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(Dedicado a una amiga que conoce
al hombre y también el carro)


Él poseía entonces un carro que había ido adornando desde tiempos con todos los artilugios que había podido conseguir, no sin enormes dosis de cariño y esfuerzos, en el devenir de su vida.

Y estaba razonablemente contento: a sus dos caballos percherones -blanco y negro-, que le acompañaban desde el comienzo, por motivos sentimentales, no había querido nunca sustituirlos, y, aunque por entonces ya se encontraban moderadamente viejos, el hombre compensaba con su esfuerzo personal las menguadas fuerzas de sus viejos caballos. Por lo demás, en todas las temporadas había ido adquiriendo y añadiendo algún adminículo nuevo a su carro para que apareciese, a los ojos de sus camaradas de viajes, aún más sugerente si cabe.

Un día había puesto dos preciosos faroles antiguos y eléctricos, con una batería que había buscado desaforadamente por los mercados de antiguo, adosados en los dos extremos anteriores de su carro, para que así los caminantes de la noche pudieran apercibirse de su llegada y de su presencia.

Otro, en los meses fuertes de la canícula, había acoplado un elegante toldo floreado (que le había supuesto largos y profusos regateos con un tratante de ganado) con cuatro brillantes soportes de cobre en las cuatro esquinas de su carro, y que mantenía impolutos y pulidos, para que su aspecto fuese elegante a la par que prácticos para los rigores del sol y de los vientos.

En otra ocasión había adquirido un equipo de música que se afanó en disimular en la parte trasera de su carro con dos pequeños altavoces escondidos en los bajos y que solía poner en los viajes para que nadie se aburriese en el trayecto.

En fin, el carro estaba ahora tan a punto y tan airoso que no tenía ninguna duda de que los viajes se multiplicarían y de que los parroquianos pugnarían por poder subir en él.

Desde siempre había disfrutado regalando sus viajes, sólo por el placer inmenso de sentirse útil a sus camaradas. Desde siempre, en todas las estaciones, salía con su carro por los caminos del mundo ofreciendo su compañía y su transporte. Casi nunca le preocupó el esfuerzo sobrehumano que, algunas veces, tenía que hacer ayudando a sus viejos caballos que a duras penas podían con el carro repleto de caminantes. Ni siquiera le quebraban entonces las quejas de algunos caminantes que protestaban por las incomodidades y las tardanzas. Siempre se sintió pagado por aquellas sonrisas, aquellas manos apretadas, aquellos furtivos besos, aquellas tímidas “gracias”, e incluso, aquellos largos silencios cómplices de los que iban montados en su carro mientras él y sus caballos tiraban con esfuerzo.

Ahora estaba seguro que tendría que hacer muchos más viajes, que no tendría más remedio que redoblar sus esfuerzos para poder seguir tirando de su carro como siempre.

Había descansado lo suficiente antes de su salida, con el carro engalanado y puesto a punto, para que las fuerzas esta vez no le fallasen en el que suponía su viaje más importante y fecundo.

Al poco de salir ya notó que, sorpresivamente, los caminos, otrora poblados de gentes que iban y venían, estaban casi vacíos. Tampoco había pasado tanto tiempo, pensó, desde su postrer viaje como para explicarse tamaño cambio. Parecía como si los caminos hubieran sido asolados por alguna plaga nefasta y desconocida. Nadie, nadie podía ahora apreciar su carro perfectamente engalanado y dispuesto para cualquier viaje confortable. No salía de su asombro ni de su congojo... ¿Para estas alforjas había estado preparando su proyecto?

Anonadado se acercó a una casa al borde del camino donde un grupo de personas se afanaban absortas viendo un partido de fútbol tras la pantalla inmensa de un televisor gigante.

-Perdonen -dijo, elevando un poco la voz para que su presencia fuese advertida-, tengo un carro preparado y a punto por si alguno de ustedes desea utilizarlo.

Solo uno de los hombres, el que parecía más maduro, elevó la vista de la inmensa pantalla, y después de observar un rato a nuestro hombre intentando metabolizar lo que había escuchado, contestó:

-¡Oh, muchas gracias, buen hombre..! De buena gana me subiría a su precioso carro pero estoy ocupadísimo, de veras, apenas me queda tiempo para nada... Pero, en fin, le agradezco la oferta...

Y siguió mirando absorto la enorme pantalla plana donde, a buen seguro, se estaban “cociendo” cosas mucho más importantes que su carro y sus viajes.

Nuestro hombre, ciertamente perplejo, siguió su camino solitario mientras se preguntaba qué estaba sucediendo últimamente. Al poco, por fin, encontró a un viajero al borde del camino, sentado, con la mirada perdida en el infinito.

Ahora sí, ahora por fin comenzaría de verdad su viaje, pensó nuestro hombre.

-Buenos días, señor, -dijo el hombre del carro saludando al viajante-. Ya he llegado: puede subir cuando guste...

-¿Subir, a dónde? -se sorprendió el viajante.

-Pues a mi carro... Está perfectamente equipado, y el trayecto es siempre gratis y novedoso -contestó el hombre del carro.

-Pues no, pero muchas gracias... Espero el autobús y mi destino es bien concreto -exclamó cortante el viajante.

-Pero, pero... -balbuceó confuso el hombre del carro-, si no hay ningún problema. Yo le llevaré a donde quiera y podremos ir charlando tranquilamente durante el viaje...

-No, gracias, no insista... Ya le he dicho que espero el autobús, -respondió seco el viajante mientras desviaba la mirada hacia otro lado.

En fin, se subió al carro con las manos vacías y una tristeza honda y amplia cerca de su alma. ¿Qué estaba pasando? ¿Sería que su carro no presentaba el aspecto conveniente?

En esas elucubraciones estaba cuando apareció en el camino una mujer que andaba en contramarcha silenciosa y absorta.

-Buenos días, buena mujer -saludó efusivo el hombre del carro.

-¡Ah, buenos días!, -contestó la mujer al cabo de un rato y después de recorrer con su vista al hombre y al carro.

-Si lo desea le llevo en mi carro -ofreció nuestro hombre.

-¿En su carro? ¿Y eso, por qué? -preguntó extrañada la mujer-. Además, llevamos caminos opuestos...

-Va, eso carece de importancia -dijo el hombre- , lo importante es que se suba al carro.

Mucho interés tiene usted en que me suba a su carro -respondió recelosa la mujer-. No, no insista, no pienso hacerlo... Y le ruego que me deje tranquila o me veré forzada a pedir ayuda a gritos...

-No, ¡por Dios! -dijo nuestro hombre asustado-, simplemente era un ofrecimiento gratuito y sin dobles intenciones... Pero ya me marcho, no se alarme...

Y el hombre del carro volvió a subirse a su precioso carro, encendió los faroles aunque era aún de día y brillaba el sol, acopló su precioso toldo floreado en los impolutos barrotes de bronce, y puso en su equipo de música aquel antiguo bolero que se titulaba “¿Y...?”

Luego cerró los ojos fuertemente para no pensar en nada y se volvió a casa donde su carro y sus viejos caballos aguardaban, desde hace mucho tiempo, comidos por la indiferencia y el olvido, en las caballerizas.






 

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