su comunidad con todas las formas de vida, que a su vez son mierdas que no sirven para nada más que perpetuar su propia especie. Todo ello dentro de una gran mierda en expansión que es el universo, que no sirve para nada y que no va a ninguna parte.

Ojalá fuera un yerbajo, de verdad, o creyente. Pero no soy ninguna de estas cosas. ¿Qué soy?. Soy un ludópata: el juego es la vida, no puedo dejar de jugar y sé que no voy a ganar ni de coña.





 

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