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Hace algunos días, alguien me pasaba unos folios obtenidos de Internet. Me aconsejaba que los leyera, que me iba a gustar lo que allí quedaba escrito. Rápidamente se puso en marcha mi curiosidad, doble por cierto: lo de Internet -yo que soy ignorante en estos asuntos- no deja de dejarme perpleja y expectante ante lo que por esos medios se puede encontrar; y por otro lado, el intuir que todo aquello tendría que ver con la literatura me hizo aparcar momentáneamente mis ocupaciones y ponerme sin más a leer. 

Y, lo confieso: esos papeles lograron que una emoción especial me recorriera de parte a parte. Leí y releí el texto, contagiada de ese sabor humano y verdadero que desprendía.. Se trataba de una carta de Gabriel García Márquez, a través de la cual el escritor se despedía: su enfermedad le llevaba a decir adiós a sus amigos, y había decidido hacerlo de este modo.

Efectivamente, repito, la verdad y la humanidad de esa carta me emocionó. García Márquez, en un arranque de confesión absoluta, nos hablaba de su adhesión a la vida, de todo lo que había aprendido de ésta y de cuantos la habitan. Ahora que los días se le acortan hace un recuento de todo lo aprendido, de todo lo que haría y dejaría de hacer si tuviera más tiempo: «Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan. Dormiría poco, soñaría más: entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz. Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen. Escucharía cuando los demás hablan, y, ¡cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate! Si Dios me obsequiara un trozo de vida vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando cubierto, no solamente mi cuerpo, sino mi alma.»

Hoy, en estos tiempos de materialismo y prisas, necesitamos más que nunca voces como éstas, como las de Gabriel: voces que nos hablan con vehemencia de valores verdaderos. Vamos tantas veces con la venda en los ojos y en el alma, que olvidamos el sentido último de nuestra pasajera estancia aquí. Él, sin embargo, nos habla de andar, de despertar, de escuchar, de sencillez, de alma. No sé hasta que punto se ha dado cuenta de la hermosura de sus palabras y de cuánto bien nos hacen. No sé hasta qué punto sabe que nos ha provocado maravillosamente. Pero lo ha conseguido: yo al menos ahora sé de que manera ha logrado ser persona en su paso por el mundo: «Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida... No dejaría pasar un solo día sin decirle a la gente que quiero, que la quiero.»

Y quizá por todo lo hermoso que nos deja, no entiendo las últimas palabras de su carta: «Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes... Pero realmente de mucho no habrán de servir, porque cuando me guarden dentro de esa maleta, infelizmente me estaré muriendo».

Desde aquí, humildemente, le grito que sí, que cuanto ha descubierto nos sirve a todos, a él y a nosotros. Nada se pierde definitivamente, y más cuando lo que se ha ganado es el entendimiento y la sabiduría plenas. Y lo mejor de todo es que el tesoro descubierto ha sabido generosamente comunicarlo. Gracias por tus palabras, por tu legado de humanidad y por dejarnos el reto de querer aprender, como tú, a vivir.







 

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