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Juan Mena, poeta, profesor y ser humano entrañable, vuelve a acercarse a nosotros con un nuevo libro: Erytheia o versos de circunstancias elegidas. Y yo, que admiro profundamente a este señor de las letras desde hace mucho tiempo, vuelvo a sentir, utilizando uno de sus versos, que «todas mis raíces se han puesto boca arriba» para tocar la lluvia de su palabra.

Juan Mena nos ofrece en ésta su última obra una sucesión de estampas de su vida y de sus circunstancias, de lo universal y de lo cotidiano. Él, poeta en el mundo y observador de lo minucioso, capta a modo de instantáneas su interior y el interior de cuanto le rodea. Y, en el centro, San Fernando: desde su tierra y con ella nos ofrece el latido arrancado de unos recuerdos y de unos pensamientos enredados en la nostalgia. Porque, efectivamente, «la playa interior de la memoria» es quizá el arma más exquisita con la que bucear por sus adentros: «...tan sólo me responde el río etéreo de las músicas de entonces rasgando con su lengua por mis sienes la delicada piel de la nostalgia.»

Emociona sentir la emoción de un poeta sacudido por el mar, por el canto de un jilguero, por un amor incumplido. Se enternece el corazón ante la ternura de un hombre que evoca sus «soledades de fondo», su desidia para «hacer trizas la hiel de la rutina y en mis alrededores ser viajero». Y uno, enseguida, se da cuenta de que el refugio del poeta no es sino aquél que él mismo describe con detalle: «Que el sol de amanecida persianas acaricie y meta por el cuarto mariposas doradas, y la brisa, o la tarde, cuando le dé su sombra, ponga sones de flautas en la blanca azotea, y la luna, de noche, derrame sus monedas de aluminio, y se oiga como lluvia sonámbula.»

El goteo hermoso del decir de Juan Mena caía tiernamente en quienes sabemos meternos en ese cuarto de mariposas doradas, refugio en el que observamos a un poeta ensimismado en las escenas humanas y costumbristas de su ciudad; empapado también en ocasiones de un humor irreductible; conquistado siempre, cómo no, por la amistad y la admiración, y de ahí sus homenajes a Julio Mariscal, Luis Berenguer, Camarón... Versos blancos, sonetos, liras, romances, décimas, etc., conforman con pulcritud y elegancia esa piel formal adosada a los decires del autor. Pulcritud y elegancia que no sólo empapan los versos, sino también la prosa de la que Mena no se olvida y que viene a culminar el sentido unitario del libro.

Quienes gozamos con la buena literatura estamos, sin duda, de enhorabuena. Yo, sinceramente, le doy a este escritor de nuestra tierra las gracias por este material que, elaborado a lo largo de una serie de años, sale ahora a la luz debido, quién sabe, a unas circunstancias elegidas.







 

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