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El reloj es un infame, llama y brama a las seis en punto y voy al estudio con un vaso de leche y unas galletas. Me aguardan los peluqueros y los maquilladores. Hoy va de indios.

Desnudo el pecho y autorizo a que me maquillen y pinten el rostro. Al fondo del estudio los otros indios están reavivando el fuego para aquello del humo. Empieza el trabajo bajo los fuertes reflectores. Le damos a la danza guerrera. Ya saben ustedes en que consiste, en saltitos acompasados por timbales, modulados por el movimiento de las hachas.

Empezamos la tarea quemando las cabañas, de donde salen aterrorizadas algunas mujeres. Violamos a las más ancianas porque reservamos las jóvenes para nuestro jefe. El humo lo llena todo y las cámaras recogen el estropicio. Los gritos de las ancianas ultrajadas se mezclan con el airoso toque de las trompetas del Séptimo de Caballería que siempre llega en los momentos más apurados. Ya se sabe que lo que hacemos nosotros ni es historia ni es nada, en todo caso, simple porquería para llenar los metros de celuloide necesarios para relleno de la película. 

Pedimos perdón a nuestros hermanos indios si no nos ajustamos a la verdad ni a sus verdaderos sentimientos, pero de algo hemos de comer los infelices. Por esto proseguimos violando a las viejas ancianas, destrozándoles las almidonadas enaguas y despojarlas de las cabelleras. Eso de las cabelleras tiene su guasa, claro. Pero es así. Para la historia que están fraguando «los dires», es así. No, no es de caballeros nuestro comportamiento, pero, repugnantes o no, debemos proseguir.

El «dire» dice que todo a salido de maravilla y, también, que si mañana disponemos de presupuesto, asaltaremos la diligencia.







 

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