Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


Hoy quisiera contarles una pequeña historia de alguien de mi familia y de una odisea. Les voy hablar de mi tío Domingo, un hombre considerado por todos como un fuera de serie y un valiente y arriesgado marinero.

Mi abuelo, al que llamaban «Domingo de Donda» tenía un barco llamado «El Joven Beatriz», considerado el orgullo de la flota de Barbate por ser el más grande y, como decían, «el más marinero». Lógicamente, mi tío Domingo era su patrón.

Con 16 años le dijo a su padre que quería ser marinero e ir a la mar con él. Éste le dijo que no, que la mar era muy dura y que prefería que estudiase. Pero su pasión era la mar, y como era de ideas fijas, un buen día, se escondió en el tambucho (debajo de una litera) y cuando mi abuelo lo descubrió ya estaban en alta mar. En ese momento comenzó su vida de marinero hasta el día de su muerte.

Su mayor hazaña -y motivo de este recuerdo- ocurrió cuando en el pueblo, Barbate, empezó a faltar el pescado, no se sabe por qué, pero los barcos regresaban cada vez con menos capturas.

Él sabía que en la zona de Sidi Ifni había bancos de peces aún por descubrir. Era una empresa arriesgada, pues suponía ir a la aventura sin saber a dónde en concreto. A pesar de todo decidió partir con sus, más o menos, 36 tripulantes, entre los que también iba mi otro tío, Juan.

Un buen día, más o menos al mes de su salida, se perdió el contacto con ellos. Pasaron muchos días y, como continuaban sin saber nada del barco, les dieron por perdidos. En la casa de mi abuelo todo era desesperación, la gente se reunía allí a la espera de alguna noticia. Y así, día tras día, hasta que pasaron unos tres meses. Ya tenían las esperanzas casi perdidas, ningún barco les había visto, ninguna emisora había tenido contacto con ellos, nada, no se sabía nada de ellos, estaban definitivamente perdidos. Durante todo ese tiempo mi familia no perdió las esperanzas, así que permanecían pegados a la radio, noche y día; en la casa casi ni se dormía, siempre junto a la radio; mi abuelo se resistía a creer que hubiera perdido a sus dos hijos.

Mi tío contaba que en el tiempo que estuvieron perdidos sufrieron el azote de varias tormentas, hasta que en una de ellas acabaron navegando a la deriva y con la radio averiada. Lo pasaron muy mal y varias veces creyeron que el barco se hundía, que les había llegado el final.

Según contaba la tripulación, ese hombre estaba hecho de otra madera. Porque, incluso cuando las olas pasaban por encima del barco y todos estaban tan asustados, él intentaba animarles, gritándoles y con una sonrisa les decía: «no apurarse que no nos hundimos, que esto es un mercante».

Contaba que en la última tormenta que sufrieron, y que fue la peor, la más fuerte, uno de los marineros no paraba de gritar y suplicar a la Virgen del Carmen que les ayudara, que les salvara de aquello. El pobre hombre gritaba y gritaba aterrorizado, llegando casi a la desesperación, y en un ataque de rabia se quitó el escapulario de la Virgen del Carmen que llevaba al cuello y lo tiró al mar. El escapulario, aunque parezca increíble, se mantuvo cerca del barco durante mucho tiempo, incluso, lo podían ver entre las olas; se hundía y volvía a la superficie, una y otra vez. El pobre hombre al ver aquello se dio cuenta de lo que había hecho y, lleno de arrepentimiento, quiso tirarse al agua a buscarlo. Entonces, mi tío lo sujetó diciéndole «no te tires, que ella nos va a salvar»; y dicho esto -y según corroboraron todos-, de repente la tempestad empezó a calmarse. Ellos creyeron, y estaban totalmente convencidos, de que había sido un milagro de la Virgen del Carmen el que la tormenta de pronto amainara, y así era como lo contaban.

Mientras tanto, en la casa de mi abuelo todo seguía igual, hasta que, de repente, una noche sobre la una de la madrugada, el silencio se rompió con una voz entrecortada que salía de la radio y que decía: «Atención, atención, aquí el "Joven Beatriz", vamos navegando sin novedad, todos estamos bien. No tenemos agua, ni tampoco comida, pero estamos bien; estamos pasando por Sidi Ifni. Tardaremos unos cuatro días en llegar a casa». Imagínense la revolución que se formó. ¡Estaban vivos!

El día que llegaron el pueblo entero salió a recibirles. Desde la misma playa se podía apreciar que el barco venía cargado de pescado, nada más que se le veía «el cintón». Lo habían conseguido. Por fin estaban en casa, sanos y salvos, y habían conseguido el éxito en su odisea, habían encontrado lo que iban buscando, los bancos de peces para la salazón.

Cuando arreglaron el barco y todos se recuperaron de tan difícil aventura partieron de nuevo, pero esta vez no iban solos, sino guiando a los demás barcos.

Toda esta hazaña queda plasmada un la coplilla que uno de esos marineros -el Pipe- escribió y que comenzaba diciendo: «Joven Beatriz, tu eres valiente, lo mismo que tu patrón...».





 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep