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Me viene a la cabeza la cara de susto de mi madre durante las dos veces que me negué a probar bocado siendo un chaval. Yo estaba firmemente convencido de que una huelga de hambre era lo justo en aquellos momentos y de que, más que una opción elegida, era una obligación como miembro de la insensible especie humana; así como estaba enteramente seguro de que mi suplicio no se alargaría más de un día porque mi padre sucumbiría ante los lastimeros reproches de mi madre.

Desde pequeño me percaté de que el amor maternal es el cómplice incondicional más importante que encontrará el hombre en toda su vida. Tentado estuve, más de una vez, a recurrir a ese amenazante propósito de morir de hambre, pero en algunos momentos los objetivos a conseguir me parecieron ridículas niñerías.

La primera vez que adopté esta medida reivindicativa fue cuando mi padre se negó a hacerse socio de una ONG que un médico comprometido había presentado en la escuela para que los jóvenes nos hiciéramos conscientes del horror que viven muchas personas en los mismos momentos en que transcurría nuestro antojadizo ir y venir. Mi compromiso con tal situación, pensé que se reduciría a pedirle, y al final, exigirle a mi padre, que se hiciera socio de aquella organización, pero la cosa no resultó tan sencilla, y él aceptó si yo también me sacrificaba y rechazaba la compra de una revista de aventuras mensual que coleccionaba desde hacía tres años. La condición me pareció razonable y, poco a poco, entendí la necesidad de que yo también me privara de algo para darle sentido a aquella asignación. 

La segunda y última vez que me acogí a este modo de exigir que se oyera mi voz para reclamar lo que yo estimaba de justicia fue cuando mis padres se negaron a dejarme salir con un chico «con mala pinta» con el que me habían visto hablando. Yo les dije que no era compañero de pandilla pero que yo no podía negarle la palabra sólo porque a ellos no les gustara su facha de drogadicto. A mí, que conocía la penosa lucha a que estaba sometido aquel amigo para salir de la droga, me pareció que mis mayores lo sometían a un trato denigrante sin conocerlo.

Inmediatamente, enseñé mis dientes poniendo por delante mi ayuno forzado ante la postura inhumana de mis progenitores. Ese domingo, mi comida sólo se retrasó una hora, pues ése fue el tiempo que estuve acusándolos de su comportamiento tan despiadado hacia los que peleaban por salir de su esclavitud. Al final, pude ver hasta un lágrima en los ojos de mi madre ante el corazón tan compasivo y humano de su hijo, terminando por aceptar mi buen juicio para saber lo que podía perjudicarme y llevarme por el camino errado.

Ahora recuerdo aquellos momentos intentando despertar la sonrisa en mi boca y, así, saciar aunque sea mi recuerdo, porque llevamos treinta y seis horas sin llevarnos un bocado entre nuestros dientes, yo sólo con dos vasos de agua, y echo de menos el rostro presto de mi madre inquietándose ante las consecuencias de mi peligrosa situación. Pero esta vez nadie nos escucha, no sé si alguno que nos haya visto en la televisión ha sentido alguna vez el pinchazo de un estómago vacío que demanda alimento para seguir funcionando como suele hacerlo cada día. Y sólo pedimos que nos dejen seguir trabajando, que todos tenemos en casa bocas que llenar.

Estoy aquí, a las puertas de la fábrica, tirado en una manta, sin comer, dándome cuenta de que no encuentran una solución a nuestro problema, y recordando que hace años que no vivo bajo la protección de mi madre.







 

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