Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Hoy recibí una declaración de amor desde Cuba, flor del sol, agua de palmeras y música de salsa, donde las hermosas niñas sueñan diez amores. La declaración me ha tomado por sorpresa porque jamás nadie se me había insinuado con tanta franqueza. 

Yo no soy ni un caballero galante ni un joven soñador y por esto dudo de la carta recibida. Temo que en el fondo de la declaración haya una falsa trampa.

Pero releo la carta recibida y me temo que toda ella rezuma sinceridad. Dice mi enamorada, que le he conquistado el corazón leyendo mi libro de cuentos donde ha encontrado la ternura que necesita en su soledad, y dice que soy para ella el galán que le roba los sueños que la señala como la mujer más feliz del mundo. Dice, que en mi libro me ve reflejado con mi estandarte, mi caballo blanco, remontando montañas y cruzando ríos, y que así la protejo de su mundo hostil. 

Para ella soy lo que ella quiere que sea, luz de sus noches oscuras, sol en las tormentas del verano cuando el viento hace tambalear las palmeras y los cafetales ofrecen su fruto. Ella se ha inventado un hombre a su gusto, al que desea dar su vida, aún sin conocerlo, sólo porque su corazón se lo dicta. Quiere ofrecerse toda, sin reservas, porque yo soy su amado. Pero ella no sabe de mis años ni de la transformación que los mismos lleva a desfigurar cuerpos y pensamientos; y que -aunque esto fuese posible- estoy anclado en mi mujer de siempre, amor indiscutible. Pero ella ignora cuánto acontece: para ella basta haber leído mi libro de cuentos para creerme un ser extraordinario, alguien a quien se le debe ofrecer todo, como a un dios. Ella sueña una realidad, que no es ni será, porque la realidad con que sueña no existe. Al menos no existe para mí.

Me enternezco ante su generosidad. Quiere ser mía, entregarse, gozar la vida a mi lado, sin conocerme, sin desear conocerme, y sin pedir ninguna recompensa; sólo porque mis cuentos le han abierto los ojos a una nueva realidad, una vida de literatura hermosa y digna. Por esto se enamoró de mí, pobre viejo. Yo no contestaré a su carta, ¿Para qué? ¿Qué podría decirle? ¿Podría pedirle que deje de soñar y que deje sus sueños y sus amores para un hombre real que conozca y la llene de ternura?. Eso debería decirle, aunque sé que mis letras destruirían sus esperanzas de niña, y yo nunca me perdonaría llenarla de tristeza. No contestaré a su carta, no puedo imponerle semejante castigo, no puedo destruir tanta pureza. Prefiero que piense que soy un malnacido, un orgulloso sin corazón.

Desde mi rincón apacible, releo su declaración de amor. Y sueño, sueño pese a mis años. Sueño. Sueño en una niña de bellos ojos y tez oscura, con voz de ángel y cuerpo de palmera. Me gustaría verla, aunque sólo fuese un instante para recobrar en ella la vida perdida en recuerdos y lejanías. Me gustaría verla sin que supiese que yo soy yo, y besar su frente, y saber si este amor que me la lleva a mí, le servirá para encontrar el verdadero camino, el camino que ha de conducirla a un amor que, sin duda, está rondándola sin ella saberlo.





 

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