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Ya lo creo que el hombre pasa y puede pasar vergüenza. Y así nos decía Juan de Torres que un rostro avergonzado roba el corazón de cada uno.

Pero esto es razón para que lo aprovechemos para amenazar al niño, explotando su dolor y angustia, exigiendo a su cambio que se cumplan las leyes que la sociedad ha impuesto a través de los siglos en las costumbres sociales de cada pueblo.

Si no, no le hubiera ocurrido a Juancho lo que le ocurrió ¡pobre Juancho!. Y hay que ver lo indignada que estaba la abuela de Juancho ante lo inverosímil de su actitud.

Y es que a Juancho no se le ocurría otra cosa que acudir a recibir a las visitas de su casa, sobre todo si eran nocturnas, saliendo nada menos que en pijama... Y alguna que otra vez, incluso hasta cambiándose de ropa. Y una de las veces en pijama, pero con la chaqueta puesta. Lo que dio lugar a que se le prohibiera taxativamente, sin más explicación, y porque así lo exigía la urbanidad, que cuando llegase a casa alguna visita...

¡Era indecoroso!. Simplemente.

Sin una explicación, sin aclaración alguna, bastando simplemente con la exclamación familiar que lo justificaba todo: ¡No te da vergüenza salir de esta forma!. ¿En qué derivó la conseja?

Pues, que en la siguiente visita, Juancho se presentó así como lo manda la naturaleza, desnudo, completamente desnudo. ¿No le habían prohibido salir en pijama?, pues el pijama proscrito totalmente y ¡ya está!

¡Qué cuatro años más locos tenía este inquieto y travieso de Juancho!

Como que la vergüenza vendrá después. Cuando se despiertan los instintos sexuales y surgen el pudor; cuando el niño, por desgracia, empieza a «saber» cosas que le explican los demás que para mal del niño no son los adultos sino los otros niños de su edad, los mal informados, en lugar de hacerlo el padre o la madre con su orientada educación sexual.

El niño, con su fino instinto y su buen olfato, es aleccionado por la perversión de una falsa y nociva educación sexual. Esto desemboca en la hipocresía y hasta en el abuso y perversión sexual. ¿No sería mejor que el niño nunca recibiese su educación a base de avergonzarse de todo?

Emplear una educación apoyada en el razonamiento y en el amor propio, incluso: dándole a la educación una denominación anatómica y fisiológica de carácter científico que enmascara la suciedad y porquería de unos datos soeces que puedan querer aclarar lo que es tan importante que el niño tiene que conocer y que le llegará por la perversión de los que no saben más que fastidiarlo.

No debes de hacer esto porque ya eres un hombre o ¡toda una mujer!... Las mujeres no deben educarse porque les pueda dar vergüenza sino porque, por superiores, por admirables, porque tienen que llegar al máximo de la perfección en una entrega hacia una mayoría de edad que todos les pudieran envidiar.

Ya lo creo que los niños son misófilos, sucios, en fin. Pueden gozar con el placer de defecar, incluso cada tres días, en esa fase de perturbación anal por el nacimiento de un hermanito que le robó, de pronto, todas las atenciones, cuidados y ¡hasta caricias!. ¿Te parece poco?

Ese hermanito al que la madre deberá aprender a darle el pecho, a asearlo, en fin, cuidando y procurando que el hermano mayorcito pueda postergarse, es decir sin que este delante o lo esté lo menos posible.

Así será mucho más difícil que pueda surgir el llamado «complejo de Caín». ¿No emplean los adultos pestillo para su higiene íntima?. ¿Por qué no hacerlo para asear al hermanito pequeño?

Esta regla tan sencilla, ¡Cuantos conflictos fraternales podría evitar!

Y así, el niño misófilo puede gozar haciendo todo en si mismo pero no solamente por sucio sino porque se cumple así su venganza subconsciente contra ese hermano menor al que tanto atienden al máximo junto a él.

Hay que contar con esta misofilia y enseñar a los niños a ser limpios, educarles en ese placer que lleva consigo la limpieza, no «por vergüenza», sino porque la limpieza es agradable, es grata y puede dar hasta felicidad, el placer del bien oler, del tacto grato, de la alegría, e incluso, es estupenda la alegría de sentirse limpio y perfumado!

Claro, que los niños se sienten «mirados».

Es que no lo puedo remediar -me confesaba aquella madre-, lo único que quiero es que mi hija no pase por esta vergüenza que tanto me atormenta de ponerme como una amapola cada vez que se fija en mi un extraño o que me presentan a alguien.

Puede ser que el niño o la niña se conviertan en seres huidizos, que apenas si quieren tratar con alguien, temiendo todo contacto social, pendientes siempre del «qué dirán» ajeno.

El exceso de población, para bien o a lo mejor para mal, hace que el contacto ajeno sea cada vez menor, lo que diluye bastante la preocupación por el qué dirán.

Se hace preciso que lleguemos a actuar no por el qué dirán sino por respeto a los demás, casi por obligación social.

Recordemos la afirmación estupenda de GOETHE: «ES FÁCIL TEMER, PERO PENOSO RESPETAR. ES DIFÍCIL, PERO MAS DULCE».

«ANTE TODO RESPETAROS A VOSOTROS MISMOS» nos decía Pitágoras.

Que no cabe la menor duda de que el RESPETO A SI MISMO Y A LOS DEMÁS es, después de la religión, el FRENO MÁS IMPORTANTE PARA EL DESCARRÍO DE LOS INSTINTOS, no dejéis de tenerlo en cuenta...





 

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