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Nunca había tenido ocasión de demostrar su valía como ser humano hasta aquel día en que se produjo el derrumbamiento a causa de un escape de gas. La explosión fue ensordecedora, lo que hizo que el vecindario se alarmase de sobremanera y la casa (mata) se desplomase. Casi todas las viviendas cercanas sufrieron rotura de cristales, pero sin daños de mayor consideración, a pesar de lo aparatoso del accidente.

Todos los vecinos se afanaron por salvar al único inquilino que allí habitaba, un hombre de mediana edad que vivía solo hacía mucho tiempo. No solía hablar con nadie, no respondía cuando alguien le saludaba deseándole buenos días o buenas tardes, él seguía su camino con la vista como perdida, absorto en sus pensamientos... Nadie conocía su medio de vida, lo que sí era cierto, es que por las noches debía ejercer alguna actividad sin grandes beneficios (vigilaba coches en la calle) y dormía durante el día, por lo que su cuerpo debía encontrarse bajo los escombros.

En ocasiones semejantes es cuando se valora una vida, mientras tanto, la ayuda que se necesita para vivir, no se recibe de nadie.

Tras muchos esfuerzos, y a pesar de la maquinaria moderna que se trajo para retirar los escombros, no se pudo utilizar, en este caso no servía, ya que para salvar esa vida, el desescombro había que hacerlo con sumo cuidado para no empeorar la situación de la víctima con el peligro del derrumbamiento total de la vivienda. Al ser la casa de una sola planta la cantidad de escombros no suponían muchas toneladas las que había que retirar, al contrario de si se hubiese tratado de un edificio de varias plantas.

Entre todos los que aportaban su esfuerzo, se hallaba Ricardo. Un ser, que más que un joven, parecía un ángel, gordo, pero un ángel. Él, sí daba y contestaba a la vez los buenos días y las buenas tardes a todos y a todo, sólo había que apoyar la mano sobre su hombro para que su rostro se iluminase de felicidad, y si se le extendía la mano en señal de saludo la oprimía tan fuertemente entre las suyas que quienes se relacionaban con él solían saludarle con una palmada en la espalda.

Todas las mañanas, enfundado en un «chándal» y calzado deportivo, solía hacer «footing» saludando a todos cuantos pasaban junto a él, siendo muy querido en su barrio, donde había nacido. Sus cuatro hermanos se lo disputaban al salir a la calle, para así gozar de su compañía, dando la impresión de ser un «guardaespaldas» y siendo siempre el hermano mayor el que más veces lo conseguía. Él no tenía preferencia por alguno en particular, a todos los quería por igual, pues al ser el menor, todos le mimaban como si fuese aún un niño, como en realidad era, a pesar de su edad y corpulencia.

Aquella mañana al pasar junto a la vivienda oyó la detonación, retrocediendo sobre sus pasos pudo contemplar como se desplomaba la casa, su reacción inmediata fue acercarse y comenzar a retirar los cascotes con las manos. Lloraba al oír que posiblemente se hallase el cuerpo de un hombre enterrado bajo los escombros, lo que hizo que redoblase sus esfuerzos por extraerle.

No parecía importarle mucho a sus vecinos la soledad en la que vivía aquel hombre. Nunca dio motivos de queja alguna, pero su aspecto no era lo que se dice «normal», sino un tanto desaseado y apático, huidizo a la luz del día y a todo cuanto le rodaba. Todos sabían que sus recursos económicos eran escasos, pero nadie nunca le ofreció ayuda de ninguna clase, ni le preguntaron qué le había ocurrido cuando le vieron el brazo izquierdo escayolado y cojeando visiblemente, además de haber sufrido una herida en la cabeza y tener unos puntos de sutura en el cuero cabelludo.

Estaba claro que a nadie le importaba su suerte, pero, ahora sí, ahora parecía que su vida era muy valiosa. Ahora allí se hallaban los bomberos, la policía y hasta una unidad móvil del 061, increíble, cuando éste hombre se moría lentamente tan cerca de sus vecinos sin contar con ayuda alguna, no sólo económica, sino humana.

Se desataron toda clase de comentarios entre los curiosos que se acercaban a comprobar lo ocurrido. Desde opinar que se trataba de un hecho fortuito, hasta que podía ser obra de alguna inmobiliaria (como ocurre cuando arde alguna zona posiblemente urbanizable) o por el deseo de quitarse la vida de quién allí vivía, y hasta había quién daba gracias a Dios porque al fin se borraba una punto negro de la historia de España, al ser la casa construida para familias numerosas como premio a su constancia en traer hijos al mundo y que tanto afeaba la calle.

Si a alguien le faltan argumentos para escribir una novela, sólo tiene que acercarse a lugares donde ocurran sucesos semejantes y prestar un poco de atención a los comentarios de los curiosos.

En tanto, todos se afanaban en recuperar el cuerpo que, creían, se hallaba bajo los escombros, pero nadie con más energías que Ricardo, su enorme fuerza, aparte de su voluntad y entrega, causaban asombro. Casi se habían retirado todos los escombros cuando se halló el cuerpo bajo el hueco formado por el armario y la cama. Ricardo, sin pensarlo, se introdujo en él y al instante se derrumbó la pared lateral quedando sepultado. El grito de horror de los allí presentes fue estremecedor, pero al acudir con tanta rapidez los equipos de rescate pudo salvar la vida, sufriendo solo magulladuras y síntomas de asfixia.

Cuando lo evacuaron en ambulancia y llegó al hospital, los servicios informativos le esperaban con los micrófonos y las cámaras para dar la noticia de que se encontraba bien. Nadie esperaba ese rasgo de generosidad por parte de alguien como él, cuando muchos creen que por ser -diferentes- carecen de sentimientos, cuando en realidad, entregan el corazón en todo cuanto hacen.

Por esta hazaña fue considerado un héroe, por haber arriesgado su vida por salvar otra que pensaban perdida para la sociedad, como la suya. Cuando fue condecorado, viendo cómo todos le saludaban y besaban, las lágrimas corrían por sus mejillas, como el agua por los jardines de la Alhambra. Su amplia sonrisa hacía que su Cara se iluminase, cual Luna llena, y al ver las manos extendidas para felicitarle, las suyas, mas que manos parecían «alas» queriendo sujetar el aire que se le escapaba.

Durante un día fue noticia de portada en los medios de comunicación, con grandes titulares como ejemplo de solidaridad y amor al prójimo -escaso en los tiempos donde impera el egoísmo y la indiferencia. En dicho lugar se construyó una magnífica fuente, conocida como «la fuente de Ricardo».







 

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