Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces
Juramento de las Cortes

Juramento de las Cortes Constituyentes en la Iglesia Mayor
 de la Real Isla de León. 24 de septiembre de 1810.


Horrible sacrificio de inocentes víctimas en Madrid,
el 2 de mayo de 1808. Grabado. Museo Municipal. Madrid.
 

Fernando VIIEl 24 de septiembre de 1810, en representación del Viejo y del Nuevo Mundo hispano, más de un centenar de diputados juraban, ante el altar de la Iglesia Mayor de la Real Isla de León (San Fernando), lealtad a Fernando VII y el desempeño fiel y leal al encargo que la Nación había puesto en sus manos: constituirse en Cortes generales y extraordinarias, que arbitrasen los medios necesarios para salvar a España de una brutal invasión extranjera y darle, al propio tiempo, una Constitución que fuera base de un nuevo ordenamiento jurídico, superador del ya viejo y anquilosado sistema político, que gobernaba España y las Américas, desde la muerte de Carlos III, con una increíble combinación de despotismo y arbitrariedad, incapaz de llevar a la Nación a la modernidad y a la defensa de su propia integridad.

Desde el 2 de mayo de 1808, los hijos de la gran nación, se desangran en los campos de batalla en lucha denodada por su libertad, en tanto los nuevos tiempos demandan libertades y derechos políticos de una Monarquía que prefiere tener vasallos a ciudadanos. Ese 24 de septiembre, España, en las únicas tierras libres que le quedan: la Isla de León y Cádiz, va a iniciar, en un marco bélico de total ocupación por un ejército invasor, un proceso constitucional, cuya resonancia llegará, por su profundo carácter liberal, hasta los últimos confines del mundo civilizado: Europa y toda la América. El lº de diciembre de 1810, la primera bomba enemiga, desde el Trocadero, estallaba junto a la torre vigía de flotas y galeones, la Torre de Tavira. El pánico se apoderaba de la ciudad a medida que las granadas y obuses franceses retumbaban sobre cúpulas y azoteas. El pueblo huía hacia La Caleta y los campos del Sur, donde los ingleses, siempre enemigos, y ahora amigos, le ofrecía alojo en tiendas de campaña y, sobre todo, el ofrecimiento de que están dispuestos a defenderlos de quien es dueño de la vieja Europa. 

La ciudad está militarizada. Grupos armados circulan por calles y plazas: son civiles prestos a defender al último reducto no invadido por las tropas napoleónicas. Ninguno de ellos escapará a un sobrenombre, que será por el que todos los conocerán: lechuguinos, a los «Voluntarios de Puerta de Tierra», por ser extramuros de la ciudad, lugar de huertas; guacamayos, a los «Voluntarios distinguidos» por los vistosos colores de sus uniformes; perejiles, a los «artilleros de Puntales»; pavos, a las milicias urbanas; cananeos, a los cazadores por sus cintos para llevar los cartuchos. La ciudad, por ventura, no pierde el buen humor, necesaria manifestación con la que dar salida al temor que provoca el ejército de Napoleón Bonaparte, aureolado por sus muchas victorias y contadas derrotas. El 19 de marzo de 1812, onomástica del hermano del Emperador, la ciudad -pese al asedio y al clima adverso- compartirá, con la Isla de León, la alegría por una «Carta Magna» que parece traer libertad y prosperidad para todos, españoles de España y españoles de América. Ese día, día de temporal marceño de un largo y hosco invierno, los gaditanos sufren aguas y vientos al pie de los tablados, en los que los Secretarios de las Cortes leen el gran texto constitucional. Numerosos ciudadanos, prácticamente el pueblo entero, vitorean el advenimiento de la Constitución, hecha día a día por españoles de ambos hemisferios, bien conocidos por haber compartido con ellos año y medio de angustias, miedos y esperanzas, y lo que era más profundo: sus elocuentes discursos en el Oratorio de San Felipe de Neri. 

El asedio durará, prácticamente, treinta meses: será levantado por los franceses el 24 de agosto de 1812. En ese largo período se contaron hasta 15.531 proyectiles sobre zona gaditana, de los cuales 534 dañaron con mayor o menor intensidad sus edificios, aunque no por ello cundiría el desánimo entre los gaditanos y los numerosos huidos de las zonas ocupadas por el invasor. No se abandonaría el desenvolvimiento normal de la ciudad, incluidas las actividades culturales y recreativas, que proliferaron y se hicieron imprescindibles. La Academia de Buenas Letras, fundada por José Joaquín de Mora, Antonio Alcalá Galiano y el Conde de Casas Rojas, continuó con sus actividades hasta 1810 en que hubo de cerrar sus puertas por la marcha de los dos primeros. Entre tanto llegaban a Cádiz, Martínez de la Rosa, Quintana, Nicasio Gallego y el duque de Rivas, enriqueciendo, bajo el estruendo de los obuses, la vida cultural de Cádiz, que ahora más que nunca parecía necesitar de teatros, tertulias y periódicos con los que alimentar un espíritu ciudadano ávido de noticias y angustiado por la guerra que parece no tener fin.

La Escuela de Bellas Artes siguió impartiendo, aunque con alguna mengua, sus clases de dibujo, pintura y grabado, especialmente cuando estuvo bajo la dirección, en 1811, del afamado pintor de historia, José García Chicano. Ramón Solís, estudioso de este período, nos dice que «en los días de las Cortes, el afán de aprender, por una parte, y el respeto por todas las culturas, por otra, hizo que la ciudad se reafirmara en su tradicional culto a la ciencia y al estudio». La Gramática, la Lengua, las Matemáticas, la Cirugía y la Medicina, y el arte de la guerra, estuvieron presentes, como siempre, en ese Cádiz que se obstinaba en no desprenderse de un floreciente pasado como lo había sido en la amplitud y calidad de su comercio; en la especificidad en las ciencias náuticas y médicas, y en el espectáculo teatral. Solís ha recogido la representación de 109 comedias durante el asedio, concretamente desde el 27 de noviembre de 1811 al 29 de diciembre de 1812. Para ese mismo período habría que añadir 90 títulos de sainetes, lo que nos da una idea de la magnífica vida teatral, aun cuando las obras no fueran de relieve.

El diputado por Valencia, Don Joaquín Lorenzo Villanueva, se lamentaba de que «cuando todas las provincias estaban sumergidas en aflicciones y amarguras, los habitantes de Cádiz sólo pensasen en divertirse» (sesión de Cortes de 12/5/1811). Pero no por tanta distracción olvidaba el pueblo sus deberes para con el resto de la Nación: ahí están para confirmarlo las milicias de voluntarios y el dinero que la burguesía mercantil aportaba a los cuantiosos gastos de mantenimiento de los ejércitos. Ahí estaban también, sus honras por los héroes caídos el 2 de mayo de 1808, celebradas en la Plaza de San Antonio, donde la muchedumbre reunida, cantaba el himno al «Dos de Mayo», compuesto por el Duque de Veragua, Don Mariano Colón. O el que ese mismo día por la noche los asistentes al teatro, puestos en pie, haciendo coro con la orquesta y los cantantes, entonaban los «Recuerdos del Dos de Mayo», de Juan Bautista Arriaza, cuya primera estrofa decía:  

!Día terrible, lleno de gloria;
lleno de sangre, lleno de horror!
Nunca te ocultes de la memoria
de los que tengan patria y honor.

Si el teatro fue abundante, no lo fue menos la prensa, que ocupó un lugar destacadísimo al socaire de las Cortes. Ninguna ciudad llegó a sacar tanto número de cabeceras en tan poco tiempo. Si al comienzo de la guerra la ciudad contaba sólo con el «Diario Mercantil», durante el período que nos ocupa, 24/9/1810 a 14/9/1813 (clausura de las Cortes Generales), el número de periódicos llegó hasta 46, aunque muchos tuvieron tiradas muy cortas o tuvieron una vida muy breve. Destacaron el «Comercio de Cádiz», «El Despertador», «El Conciso» ( liberal), «El Censor General» ( absolutista), «El Diario de la Tarde», «El Redactor General» y el «Semanario Patriótico». En ellos escribieron los diputados, tanto peninsulares como americanos, dando a la vida intelectual y política una resonancia tanto local como exterior, como nunca se había producido en la historia de la ciudad. Cádiz, curiosamente, desarrolló en tiempo de guerra y asedio, un denso panorama cultural gracias a la diversidad de personajes y de ideas que en él, por la fuerza de las circunstancias, se dieron cita, multiplicándose las tertulias para todos los gustos: liberales, serviles, eclesiásticas, etc. Sólo en una ciudad tan receptiva como Cádiz, podían darse tantas facilidades para hacer posible todo lo que hemos relatado muy brevemente.

La Constitución de Cádiz nació, es obvio, de las mentes de los diputados, pero creo no equivocarme, que el espíritu liberal de la ciudad, formada en aquel tiempo por vecinos y forzados forasteros, contribuyó, en buena medida, a que fuera, como realmente fue, una Constitución adelantada para los años de guerra y conflictos en los que se redactó.







 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep