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LA VOZ DEL MAS POPULAR DE LOS POETAS

«A la luz de las estrellas os hemos reconocido,
y un abrazo hemos venido a daros.»
José Zorrilla. Don Juan Tenorio

José Zorrilla

Zorrilla es, sin duda, un escritor, un dramaturgo, un poeta popular. Acaso y junto con Lope, el más popular de los poetas castellanos. Sin duda el más sonoro, el más desbordado, el más pródigo. Y por su postura vital, por su acuciante necesidad de vivir verso a verso, el menos autoexigente, hasta se diría que el menos esperado.

Zorrilla no fue llegando a la fama. La alcanzó de pronto. La arrebató con un gesto. Y desde entonces no se escaparía de sus manos. Pocas veces puede decirse que alguien oscuro y desconocido hasta la víspera, alcanzara la fama, toda la fama en una fecha fija. Tal como puede decirse de Zorrilla: el 15 de febrero de 1837. Incluso puede aventurarse la hora: entre las cinco y las seis. En el funeral de Larra se hallaban presentes, de riguroso luto, los principales artistas y literatos de Madrid. Ya en el cementerio de Fuencarral, al irse a cerrar la caja, se le pidió a aquel joven desconocido la lectura de los versos compuestos la noche anterior. Zorrilla describe la emoción del momento: «... y se me embargó la voz y se arrasaron mis ojos en lágrimas...» A raíz de este suceso, alguien dijo: «España, al perder al más grande los críticos, encontró al más popular de los poetas».

Desde entonces hasta el fin, aparte de la misión genérica del poeta -concepto y expresión que encantaba a los románticos- tuvo Zorrilla una misión específica, distinta y personal, la de convertirse en remozado trovador cuyo son, llevando su sola voz por instrumento, arrebataría, durante más de medio siglo, a sus contemporáneos.

La coronación de Zorrilla no fue el homenaje local de una minoría de literatos. Sino la glorificación nacional de Zorrilla encarnada por todos. En la culminación de diez días de actividad agotadora, el duque de Rivas, hijo de Don Ángel de Saavedra, el poeta romántico, coronó a Zorrilla diciendo: «En nombre de S.M. la Reina Regente, que es la más alta representación de la patria, tengo el honor de colocar esta corona sobre la egregia sienes del inmortal autor de Granada». Más de catorce mil personas aclamaron en Granada al poeta vallisoletano como príncipe de los poetas.

José Zorrilla y Moral nació en Valladolid el 21 de febrero de 1817 y falleció en Madrid el 23 de enero de 1893. A pesar de toda su popularidad como lírico y como autor dramático, Zorrilla no podía vivir bien en España escribiendo versos, y se fue a México, bajo la protección del desgraciado emperador Maximiliano. Dejóse marchar al autor de los Cantos del trovador, del poema Granada, de las obras teatrales El zapatero y el rey, Don Juan Tenorio, Traidor, inconfeso y mártir y El puñal del godo; pero cuando la fatalidad devolvió a Zorrilla a su país tan desprovisto de bienes de fortuna como antes, se procedió con gran aparato a su coronación en Granada, lo que sólo podía contribuir a que el público no se olvidara de comprar sus libros y de ir al teatro a aplaudir con entusiasmo cuando se representaban sus dramas sobre todo aquel popularísimo Don Juan Tenorio que sólo a su autor no podía enriquecer, pues tenía vendida y, muy mal vendida por cierto, la propiedad de la obra. Al fin, las Cortes votaron a favor de él una merecida pensión que fue ayuda de su vejez; pero no le libró de apuros, preocupaciones y disgustos, a pesar de que él seguía escribiendo con su innata facilidad.

Don Juan Tenorio (1844), quizá la única pieza dramática conocida por todos los españoles, suele reponerse tradicionalmente todos los años el 1º de noviembre. Sucede con los siete actos del Tenorio de Zorrilla, que no se sabe cuál es el mejor, pues, como diría Don Antonio Machado, los siete son mejores, inmejorables.

Cuando se alza el telón del acto quinto, la misteriosísima figura de Don Juan se nos aparece más que nunca firme y segura, en su expresión dramática; al mismo tiempo que más alarmante e inquietante. Su rostro será tan claro, tan sobriamente luminoso que hasta podrá ser reconocido, nos dicen sus amigos al verle, «a la luz de las estrellas».

Está Don Juan, como los astros, en su sitio. Y cumple como ellos su libertad, la libertad humana. Y no por fuerza, por la fuerza, sino por ese otro equilibrio vivo, que es en definitiva, lo que vence y desplaza a la fuerza: «el estado genuino de la libertad», el de la justicia; el estado natural y sobre la inteligencia humana. Pocas obras maestras de la poesía dramática del teatro habrán conseguido con tanta sencillez y tino un efecto teatral más sublime. El público, el pueblo, en España, lo siente así. Porque siente en la obra inmortal de Zorrilla algo tan sencillo y tan hondo como la voz de sus propios cantares. Sobre todo, en Andalucía, de ese singularísimo cantar, que se canta y se baila solo, y se llama de soledad, de soleá. «Sobre las torres cobre y bronce de la Alhambra florece el espíritu de Zorrilla», diría García Lorca.

Hay un canto de soledad en esa sublime escena nocturna del quinto acto del Don Juan Tenorio de Zorrilla. Esa soledad que halaga el corazón de Don Juan. Don Juan nos enseña el arte de quedarse solo. Solo, con su destino; solo, con su estrella; solo, con la verdad; solo, ante el negro toro fatal de la noche estrellada que llena de silencio y de sombra, de música callada, la soledad sonora de su corazón vacío y solitario como su estrella, y como su estrella, palpitante.

Sí, habría tanto que hablar de la popularidad de Zorrilla, que es mejor que callemos, para sentir. Para sentir, como Don Juan, el halago de una soledad que nos canta en el corazón: «y... siento que el corazón / me halaga esta soledad».






 

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