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Tan sólo unos pocos días y el tiempo, monstruo inmisericorde de siete cabezas y siete colas, nos meterá a todos de cabeza en un nuevo siglo.

Este siglo que nos espera, veintiuno en orden cronológico, podemos suponer sin temor a equivocarnos mucho que es el de cumplimiento de la mayoría de edad de la humanidad, o, dicho de manera más objetiva y exacta, de la actual civilización o temporalidad sociohistóricocultural. Supuesto lógico, pues, como es natural, y de la misma forma que los mozos y mozas en los tiempos de "arriba España" alcanzaban tal virtud a los veintiún años, el homo sapiens, espécimen con antecedentes zoológicos poco claros y una muy dilatada (?) trayectoria vital, debe medir por siglos el conseguimiento de la referida calidad de adulto.

Increíble mayoría de edad. Increíble siglo. Increíble lo conseguido por el hombre a lo largo del siglo que acaba, y, más que en todo el siglo veinte, en los últimos veinte años. Digo increíble porque así dirían, jurarían y se dejarían cortar la cabeza en su continuada negación hasta los más brillantes y adelantados prohombres que vivieron la anterior ocasión finisecular. Y aún a nosotros, los que adornamos nuestros cuerpos con argénteos aladares y orondas tripitas, y que nos crecieron los sueños alrededor del camioncito de madera y las muñecas de cartón, nos produce asombro todo este conjunto de elementos que el imparable avance tecnológico pone a nuestra disposición. 

Recuerdo -aún con devoción- mi sueño más querido de aquellos tiempos niños. Cada noche -y cada momento que cerraba los ojos- yo tenía un juguete especial, un juguete prodigioso, extraordinario, fabuloso, impensable, imposible si quieren, pero que era mío y sólo mío en la fantasía posible de mis sueños. Tal juguete era una especie de reloj con una pantalla de cristal en la que se sucedían las más variadas y fantásticas imágenes. A todo color y casi, casi, como una realidad. Apretaba el botón y cambiaban las imágenes en una sucesión imparable: flashes llenos de prodigiosos coloridos, visiones cálidas e impresionantes de todo lo habido y por haber...

Era un sueño. Sólo un sueño de un chaval de pocos años... Hoy, medio siglo después, tan chaval como entonces pero con algunos años más, mi sueño increíble, mi sueño más querido es una realidad. La tengo aquí junto a mí -donde escribo esto-, con su pantalla de cristal, su ratón y sus imágenes de coloridos prodigiosos.

Mi sueño más querido... Aquí y mío en una prodigiosa realidad que veo y toco.

Ya me inventaré algo... Quiero compartirlo...





 

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