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En el articulito anterior hablábamos de extrañamiento y expresividad como dos denominaciones que la Estilística contemporánea maneja para caracterizar la voluntad de estilo. En anteriores entregas consideramos la voluntad de estilo como un rasgo de originalidad que alienta en todo poeta que siente deseos vivos de desvincularse del llamado «factor lastre», como lo designaba Guillermo Díaz-Plaja. Pero en ese arranque de novedad cabía el riesgo de lo extravagante y lo disparatado. 

Hemos aludido también al surrealismo y, en general, a todas las vanguardias, como un volcán deseoso de emitir toda la lava posible de genialidad. Las generaciones sucesivas asumieron todas las inquietudes anti academicistas, pero acabaron incorporándolas a las pautas tradicionales. Así que, tanto la poesía como la prosa, se beneficiaron de aquellos aires de renovación.

Ahora bien, lo más precioso de esa herencia está en el anhelo de consolidar un lenguaje poético (independientemente de la cosmovisión del autor) distanciado del lenguaje literario al uso. Tanto la novela hispanoamericana como la poesía de la llamada «Generación del lenguaje», han sido ecos notables de ese incansable interés por lo que el lenguaje tiene de riqueza léxica y juegos metafóricos. Ya he dicho anteriormente que ningún autor que se precie de tal, puede hoy prescindir de, al menos, una mínima preocupación por las herramientas de trabajo, en cuanto a recursos estilísticos se refiere. «Si mira atrás se convertirá en estatua de sal», como la mujer de Lot, o sea, en un remedo de tópicos relamidos. Sin embargo, no hemos de exigirle estas condiciones a la literatura informativa, al ensayo o un texto de carácter humanístico, pero ello no significa que tales procedimientos de escritura se escleroticen -recuérdese la prosa de Ortega, la de Azorín, incluso la de Pemán en sus artículos de lo cotidiano, por citar nombres ya clásicos. 

En la actualidad, en la narrativa se observa un moderado esteticismo y una prosa desnuda que nos dan una idea de lo que es la renovación de estilo. Pero volvamos a la poesía como tal, como vanguardia pionera de hallazgos que, merced a sus valores connotativos, arranca el filón de una cantera de lo increado. ¿Hay en el poeta una perpetua insatisfacción en el poeta auténtico, por encontrar expresiones deslumbrantes? Entonces tendríamos dos clases de poetas: los que se cansan de unos recursos heredados y se afanan por sorprender a los lectores, y los que están motivados por intuiciones reveladoras de ideas y sentimientos universales. Sin llegar por ello a la profecía, el verdadero poeta busca lo claro desde lo oscuro, como decía Goethe, y hace de la metáfora un arte prodigioso para expresar lo abstracto por lo concreto, lo general por lo particular, lo que procede (¿del espíritu?) de una psicología profunda, por medio de elementos tangibles y coloristas. Todo poeta que lleva un mundo interior en lento, pero hábil despliegue, no se esconde en la oscuridad, sino que saca a la luz ideas que nos dan pista de la sabiduría, de la bondad y de la belleza, los tres grandes universales en los que se mueve la humanidad.

De ahí que poesía y poeta sean coherentes, y esa unidad le da confianza para elaborar como la abeja su miel de descubrimientos interiores. No está nunca desasosegado por las modas -comadres antagónicas, como las llamaba Amado Nervo-, sino que vive en un mundo aparentemente hermético, pues es poroso a todas las insinuaciones de la realidad, y es, sin que él lo sepa muchas veces, toda una visión del mundo, toda una cosmovisión, porque como dice Wordsworth, poeta inglés (1770-1850) «La poesía es el aliento y el más sutil espíritu de todos los conocimientos...» Los Novísimos, al contrario de los poetas de la «poesía social», creían que ésta jamás cambiaría el mundo, pero yo sí estoy convencido de que la poesía será con el tiempo lo que fue en el mundo clásico, concretamente en la Tragedia, una síntesis de la experiencia humana. 

Y tal vez, como quería Horacio, también eduque al pueblo, deleitándolo en los valores culturales y espirituales que él posee, pero ahora están falseados, emborronados y pisoteados por la decadencia de nuestro Occidente.






 

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