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Hay muchos ámbitos en los que hablar de la muerte no es de mal gusto. Así, por ejemplo, en medicina, en religión, en las funerarias, en historia, en filosofía... Sin embargo, nuestra época elude tan escabroso asunto todo lo que puede. En efecto, hoy se rinde culto a la juventud, la gente prefiere esparcir sus cenizas que pudrirse en una tumba y a los muertos se les llama «desaparecidos». Por eso habrá que empezar por justificar la oportunidad del tema. Habrá que preguntarse por qué hay que pensar la muerte y no más bien evitar mencionarla, como hace todo el mundo. Veamos.

Hablar de la muerte es hablar del misterio de la vida. La muerte es el espejo en donde se mira la existencia. Es la meta de todos los pensamientos verdaderamente transcendentales. Seguramente es el lugar en donde los individuos se encuentran más solos. Es el origen de todas las fobias, de todos los miedos, de todo sufrimiento y de todo el mal que hay en el mundo. La muerte es negación de la vida y, no lo olvidemos, nosotros somos seres vivos, es decir, que la muerte es el enemigo universal. La muerte es dolor, mientras que a nosotros nos va más el placer. La muerte es lo que nos hace humanos, esto es, débiles pero inteligentes, pues los animales, aunque también se mueren, no viven sabiendo que deben morir. En cambio nosotros... quizá en los primeros años, nos creemos inmortales o, mejor dicho, ignoramos nuestro estatuto de moribundos pero, tarde o temprano, nos damos cuenta de que estamos aquí de prestado y nos preguntamos «¿por qué?», «¿para qué?», «¿hasta cuándo?». 

En conclusión, la muerte es, sobretodo, una cosa: es la gran maestra de la que todos debemos aprender. Aprender a vivir. Por todo ello, no veo cómo puede ignorarse un tema como la muerte. Pero realmente, ¿hay alguien que no piense en ella todos los días? Veamos.

No pensará normalmente en la muerte todo aquel que no piense normalmente en sí mismo y en su vida. Quien no dialoga consigo mismo, difícilmente caerá en la cuenta de que la muerte está ahí, a la vuelta de la esquina. Quien tiene un trabajo absorbente y/o quien sufre la perenne urgencia de pequeños quehaceres domésticos, no tiene tiempo ni de pensar en sí mismo. Quien aprovecha los momentos muertos para matar sus pensamientos frente a una novela o la televisión o el cine o el cubata o los juegos, tampoco pensará en sí mismo, ni en la muerte. Bueno, no pensará en nada de nada. ¿Cuáles son los hobbies de la juventud? Ropa, música atronadora y alcohol. ¿Para qué? Pues, para embotar la mente y dejar de pensar en los estudios, el trabajo, los padres, el paro, el poco dinero o los conflictos sentimentales. Incluso iré más allá de lo prudente, y diré, que la gente que nos rodea sirve para mantener ocupada nuestra atención fuera de nuestros asuntos. Quizá por eso algunos son tan chismosos con Rociito y la familia Real, y los rollos esos que están todo el día en la tele. Pero si todo esto es lo cotidiano, si tan difícil es a veces pensar y si tanto empeño ponemos en evitar el momento de hacerlo, ¿cómo nos vemos un día enfrentados a nuestra vida, a nuestra muerte? Veamos.

De vez en cuando ocurre que tenemos que dar un pésame. También alguna vez que otra nos lo dan a nosotros. En estas ocasiones lo que es importante sale a la luz y todo lo accesorio, es ahogado por un súbito resplandor. El resplandor que la muerte lanza sobre nuestras vidas, iluminándola por entero. En ocasiones despertamos del sueño de los días normales y el tiempo recupera una dimensión humana. Y pasan lentas las horas en las pensamos en ese alguien cercano a nuestro corazón, alguien que no está respirando a la vez que tú, que no existe ya. Ves que su vida se truncó. Y ves cómo la tuya, algún día, también se truncará. Y enseguida volvemos a narcotizarnos en conversaciones sobre temas insulsos que, de forma espontánea, surgen por doquier. Así recuperamos algo de la normalidad vital que cotidianamente nos ocupaba. Luego, durante el resto del día y también justo antes de acostarnos, repasamos lo que la luz de la muerte nos enseñó, reflexionamos sobre nuestra vida y nos dormimos.

En otras ocasiones no hace falta que se muera nadie. Simplemente nos encontramos mal, o tenemos un accidente, o un susto, o algo pasa de modo que caemos en la cuenta de lo vulnerables que somos, de lo vivos que estamos y de lo muertos que estaremos.

Sea como sea, lo cierto es que la muerte llega a ser un reto para nuestro intelecto en alguna ocasión que otra. A veces la muerte se nos cuela en la vida y exige de nosotros que adoptemos una salida a su imperiosa presencia. Y entonces... ¿qué hacemos entonces? Bueno, por lo que yo sé, uno puede adoptar cinco actitudes posibles ante la muerte. Éstas fueron descritas por el difunto profesor de filosofía José Luis Aranguren, en el último capítulo de su Ética. Veámoslas.

1.- La más frecuente es «la muerte eludida», que consiste en tratar de no pensar en ella, de no preocuparse por ella. Se piensa en la muerte como enemiga de la vida.

2.- También es muy común la «la muerte negada», que consiste en quitar gravedad a al muerte al considerarla como un simple pasaje: pasar por la muerte es como pasar por una puerta. La muerte queda reducida entonces a una mera ilusión.

3.- Sería el intento de «apropiación de la muerte» del filósofo alemán Martin Heidegger. Éste distingue entre la muerte como hecho y la muerte como preocupación o cuidado. En virtud de esta segunda dimensión, el hombre anticipa su muerte y así tiene existencialmente por anticipado su ser total. Sólo entonces nos volvemos libres para la muerte. La muerte queda, así, plenamente interiorizada. La muerte se convierte en acto humano, en acto libre.

4.- «La muerte buscada» esa actitud que describió Sigmund Freud, y que consiste en el impulso de muerte que anida, junto al impulso erótico, en los sótanos de la conciencia del hombre. Se piensa que la muerte es lo contrario de la vida, como en la primera actitud, pero también tiene lugar una especie de impulso necrófilo que, siendo irracional, no deja de ser un intento de apropiación de la muerte, como en la tercera actitud.

5.- La «la muerte eludida» es la actitud que mantuvo Jean Paul Sartre frente a la muerte. Para este pensador francés, la muerte es ante todo la aniquilación de todas mis posibilidades existenciales. La nota básica del hecho de la muerte es, piensa Sartre, su exterioridad, su contingencia, su azarosidad. Concluye que la muerte no es, ni puede ser, parte de la estructura de mi vida porque, para uno mismo, la muerte es simplemente absurda.

¿A cuál de ellas se apunta usted?





 

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