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Volviendo a nuestro relato. Al estar ante el establecimiento, pensé en la conveniencia de dejarle el número de nuestro teléfono, para cuando tuviese un cachorro parecido al que tanto nos había interesado no dejaran de llamarnos. Una vez anotado en su agenda nuestro número salimos con el corazón lleno de esperanza.

Nunca como en aquella época estuve tan atenta al timbre del teléfono, pero nada, a un mes le sucedía otro y no llegaba la feliz llamada. Hasta que un día al cabo de los cuatro meses, éste sonó para notificarnos la esperada noticia. Recuerdo que incluso acudí a la llamada con fastidio, porque esa tarde estaba en reunión con unos amigos. Cuando solté el auricular mi cara debió reflejar inmensa alegría, ya que todos me lo notaron. -¡Por fin!, me acaban de anunciar que mañana nos envían un pastor alemán -dije en el paroxismo del alborozo-. Lo que no me gusta mucho es que tenga cuatro meses. -Salvador, ¿no te parece algo mayor? -esperemos a verlo-, me contestó.

A la mañana siguiente, sobre las doce, suena el timbre del portal, al oír un simpático ladrido me levanté de un salto casi acrobático y, sin ningún temor, abrí de par en par. ¡No, no puede ser! me digo cuando veo al perro. -Si tiene la misma cara de aquel que me cautivó. ¡Dios mío, cómo se parece! ¡Pero qué grande es! ¿Me querrá? Todo esto y mucho más me preguntaba en tropel a mi misma. De pronto el cachorro me miró con sus ingenuos ojos, y vi tanto amor en ellos, que me estremecí. Como si hubiese comprendido las dudas que me atenazaban, se acercó zalamero prodigándome besitos y saltos. ¡Aquello era inaudito! No podía creerlo pero tenía que rendirme a la evidencia. Al animal indudablemente le caí bien a primera vista. Con enorme intuición comprendió que su suerte se la estaba jugando en aquel momento y que de su comportamiento dependía su futuro y, sin lugar a dudas, supo sacar partido de su encantadora «personalidad».

Automáticamente se estableció entre los dos una corriente de comprensión y cariño que el tiempo consolidó. Con expresión feliz, le dije al chico que me lo había traído: -déjalo hasta que venga mi marido y ya él decidirá.

Ni un momento el animal se mostró triste, ni siquiera extrañado por la nueva casa, la correteó toda saliendo por último al espacioso jardín, momento que yo aproveché para que hiciese «pis», recibiendo su primera lección educativa. Mientras exploraba el terreno, me hacía algunas preguntas: ¿cómo se llamará? ¿quienes habrían sido sus dueños? ¿cómo es posible que ya no lo quieran? Todas estas preguntas y muchas más me las estuve haciendo hasta que llegó mi marido. El recibimiento que a este le hizo fue verdaderamente apoteósico, como si de su auténtico dueño se tratara.

Resultaba incomprensible, por lo que se quedó al igual que yo totalmente prendado de su enorme simpatía y de su belleza, pues era un sueño de bonito. -Pero Inés, me dice, si se parece enormemente a aquel cachorrín que tanto nos gustó ¿verdad que sí? y algo temerosa le pregunto -¿qué, nos lo quedamos? -¡Decididamente sí! -Habrá que hacer algunas indagaciones sobre él ¿no te parece? -Por supuesto, me contesta, pero antes comeremos los tres ¡Los tres! qué bien poder decir esto otra vez. -¿Cómo le llamamos? pregunta mi marido, -me gustaría llamarle como al difunto. Le dije con voz ronca por el recuerdo -¡me parece estupendo! Y dicho esto, Salvador lo llamó, con voz firme pero no exenta de dulzura como corresponde a un amo cariñoso, ¡Bronco! ven aquí. El animal obedeció, más por el gesto que por su nombre totalmente nuevo para él, y acudió tan sumiso y confiado que nos conquistó definitivamente.

Aquella tarde solucionamos su adquisición y, vean lo que son las cosas de la vida, nuestra vista no nos había engañado, pues se trataba del mismo cachorrito que tanto nos impactó. Resulta que la familia que lo compró como un juguete para su bebé, al ver como crecía comprendió que no podrían tenerlo en su piso. Error éste por desgracia harto frecuente y que pagan los pobres animales. Menos mal que supieron discernirlo a tiempo porque de haber esperado más al pobre perro le habría sido muy difícil encontrar nuevos amos y, en consecuencia, se vería abandonado a su suerte como a tantos pobres perros les sucede en la actualidad, y todo por culpa de personas débiles que no saben negarle un capricho a sus niños sin pararse a pensar en el daño que pueden causar a estos desdichados animales, que sin ningún género de dudas, salvo excepciones, es el más noble de la creación.

Supimos que se llamaba «Rintintin», pero para nosotros siempre fue «Bronco». Con respecto a su educación, resultó de lo más sencillo, ya que todo lo comprendía rápido, un par de lecciones bastaban, por lo que nunca padecí de faringitis. Bien es verdad, que me tuve que sacrificar un poco, pero valió la pena, porque a nuestro «Bronco» sólo le faltó hablar.

No olvidaré una de sus inteligentes travesuras, que no todos los perros sería capaces de realizar con tanta astucia, y que os la contaré gustosamente en la próxima revista, porque en esta se me acaba el espacio.







 

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