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Pero en que mundo vivimos? Raro es el día en que no me hago la misma pregunta varias veces.

No hay más que leer el periódico, escuchar las noticias y ver la televisión para quedarnos con la boca abierta. En los telediarios nos enseñan imágenes estremecedoras, las series juveniles muestran un mundo que más bien parece una selva en la que sólo sobrevive el más fuerte, y en los dibujos animados, violencia y más violencia. Y ya para colmo, ¿qué me dicen de los programas estrella de TV, los mal llamados de contenido «rosa»? En la mayoría, primero te cuentan la vida y misterios de los personajes o personajillos públicos, para terminar con una serie de invitados que cuentan sus vidas, sus experiencias, pero, sobre todo, sus miserias y penalidades; porque lo que vende es el morbo, cuanto más truculenta sea la historia, mejor, y lo cierto es que, de vez en cuando, una siente vergüenza ajena por las cosas que tiene que escuchar. En cuanto a las tertulias, de tertulias no tienen nada, más bien se trata de la reunión de los que dicen llamarse periodistas del corazón o prensa rosa, en plan marujas -con todo mi respeto hacia ellas- despellejando a alguien con una total ausencia de educación, gritándose unos a otros, pareciendo más que una tertulia, un gallinero.

Total, de vergüenza, y eso sólo por hablar de su comportamiento, si ya nos metemos en lo que dicen, ya es para morirse. Ya no se trata de informar, de contar cosas, no, sólo te cuentan las miserias de los demás, sólo te dicen con quien ha pasado la noche fulano; lo que hizo y como lo hizo mengano; que si la marujita...; lo que cuenta la criada de la otra; a la hora que fue a recoger a los niños el de la Rociito, y no digamos el nuevo filón de estos programas y revistas: las chicas llamadas «champiñón», cuyo único mérito es no tener profesión conocida y vivir a costa de contar sus intimidades con famosos.

Y ya para terminar de rematar, las nuevas «estrellas», que antiguamente serían consideradas, seguramente, los tontos del pueblo y que hoy sus payasadas les están haciendo ricos, tanto a ellos como a los que hablan de ellos. Con esta gente, o gentuza -diría yo-, vaya ejemplo se les está dando a los jóvenes, se les está diciendo a gritos que hoy vivimos en un mundo en el que todo vale, en que lo importante es conseguir lo que quieres, da igual cómo y a costa de quien o de qué. Ya no se habla de los méritos de las personas, sólo de sus fallos, tropiezos y errores. La gente normal no interesa, no vende. No interesan los logros, lo que interesa más es descubrir si son gays, drogadictos o alcohólicos, y en las chicas, si está operada de tal o cual sitio, o de si hoy está con uno y mañana con otro. Eso sí, está de moda ser ordinario, extravagante y estrambótico, hoy lo llaman ser original o tener glamour -ahí tienen a Boris Izaguirre vendiendo su libro como churros-.

Y yo me pregunto: ¿Dónde están los valores y los principios de la gente? ¿A dónde han ido a parar? Estamos cayendo en la cultura de la ordinariez, el desprestigio y la falta de respeto. Se está olvidando el poner como ejemplo a esa gente que se esfuerza diariamente en ofrecernos un mundo mejor, más bonito, más agradable. Pero lo peor de todo es que eso que vemos que se está haciendo con los personajes públicos se está extendiendo a nuestra vida cotidiana como la pólvora.

Hoy nadie tiene miedo de decir infamias, calumnias, de inventarse cosas, muchas veces sólo por envidia, rencor, ganas de fastidiar o de hacer daño. Porque -como siempre digo- hablar es gratis, y está de moda.





 

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