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Decíamos en el artículo anterior que en éste procederíamos a una síntesis concluyente. Pero, más que un resumen, lo que convendría es una visión de conjunto que ahonde y no que repita. La cosmovisión poética no es la acumulación de experiencias tamizadas por un criterio estético o ideológico. ¿Cuántos catedráticos de Estética o de Historia de la Literatura, admiradores de genios (a los que podría tomar como modelos de inspiración) no consiguen trasmitir sus supuestas intenciones de «crear»?

Tampoco sería afortunado considerar como cosmovisión la experiencia de cada día; en todo caso, ésta podría servir de ingrediente, incluso de fermento temático, pero nunca de componente esencial. La emoción -a la que tanto se recurre hoy-, no me parece del todo convincente, pues ella por sí sola no escribiría una obra jamás. ¿No hemos conocido a muchos y muchas amigas de exquisita sensibilidad que han confesado su incapacidad de escribir cinco líneas seguidas?

Entonces, hemos de apelar a un conjunto de factores psicológicos que hacen posible el hecho literario. No entremos en las disquisiciones de su origen; contentémonos con su proyección en el papel. Para mí el principal fenómeno de la cosmovisión poética es la mímesis, vocablo éste de tanta resonancia clásica. En él quiero expresar mi opinión de que el lenguaje es, parcialmente, capaz de imitar la naturaleza, digo parcialmente por lo que tiene el lenguaje de convención frente a la motivación. La mímesis o imitación aristotélica sostuvo la ambición de reflejar en la potencialidades lingüísticas, seres de la naturaleza, así como objetos y hechos sociales (recuérdese la función de la Épica entre los griegos y la posterior emulación romana, especialmente en la época de Augusto).

La fidelidad a lo que vemos y palpamos como fuente de la imitación fue puesta en cuestión por el catedrático inglés Sir Arthur Quiller-Couth en su obra. El poeta como ciudadano. Considera que la traducción tradicional no tiene por que ser la que se ha descrito más arriba, sino que también se podría interpretar como «expresión» o «representación». Si la imitación es entendida como expresión, que es bien vaga, no cabe una divergencia tan absoluta como considerándola una representación sin referente. Si lo que nos representamos difiere de la realidad, ya no hay mímesis estrictamente. ¿Qué le importaba la realidad a un artista de las vanguardias?. En él no había mímesis, sino invención del arte. Su representación lo era de una idea, no de un elemento de lo real; por lo contrario, lo real le sirve de pretexto para una figuración que tiene sus raíces en el inconsciente (recuérdese, por ejemplo, lo onírico como uno de los rasgos del surrealismo).

Si trasladamos nuestro tema a esta cuestión, la cosmovisión del creador no es reconocible, como no lo será posiblemente su comunicación. Si antes teníamos dificultades para identificar los mundos interiores de los artistas, con las vanguardias el problema se complica. Aquí ya a nadie se le ocurre pensar que el arte tenga una función de cara a la gente, a los conciudadanos del artífice con quienes éste convive participando de las mismas preocupaciones. Realmente son pocos los autores que poseen una cosmovisión como fruto de un amalgamiento de sus genuinas capacidades y las influencias de su entorno. Quienes la tienen intentan trasmitirla recurriendo a todas las formas de extrañamiento y expresividad, como se dice en Estilística.

Bástenos con que quien escribe -o pinte, o componga música- nos meta en su mundo con un lenguaje capaz de cautivarnos y retenernos; un mundo «hermético» y encantador, como lo invocaba Ortega para la novela (Véase Ideas sobre la novela. Austral).






 

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