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Qué vacío dejó en casa la muerte de nuestro querido perro.

Sé que habrá muchas personas que esto tal vez no puedan comprenderlo, porque o bien no les gusta los animales, o tienen hijos que llenan todos sus huecos emocionales, pero nosotros desgraciadamente nunca pudimos gozar de este privilegio, y como llevamos dentro la misma capacidad de amor que cualquier mortal, teníamos que volcarla en alguien, y éste fue nuestro perro.

Toda la casa estaba llena de él. Fueron unos días de infinita tristeza. Nueve años de convivencia es una etapa muy corta, al menos así nos pareció a nosotros por lo grata que fue su compañía.

Pasaron los meses sin poder alejar de nuestra mente su querido recuerdo, hasta que un día me dijo mi marido: -Inés, tenemos que hacernos de un nuevo cachorro -¡no!, le contesté, no deseo pasar otra vez por esta pena. -Pero mujer, piensa en todas las horas de felicidad que nos volverá a dar con sus travesuras, y además, siguió diciendo, no todos viven tan poco, a lo mejor éste nos entierra a nosotros. -No sé, no sé, pero ¿Tu crees Salvador que podamos encontrar tan fácilmente otro de sus mismas características? dije, empezando a parecerme la idea estupenda. -Ya lo creo, incluso más bonito. -Inés, ¿Qué te parece si adquiriésemos un pastor alemán?. Me quedé pensativa y con los ojos imaginando ya su graciosa presencia en nuestra casa. Al cabo de un momento, le digo toda entusiasmada: -¡De acuerdo!, hoy mismo iremos a buscarlo.

Nos dedicamos a hacer indagaciones por distintas «pajarerías», pero nada, no había ninguno. Y así fueron pasando los días e incluso los meses y el que buscábamos no aparecía por ninguna parte; los había de otras razas, pero ya habíamos acordado que sería Pastor Alemán, así que a seguir esperando. Hasta que un día, pasamos por una «pajarería» y en el escaparate tenían cinco cachorros maravillosos. Uno de ellos, destacaba notablemente por su precioso pelaje, entre obscuro y claro, y no digamos de su carita traviesa. Por lo que desde el primer momento nos cautivó a los dos. Entramos apresuradamente, mi corazón latía más aprisa, y mi voz llena de emoción, ponía de manifiesto cuanto me había gustado aquel maravilloso cachorro. No sé si por ello el que nos atendía quiso aprovecharse al dar precio, que por supuesto, consideramos excesivo y nos hizo recapacitar. Nos consultamos con la mirada y acordamos pensarlo aquella noche, para decidirnos al siguiente día.

Ni que decir tiene que yo estaba decidida, pero tenía que convencer a mi marido, que aunque lo deseaba tanto como yo, era mucho más reacio a gastar el dinero. Fue una noche larguísima, no pude conciliar el sueño, pues su carilla graciosa y zalamera, había entrado tan de lleno en mi retina, que a cualquier punto que dirigiese la mirada, lo veía.

Por fin, Salvador me dio su consentimiento para que lo comprase, y aquella mañana, más que correr volaba. Entré como una flecha en el local, sin mirar siquiera al escaparate. Tan ciega iba, que tropecé con una Sra. que en ese instante salía, a la cual tuve la desgracia de pisarle un callo (según me dijo), a la vez que profería un grito de dolor, se le fueron algunas palabras no expresables, aunque si comprensibles. Le dije toda sumisa: -¡Perdone Sra. no fue mi intención hacerle ningún daño, además, un pisotón cualquiera da en la vida, hoy por usted y mañana por mí!. Al oír ésto último, la Sra. se pone hecha una furia y me dice: -¡Qué mañana, ni mañana, ahora mismo!-. Diciendo esto, me plantó su enorme pie encima del mío, y lo apretó con verdadera saña. Figúrense como estaría yo de contenta, que hasta le di las gracias. Me miró sorprendida, y creo que hasta con un poco de miedo, pues indudablemente pensaría que no andaba muy bien del «tejado».

Después de esta peripecia que hoy al recordarla me hace sonreír, pido «mi» cachorro con delirante entusiasmo: -Por favor, el Pastor Alemán con el color del pecho entre crema y blanco y el manto negro. Al oír mi petición, el dependiente me mira y comenta: -Lo siento Sra. pero el que me está usted pidiendo lo compraron seguidamente que os marchasteis ayer, pero aún quedan cuatro muy bonitos. Yo ni le oía, solo martilleaba en mi cerebro, las primeras palabras. Oí como me decía amablemente: -Siéntese, por favor, ahora le traigo los otros. Me senté como una autómata, pero mi pensamiento estaba ausente. Como si se tratase de un exposición canina, pasaron los cuatro perritos ante mi vista, y ¡nada! no acababan de gustarme, seguía obstinada pensando en el que ya no estaba. Salí del establecimiento totalmente distinta de como entré. Llevaría una expresión de tristeza en el rostro que no podía pasar desapercibida. Llegué a casa toda pensativa y triste. ¡Qué interminable se me hizo la mañana hasta el regreso de mi marido!. Cuando éste me vio, tuvo el presentimiento de lo que había pasado, pero lo que no pudo prever fue mi reacción. Me puse hecha una furia, recriminándole de tacaño y de todo lo que me vino en gana. Él, pacientemente dejó que me desahogara, pues bien sabía que «detrás de la tempestad siempre viene la calma». Cuando se me pasó el neurótico ataque, comprendí cuan injusta había sido. No obstante no le pedí disculpas como habría sido lo correcto, preferí quedarme en el papel de víctima, por si volvía a presentarse la ocasión de una nueva compra perruna, no hubiese pega por el factor crematístico.

Aquella tarde salimos y casi sin darnos cuenta estábamos ante el escaparate de los cachorros, sólo quedaba ya uno y era hembra. Éstas francamente, nunca me habían gustado, porque evidentemente dan más preocupaciones; el que me lea pensará que estoy hablando no de perras sino de niñas, pero para el caso y por los mismos motivos, las hembras somos más desgraciadas sexualmente. Recuerdo que mi abuela que tenía ocho varones, cuando alguna mamá con hijas casaderas le daba quejas sobre alguno de ellos, decía: -Yo tengo «perros» y los suelto, las que tengan «perras» que las amarre-. Por ello, por asociación de ideas, a mí nunca me han gustado las perritas...  

(Continuará)






 

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