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Dice un proverbio árabe: «No abras los labios si no estás seguro de que lo que vas a decir es más hermoso que el silencio». Pienso que a buen seguro esta sentencia siempre le ha venido bien al ser humano, deseoso, quizá por vanidad, o por protagonismo, de destacar su presencia de alguna manera. En la actualidad nada creo que haya que demuestre que hemos cambiado. Todo lo contrario, tal vez vivimos una época de información (o desinformación) a gran altura, de librerías repletas de escritores noveles y premiados, de noticiarios, tertulias y charlas a pequeña o gran escala. Hablar, hablar es quizá el signo de los tiempos, de los nuestros, claro. Pero, ¿son más hermosas las palabras que se oyen que el silencio que enturbian?

Jorge Luis Borges llegó a afirmar que lo que decimos no siempre se parece a nosotros. Aquí, creo, radica la cuestión. Si la verdad, al menos la nuestra, nos llenara la boca y los ojos, si lo que afirmamos o negamos lo sintiera antes que nada el corazón, este mundo, tan necesitado de testimonios sinceros olería más a verdad. Si hiciéramos desaparecer la incoherencia de nuestra vida, tal vez hasta nos haríamos un bien a nosotros mismos.

Nada me gusta más que leer una novela, o una poesía, sentir que se llena mi alma de aire limpio, y después, comprobar que el creador de cuanto leí completa su grandeza literaria con su propia grandeza humana. Porque creo que la literatura no ha de ser una máscara con la que vender mejor, un artificio innoble con el que vender mentiras que el autor no siente. «Lo que has de decir, antes que a otro, dítelo a ti mismo», decía Séneca.

No sé si hoy más que nunca, pero cierto es, que la sociedad actual está bastante necesitada de mensajes verdaderos, de hombres y mujeres cuyos hechos y palabras discurran armónicamente. Somos palabra, pero antes que nada somos pensamiento vivo. Y el pensamiento es lo que tiene verdaderamente el poder sobre nosotros mismos. De ahí que no podamos alegremente desahuciarlo, sino encadenarlo con amor al hecho que lo traerá a la vida, al decir que ilustrará cuanto somos o pretendemos ser. Y si eso ha de ocurrir en nuestra vida ordinaria, entre amigos, conocidos y compañeros de trabajo, cuánto más había de exigírsele a quien se dedica a hacer de la palabra instrumento de arte. 

El creador, cuya meta más inmediata es la de la comunicación, sabe que cada receptor de su obra se acercará a ésta con una finalidad distinta, pero siempre, por encima del reconocimiento a una habilidad artística, quedará la impronta de un mensaje más o menos extraordinario, humano, o reflexivo, o existencial. Todo es válido, todo lo que salga de una mano y una piel encadenada a una verdad vivida y que haga temblar con la emoción de lo vivo. Al menos así lo entiendo yo.

Hagamos de nuestro paso por la vida un gozoso acto de comunicación. De no ser así, mucho mejor sería cultivar el silencio, interlocutor imprescindible del corazón, constructor de sabiduría y ejercicio de mentes nobles. Y el silencio, estoy segura, será el perfecto maestro, el desbaratador de malabarismos verbales incongruentes, el portador de la palabra oportuna.







 

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