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Que en la bibliografía monárquica española no solamente existen reyes buenos y valientes guerreros como Jaime I el Conquistador, sino que los hubo santos como el de Sevilla, Fernando, y no podían faltar los reyes sabios como Alfonso X, que afirmaba aquello de que «el amor es lo único que nos queda del paraíso». Esto quiere decir que el amor en su máximo valor mantiene en pie el hogar a través de la vida de toda la familia. Y la falta de amor, con sus consecutivas y permanentes desavenencias matrimoniales, es la falta de todos los bienes familiares, es decir, es un gran mal.

Ha llegado la hora de la vuelta al colegio de sus hijos después del descanso cómodo y tranquilo, a veces hasta pernicioso, del asueto veraniego... Entonces puede surgir, y surgirá en muchos hogares, por desgracia, el problema de la fobia escolar.

Sabido es que «fobo» personaliza el miedo. El «fobo» a la escuela, es miedo a la escuela, a sus exigencias y esfuerzos incómodos de la faena diaria. Era Phobos, el miedo que acompañaba a Aries en sus combates, cuya fuerza bruta era vencida y burlada, casi siempre, por la prudencia de Atenea o por la forma más inteligente de luchar de Heracles. Esto quiere decir que la fobia escolar es un miedo como ciego, sin prudencia, a lo loco, que no ve ni entiende ni razona, por eso es tan difícil vencerlo... Y esta fobia puede formar parte importante de la vida de sus hijos en estos días.

Con los ojos saltones, asustados y descontrolados en sus movimientos, usted me cuenta, retorciéndose las manos, impresionada, el pánico que su hija padece nada más pensar que al día siguiente tiene que volver al colegio, y al otro, y al otro. Como que su hija ya no lo puede remediar y ha dejado de comer, durmiendo muy mal y que está muy inquieta, teniendo pesadillas exageradas. No le había pasado hasta ahora, su hija de 9 años que iba contenta al colegio el año pasado, se ha negado a hacerlo este.

Yo, naturalmente, la escucho, comprendiéndola también en lo que me dice de que este año, en concreto este verano, apenas han tenido contacto con su marido, el padre de los niños, ocupado con el trajín de poner a punto nuevos negocios en Huelva ¡la competencia es cada vez mayor! Naturalmente, si han contado con el disfrute del «tostado» de los buenos días de sol después del tristísimo invierno y de tres meses con sus buenas reuniones en grupo y ricas cuchipandas.

Claro, que las pocas veces que su marido «cumplió» acudiendo al sitio de veraneo «se mantuvieron las normas». No se oyó una palabra más alta que otra. Cada uno hacía su vida por su lado, y esta cómoda libertad no iba a tener encima el incómodo malestar de un escándalo, con unos malos ratos que no venían a cuento y que podían deshacer el equilibrio, grato y satisfactorio, que ya habían conseguido ante ellos mismos y, sobre todo, ante la «sociedad» que en esos días se hacía más íntima, con más contactos con la vida exterior. Pero el voltaje tensional que los separaba, sí que trascendía, y también la promesa de que muchos desafueros serían postergados para la vuelta a casa, cuando en invierno la vida, ya establecida, permitiera tomar «cartas» en el asunto, aplazándolo al máximo, consintiendo lo que en casa jamás se admitió.

Ustedes olvidaron que en ese mismo hogar, también vivía su hija, y que por aquel entonces empezó a tener unas cefaleas que ni el Pediatra, ni el Oftalmólogo y ni el neurólogo pudieron identificar, ni encontrarle una patología, y que hasta hizo que su hija faltase durante tres semanas al colegio. Cuando empezaron los vómitos matutinos camino del colegio, fue cuando usted llegó a darse cuenta de la fobia que su hija padecía.

Si usted fuerza a su hijo, la fobia se convierte en pánico y hasta en un terror que sólo la correcta actuación puede resolver. Estudiando el problema de esta niña, puede ser que la ausencia paterna fuera la causante del mismo. Creo que sólo con aumentar los contactos con el padre de su hija se puede resolver, de forma gratificante y fácil, lo que le ocurre a su hija. Que como nos dice San Francisco de Sales «no es bienaventurado el que hace el bien sino el que lo hace sin cesar». Empapar a los hijos de ese amor que debe perfumar con su mejor paz el bienestar de todo hogar, como dice Séneca «la verdad debe ser siempre la misma en cualquiera de sus partes».

Cuando el Pediatra confirme el carácter fóbico-emotivo que el niño padece, habrá de darle una libertad completa para entrar y salir del colegio hasta que deje de preocuparle y angustiarle el que su madre esté sola en casa, sin nadie.

Es preciso también que, por unos días, los deberes no sean tan estrictos y se puedan hacer cediendo un poco a los deseos del niño que, ya más tranquilo, irá cogiendo el ritmo del colegio, esto es, si consigue no padecer la angustia del cúmulo de trabajo que le quedó pendiente, y sobre todo estudiar el entorno del mismo por si algún alumno de su clase abusó de burlas y ataques desagradables que pudieran acobardarle y hacerle padecer trastornos angustiosos de monomanías persecutorias, frecuentes en esas edades por la crueldad de algunos alumnos. Esto si que es importante aclararlo.

Si el niño come en el colegio, debe aclarar si le hacen comer a la fuerza alimentos que no le gustan en absoluto, sabiéndolo se les puede educar a que lleguen a aceptar estos alimentos poco a poco.

Ya ve, señora, empezó el curso y el mundo civilizado exige una formación y una entrega que no deberemos escatimar por el porvenir de nuestros hijos los que el día de mañana se encontrarán en un mundo muy preparado y luchador y tendrán que hacerle frente. Un sacrificio a cambio de otro para mantener una amor que no debería perderse ¿Por qué será, señora, que cada día más el trastorno de la fobia escolar tenga como causa primordial el desamor conyugal?

Tener presente sobre todo y siempre, que en el hogar, el triunfo para todo deberá ser el amor. Eso que para Bataille era el grito del amor y de la rebelión contra la nada de la vida.






 

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