Página anterior. Volver Portada gral. Staff Números anteriores Índice total 2000 ¿Qué es Arena y Cal? Suscripción Enlaces


Hacía dos días que, dado su estado terminal, la habían trasladado desde la unidad de cuidados intensivos a una pequeña habitación contigua. Dos días terribles para ella, durante los cuales no cesaba de forzar su respiración, las bocanadas de oxígeno no le llegaban a los pulmones que, por entonces, ya eran inservibles. Los médicos ofrecían pocas esperanzas y todo hacía entrever un final inmediato.

Era domingo, día de regreso de un largo puente. La fiesta de La Constitución y la correspondiente a La Inmaculada estaban dispuestas de tal forma que, casi todos los años, ofrecían cuatro o cinco jornadas de vacaciones previas a las Navidades. Elena estuvo por la tarde, con su marido, acompañando a su hermana y, al dejarla en la oscura habitación rodeada por otros familiares, abandonó la clínica con la angustia de una muerte inminente. Ya en casa cenó con desgana acompañada de sus hijos y, cuando sonó el teléfono, se sobresaltó convencida de que en ese momento recibiría la mala noticia. Gonzalo, su marido, descolgó el auricular y escuchó ajeno al gesto que se estaba dibujando en su cara.

- Tenemos que irnos Elena, tu hermana está peor y dicen que, seguramente, no pasará de esta noche.

Leticia estaba helada, pero, sin embargo, sudaba empapando las sábanas y el extraño camisón hospitalario de color verdoso. Hablaba, hablaba mucho, sin que apenas se le entendiese. Con la mano, que no tenía inmovilizada por los tubos de sueros y goteos, se ponía y se quitaba, insistentemente, la mascarilla de oxígeno, su única fuente de vida. Ramón la miraba sin pronunciar palabra, ni tan siquiera tomaba su mano para retener a la mujer que se le iba. Elena le recriminaba esa evidente falta de valor y ella misma acariciaba los dedos de su hermana al tiempo que musitaba frases repletas de esperanzas, de amor y cariño.

Por un instante, Ramón abandonó la habitación y enseguida volvió acompañado por el médico. El doctor observó a Leticia, comprobó su pulso, auscultó su corazón y, dirigiendo una mirada a Ramón que Elena no supo interpretar, pidió a la enfermera una inyección con un centímetro cúbico de algo. Con la jeringuilla en la mano, ordenó salir a la enfermera quedando con él, como testigos y cómplices, Ramón y Elena.

En apenas dos segundos, todo estaba terminado. Quitaron del cuerpo de Leticia, cables y tubos, y su marido se acercó para despedirse con un beso en la frente, abandonando, después, la habitación. Elena, en cambio, lloraba desconsolada sin soltar la mano de su hermana y manteniendo su cara apoyada sobre la cama con olor de clínica.

La hicieron salir, con delicadeza, dos enfermeras diciéndole que tenían que asear a su hermana, además, -añadieron- el doctor quería hablar con la familia para indicarles los trámites que debían gestionar con la funeraria, pues al morir en un centro hospitalario debían cumplir con ciertos requisitos.

Al fondo del pasillo, vio a su cuñado y no sabía si correr a él para abrazarse y compartir su dolor con el que a él le suponía o, por el contrario, odiarle durante toda la vida. Aclaró sus dudas, se le acercó y, sin hablar, le dio un abrazo prolongado.

Ramón no lloraba y quedó impasible cuando fueron separados por Gonzalo, que consoló a su mujer, quien ya para siempre, recordando la jeringuilla con un centímetro de algo, sabría reconocer una eutanasia.






 

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