Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces

Estaba al borde de sus fuerzas y un frío puntiagudo y húmedo comenzaba a meterse hasta el fondo de sus huesos. Sus labios estaban salados y, desde hacía unas cuatro horas, sus brazos tenían tantos calambres que había desistido siquiera de coger los remos. La noche caía plúmbea y cerrada sobre su barquichuela que se balanceaba entre los rizos de las olas escasas. Se dejó caer, y un sueño, o un desvanecimiento de cansancio y hambre, le envolvió dándole cobijo en el fondo de la barca...

No había sido fácil hacerse con una barca lo suficientemente preparada para intentar cruzar el Estrecho rumbo al Sur. En Zahara los pescadores le habían mirado con ojos de sorpresa, y en Los Caños aquel pescador jubilado, con todo el Atlántico en las arrugas de sus manos, le había dicho, con una sonrisa pícara, mientras se terminaba su “fino” con olivas:

 -Mire usted, compadre, lo normal es irse “al otro lado” para comprar la patera y hacer el negocio...

Estaría preguntándose, seguro, qué haría allí Carlos, con sus 26 años y su cara de turista bien nutrido, metido en el dudoso negocio del paso del Estrecho. Al final, un compadre de la Barrosa le había sableado convenientemente, y, a muy temprana hora, le había dejado la barca, con sus remos antiguos y su viejo y usado chaleco salvavidas, a la altura de la Loma del Puerco, casi ya donde comenzaban los lujosos chalets de Roche.

Al principio todo había sido más bien cómodo, lúdico incluso, ya que la música de Serrat y esa idea que le animaba le fueron meciendo al compás de las suaves olas del mar y del acompasado esfuerzo de los remos. Cuando la comida y el agua comenzaron a escasear, la música se fue convirtiendo en casi una pesadilla que empezó a diluirse con las primeras oscuridades de la tarde que iba extendiendo su manto oscuro y amenazador en un inmenso horizonte de aguas y estrellas.

Llevaba tiempo, desde los altercados de El Egido exactamente, con esa idea metida entre pecho y espalda: quería conocer, in situ y en sentido contrario, las experiencias de los emigrantes sin papeles que se jugaban la vida atravesando el Estrecho para encontrar un mundo mejor.

Ahora era él, joven y con su licenciatura en Biológicas recién estrenada, el que se lanzaba, solo con su pasaporte y sus ideas, a cruzar la franja estrecha de mar que separaba África de Europa, pero de Norte a Sur, de opulencia a pobreza, de vuelta hacia la nada...

Cuando se despertó había 20 ojos que escudriñaban interrogantes su figura tendida en un camastro, con olor a orines, de una gendarmería de Zeluam. De pronto los ojos se animaron y vio cómo 10 labios se movían al unísono emitiendo palabras que llegaban amortiguadas a sus oídos desperezados y que no entendía. Intentó levantarse y no tuvo fuerzas. Las palabras extrañas empezaron a llegar como gritos agudos y altisonantes a su cerebro. Quiso decir algo, pero su garganta estaba pastosa, y solo pudo musitar que le trajeran un poco de agua. Nada. Los gritos extraños retumbaron de nuevo, extraños, en su cerebro. De pronto, la paz... Una voz entendible que le decía:

-A ver, “paisa”, ¿qué vamos a hacer contigo?

Era una figura cetrina y seria, con el pelo tremendamente rizado, el que había conseguido calmar el griterío, y ahora se dirigía a él con cierta dosis de amabilidad. Parecía un sargento de origen rifeño y hablaba un castellano bastante aceptable.

-Un poco de agua, por favor -insistió, balbuceante, Carlos.

Mientras bebía a sorbitos el agua, lo que le pareció un manjar de reyes, volvió a escuchar a su interrogante:

-¿Qué vienes a hacer aquí, “senior”?
-Nada, amigo, solo quiero trabajar en África -dijo Carlos que empezaba a reponerse.
-¿En patera? -preguntó el sargento mientras imponía silencio al resto de los gendarmes.
-No se me ha ocurrido un modo mejor, lo siento -respondió Carlos, que ya se había hecho dueño de la situación.
-Nosotros no tenemos inmigrantes, “paisa”. Nosotros sólo tenemos emigrantes, -comentó irónico y amargo el sargento.
-Pues ya tenéis uno -dijo Carlos aceptando el reto-. De todas formas, sargento, mi intención es trasladarme a Dakar...

Estuvo dando tumbos por distintas comisarías entre Zeluam y Nador donde, entre intrigados e incrédulos, le habían sometido a docenas de interrogatorios. Nadie aceptaba que, simplemente, Carlos quisiera trabajar como un inmigrante más en África. Nadie podía comprender que un joven biólogo de la Europa cómoda y desarrollada se hubiera atrevido a meterse en una patera y a hacer el camino de retorno sin ninguna otra motivación oculta. En los 10 días que pasó en los distintos calabozos fue acusado de casi todo: de sicario a sueldo del capitalismo sionista, de negociante de emigrantes, de correo de la droga, de provocador político, de elemento altamente peligroso y desestabilizador de pueblos en desarrollo... Todo antes que admitir una simple y evidente realidad: la de alguien que quería vivir en carne propia el reflujo de la emigración con toda su carga de tristezas.

Una mañana le devolvieron el pasaporte y le dejaron marchar, sin dinero y con las fuerzas justas para caminar sin caerse. Había conocido ya la experiencia de ser un proscrito en una sociedad hostil y ante unas fuerzas institucionales que siempre le trataron con recelo y sin respeto, y ahora se disponía a experimentar, inevitablemente, la agonía de ser y sentirse un extraño cultural e idiomático en una sociedad civil que se protegía ante la duda y ante la diferencia.

Pasó días mendigando cerca del puerto de Nador, haciendo de estibador por horas y por un plato de comida, para los barcos que cargaban mercancías con destino a distintas partes del mundo. Todos le temían: unos por miedo, y otros porque la sorpresa y la ignorancia les hacían ponerse a la defensiva, como a un pobre enfermo contagioso al que nadie se atreve a ayudar por miedo al contagio.

Solo Mimoun le brindó su humilde casa y su no menos humilde comida. Mimoun era un rifeño paciente y cariñoso que había estado 5 años viviendo en distintos pueblos de España y recordaba sus pesares y sus agravios. Quizá por eso ahora se tomaba el desquite afectivo con aquel ciudadano de la Europa feliz, al que no hacía ninguna pregunta...

Al poco tiempo Carlos se coló de polizón en el Aboukader, un carguero de caolín de bandera nigeriana que tenía destino en Dakar. Nadie se percató de que un polizonte blanco y educado estaba en las bodegas de aquel barco haciendo ímprobos esfuerzos para soportar la travesía de siete días con apenas una cantimplora de agua y cuatro trozos de carne salada que su amigo Mimoun le había ido dejando para la cena los días anteriores.

Al quinto día Carlos creyó que en aquella bodega de aquel carguero terminaban sus ansias revanchistas cuando una enorme tiritona, acompañada de vómitos y diarreas, se apoderó de todo su cuerpo. Estuvo a punto de intentar salir para pedir ayuda, pero era consciente de que las consecuencias que esto habrían podido ocasionar hubieran sido incontrolables, y optó por aguantar el tipo bebiendo agua a sorbitos constantes, y quedarse inerme en posición fetal, sin mover un solo músculo de su cuerpo, y rodeado de todos sus excrementos. Esta vez el destino se puso de su parte y a las 12 horas cesaron los vómitos, las diarreas y las tiritonas, aunque su aspecto era tan lamentable, y sus fuerzas tan exiguas, que se pasó los dos días restantes sin moverse de su rincón, y solo bebiendo, de tiempo en tiempo, pequeñas cantidades de agua.

Al fin, un día notó como las máquinas primero se tornaban más tranquilas y luego se paraban. ¡Había llegado a Dakar! Una luz cegadora inundó su cuerpo cuando se abrieron las grandes compuertas de la bodega del buque. Fue como la puntilla, en segundos perdió el conocimiento y todo se hizo, a pesar de la claridad, negro y profundo...

Cuando volvió en sí estaba en una gran sala de un hospital atendido por unas jóvenes de piel muy negra y muy blancamente vestidas. Tenía un gotero en cada brazo, y apenas notaba la existencia de su cuerpo. A lo lejos, como en un sueño, le pareció escuchar, en francés, algo que parecía referirse a su persona: un médico hablaba con una joven enfermera, y le pareció entender algo sobre deshidratación y malaria. También pudo escuchar, algo después, una palabra que conmovió todo su ser: «police». No, no estaba preparado para soportar de nuevo interrogatorios sin sentido, y horas y horas de respuestas no entendidas y de miradas extrañas.

Aquella noche, cuando todos dormían, aparentemente, tiró suavemente de las agujas que asaeteaban sus brazos, puso el esparadrapo que las sujetaban a su piel directamente sobre ella para cortar la hemorragia, tomó prestados un viejo pantalón y una raída camisa que su vecino de cama tenía junto a su mesilla, y abandonó sigilosamente el hospital. Aunque era muy tarde, las calles que circundaban al centro hospitalario de Dakar eran un hervidero de gentes paupérrimas y silenciosas que vegetaban por los rincones. Se sentó junto a un grupo de personas que compartían un pedazo de pan y un cuenco de arroz con algo que parecía ser carne, y extendió sus manos en señal de súplica sin decir nada. Estaba a punto de desmayarse de nuevo, y todo empezaba a descolocarse en su cerebro. Notó cómo algo le golpeaba suavemente en un brazo, y vio cómo una escudilla de arroz, con carne y un trozo de pan, le era ofrecido en silencio por uno de los hombres que estaba a su lado.

Al mes de la desaparición de Carlos, su familia recibió una carta matasellada en Dakar, Senegal, que decía:

«Queridos padres: siento profundamente la enorme intranquilidad y pena que mi desaparición os ha tenido que provocar durante todo este tiempo. Os pido perdón. Estoy razonablemente bien, y vivo en Dakar, la capital de Senegal, donde intento abrirme camino como un vulgar inmigrante.

Ya sé que os estaréis preguntando qué razones podría podía tener yo para desaparecer sin decir nada, y, sinceramente, me es muy difícil explicároslo, sólo os puedo decir que necesitaba perentoriamente sentir en carne propia, qué sienten miles de personas que arriesgan su vida, su lengua y su cultura, por intentar vivir más dignamente una vida que la mala suerte o la desvergüenza del mundo y sus dirigentes les han negado al nacer.

Intentar entenderlo, y, por favor, no me busquéis. Yo continuaré estando en contacto con vosotros. Os quiero. Carlos.».






 

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