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La mala racha es uno de esos nubarrones oscuros que tiñen de gris algunos períodos de nuestra vida. Algunas veces se marcha igual que vino, repentinamente, y uno siente el alivio de ese viento salvador que se la lleva: es un cambio, una sorpresa, una buena noticia. Algo que acaba con la mala racha y la convierte en una pesadumbre efímera, inmediatamente seguida por un suspiro de “ya pasó”. Otras veces pasa mucho tiempo sobre nosotros y parece que se fuese a quedar para siempre, como esos visitantes pesados e insufribles que sabemos cuando llegaron, pero ignoramos cuando se irán.

Pero como todo en la vida, las malas rachas también tienen su parte buena: sirven de filtro catalizador para descubrir con quienes podemos contar y con quienes, no. Son un caudal de sorpresas a este respecto, porque ponen de manifiesto situaciones que siempre se suelen llevar consigo a alguien. A algún hermano, que a fin de cuentas, era una simple unión biológica y no lo sabíamos, o a algún amigo que ostentaba ese título hasta entonces, sin merecer más que un pequeño diploma de conocido.

Pero quizás lo mejor de una mala racha es que nos aproxima y nos conecta con esa persona cercana que solemos tener tan olvidada: nosotros mismos. Una noche contemplamos en el espejo nuestra expresión de tristeza y preocupación, y a la mañana siguiente nos sale una vena de fortaleza -no sabemos muy bien de donde- que nos dice que no estamos dispuestos a rendirnos, que vamos a luchar por nosotros mismos, por reencontrar un trocito de cielo azul. Y entonces tiramos de la carreta de nuestra vida, -a veces pesadísima-, y salimos a la calle, le sonreímos al panadero, miramos al sol para contagiarnos de luz, y esa misma tarde le escribimos una carta a un viejo amigo, y salimos a comprarnos unos zapatos nuevos, o a cortarnos el pelo. Aunque después, cuando llega la noche, de nuevo nos abracemos a la almohada con vértigo, como si nos hubiesen quitando el suelo de debajo.

Las malas rachas nos sirven para distinguir las buenas. Son el termómetro de la vida, el punto de referencia que indica que lo que deseamos está en cualquier otra parte o el cualquier otro momento, y nos impulsa a luchar por encontrarlo, a veces en la esperanza, otras tan sólo en el recuerdo, en esos momentos guardados en la memoria en los que descubrimos que éramos felices, sin saberlo.

Son el espacio y el tiempo en los que aprendemos las mejores lecciones de la vida. ¿Quién no se ha visto transformado después de una mala racha? ¿Después de superar una enfermedad, una merma en nuestra economía, un obstáculo de cualquier tipo?. Las vidas más ricas y profundas están llenas de momentos adversos. Son las escuelas privadas de la experiencia: se paga un precio alto, pero se aprende mucho.

Las malas rachas nos enseñan a apreciar los valores cotidianos que teníamos olvidados. Es como cuando salimos de casa un día en el que todo nos sale mal, -esos días en los que hubiésemos deseado no levantarnos de la cama- y llegamos a casa, miramos nuestras zapatillas con cariño, y un huevo frito con patatas sobre la mesa, un sillón y un buen libro, se convierten en pequeños trozos de satisfacción.

Cuando la mala racha es larga, el ser humano intenta aprender a vivir con ella; se adapta, aplaza sus objetivos o los cambia por otros menos ambiciosos. Con el paso del tiempo se da cuenta de que quizá no es menos feliz, sino que ha ido cambiando el significado del bienestar, hallando la felicidad que está siempre en el interior, que depende más de nuestro enfoque que de las situaciones por sí mismas. Una felicidad que es más un estado que una experiencia y que es posible mantenerla, al margen de muchas de las fluctuaciones de la vida.






 

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