Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Era uno de esos días en los que el ser humano tiene la osadía de cuestionarse todo lo que sucede a su alrededor. Muchas veces, Lela se daba cuenta de que llegaba a atormentarse en balde porque la mayoría de interrogantes que se planteaba no tenían ninguna respuesta y era absolutamente imposible encontrarles un sentido. Pero, lo cierto es que no lo podía remediar, y lo tenía asumido como uno de los rasgos más marcados de su carácter.

Esa noche, hacía dos minutos que estaba en la cama y como le era imposible en esas circunstancias estar relajada sin pensar en nada, se dispuso a elevar al cielo la oración que repetía todas las noches desde niña. Era su Padre Nuestro que, fuera de la ceremonia ritual carente de significado en que llegaba a convertirse casi todas las noches, en esos debates internos, adquiría un significado muy especial. Eso llegaba a ser hasta su oración, un debate muy trascendental que lo que intentaba era encontrarle un sentido a su vivir.

Cerrando los ojos, comenzaba en su pensamiento: «Padre nuestro que estás en el cielo...» -tiene guasa que seas padre de todos con lo diferentes que somos y los canallas que hay. Aquí solemos decir que cada uno es de su padre y de su madre porque nacemos en muy diferentes circunstancias. Estás muy lejos, en los cielos. La suerte la tuvieron los israelitas de antiguo que te tuvieron en la tierra, aunque si ellos llegaron a matarte nosotros, por lo menos, te meteríamos en un manicomio. Quizás debe ser, que imaginamos muy lejos tu cielo y te apartamos de nosotros. «Santificado sea tu Nombre... -porque bendiciendo tu nombre es como únicamente podremos sentirnos llenos.

Nosotros creemos que es más satisfactorio postrarnos ante el dinero y la vida fácil. Así nos va, sólo santificamos lo material. «Venga a nosotros tu reino...» -porque si tú eres amor, qué bien se debe estar en tu reino ¡el reino del amor!, que yo ya estoy harta de vivir tanta ruindad. «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo...» -a mí me parece que esta parte de la oración expresa deseo, no entiendo yo a los que dicen que todo pasa si Dios quiere. Yo creo que tu nos diste libertad para vivir según nuestro libre albedrío y nos estamos cargando este «tinglao» porque hacemos caso omiso de tu mensaje. Mucho decir que deseamos vivir según tu voluntad y, luego, olvidamos tus enseñanzas a la primera de cambio. ¡Qué duros somos de mollera! «Danos hoy nuestro pan de cada día...» -porque con nuestro pan se muere más de la mitad de la humanidad y la otra mitad tiene hambriento el espíritu. «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden...» -pues anda que no lo pusiste difícil. ¿Cómo voy yo a perdonar al caradura de Perico que me falta tanto el respeto o a la soberbia de Conchita que se cree superior a todo el mundo? Pensándolo bien, me doy cuenta de que esto sólo me hace albergar odio y rencor en mi corazón y se me levanta hasta la bilis cuando tengo que dirigirme a ellos, pero no lo puedo evitar. «No nos dejes caer en tentación...» -aunque, no es por nada, pero el mundo pinta con mucho arte algunas cosas que no se deben hacer. La tentación suele llamar más la atención del mundo de los instintos, que es por el que nos enseñan a caminar y, aunque se diga que el ser humano ha superado el universo instintivo, necesitamos una ética que guíe nuestra vida. Si asumiésemos esto, podríamos conseguir la felicidad. «Y líbranos del mal. Amén.» -¡Uy, Señor!-, sólo quiero que me libres del mal que me perjudica, no del que saco provecho. Aún no consigo borrar de mi memoria los pisos defectuosos que vendimos a aquella pobre gente, y es que una, ¡encima!, tiene conciencia, y uno con conciencia no debía hacer cosas de esas porque luego pesan sobre ti toda la vida. Y tú, ¿cómo vas a apartar de nuestra vida todo el mal que hay en el mundo? ¡Ni aunque me hubiese metido en un convento! Pero, el caso es que me gustaría sentir tu paz aunque fuera en los pocos días que me quedan de vida.

Cuenta mi amiga Purita que ha leído que cuando uno se muere, en el instante de expirar, pasan los momentos más significativos de tu vida por tu memoria como en una rápida película. Yo creo que mi película no será muy amarga, tampoco una ha sido tan «jodía». A no ser que tú escacharres mi proyección y me pases una vez tras otra los techos defectuosos de aquellas viviendas. También he hecho mucho bien, y me has hecho sentir la felicidad. Porque hay que ver lo bien que me sentí aquella Navidad que celebré con esos niños tan faltos de cariño, que hicieron llorar hasta a mi marido, o cuando llamaban urgentemente del Policlínico y donábamos sangre para los que la necesitaban en ese momento. De mis limosnas ni te quiero hablar, comprendo que no es mucha caridad dar de lo que a uno le sobra, pero al menos algo he compartido. Quizás no me haya esforzado demasiado, pero tan mala no he sido...

Tras un par de horas en una íntima y afectiva oración con el Señor, la señora Lela entraba en un apacible sueño después de haberse autoconvencido, con la experiencia de sus ochenta y tres años, de que ella... tampoco había hecho tanto mal.







 

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